Navarredonda, San Mamés y su famosa Chorrera

La Chorrera de San Mamés es un salto de agua situado en la parte Norte del término municipal de Navarredonda y San Mamés, en la vertiente sureste de la sierra de Guadarrama, en el Norte de la Comunidad de Madrid, a poco más de 80 kilómetros de la capital. Esta Chorrera pertenece al arroyo del Chorro que vierte sus aguas al río Lozoya en el embalse de Riosequillo a la altura de Pinilla de Buitrago. Tiene una altura de treinta metros y está situada a una altura de 1470 metros sobre el nivel del mar. El agua se despeña por un accidente rocoso que forma un claro en bosque de pinos silvestres al pie de la ladera del Lomo Gordo, de 2075 metros y que es visible a varios kilómetros de distancia.

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Para llegar a la Chorrera existen dos opciones; la primera partiendo del núcleo urbano de San Mamés y la segunda partiendo de Navarredonda. En ambos casos las rutas se juntan en el tramo final de la pista forestal que atraviesa el pinar de repoblación y que lleva finalmente a la cascada de referencia. Partiremos de San Mamés para volver por Navarredonda y poder contemplar toda la belleza natural que alberga esta zona de la sierra de Guadarrama. Iniciamos la ruta en la Ermita de San Mamés, cruzamos la carretera y nos adentramos por un camino que se dirige al Norte, según vamos dejando atrás las últimas construcciones nos encontramos a la derecha con la Quesería de Santo Mamés, donde merece la pena hacer una parada para degustar alguno de sus excelentes quesos artesanales. Además el propietario tuvo el detalle de ofrecernos una pequeña exposición del proceso de elaboración de tan rico manjar.

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El camino sigue siempre con una ligera pendiente ascendente entre algunas fincas ganaderas y nos adentramos entre los primeros robledales donde se pueden apreciar claros en el bosque consecuencia de la intensa actividad de carboneo que siempre ha existido en esta zona. La pendiente va aumentando según avanzamos y nos adentramos en la sierra, pronto veremos de frente el pinar (pino silvestre) de repoblación que es el protagonista de las zonas más altas de la sierra de Guadarrama. A la izquierda del camino y en el fondo del valle podemos ver discurrir el arroyo del Chorro que siempre nos acompañará a un par de centenas de metros, aunque lo perderemos de vista al entrar en el pinar.

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A la entrada del pinar cruzamos una valla y dejamos atrás una construcción que sirvió de casa del guarda y probablemente de almacén y refugio en la época de la repoblación arbórea del monte. Continuamos por la pista forestal atravesando el bosque de pinos hasta llegar a un desvío señalizado que nos indica el camino a seguir para llegar a La Chorrera.

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Tras un pequeño tramo llegaremos al final de la pista forestal, donde tras atravesar un pequeño arroyo, continuaremos por un pequeño sendero donde la pendiente se hace más pronunciada. Salimos del pinar para atravesar un piornal y al coronar una pequeña cuesta entre piedras tendremos a la vista la chorrera de San Mames.

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Para regresar tomamos el mismo camino desandando nuestros pasos, tras entrar en el pinar y cruzar el arroyo que hemos citado antes, a unos doscientos metros caminando por la pista forestal, tenemos que fijarnos en un pequeño sendero a la derecha de la pista que nos bajará zigzagueando a través del pinar hasta el mismo arroyo del Chorro, cruzaremos por un pequeño puente (o más bien un vado) construido con lajas de piedra. Seguimos por el sendero siguiendo el curso del arroyo y pronto nos encontraremos con una puerta en la valla que delimita el pinar.

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El sendero continua primero por praderas y después entre robledales, hasta terminar en una vía pecuaria que nos lleva directos al final de la ruta en Navarredonda.

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Navarredonda y San Mamés

Navarredonda y San Mamés es un municipio formado por dos núcleos urbanos, situado al Norte de la Comunidad de Madrid y en la ladera sur de la sierra de Guadarrama. Según parece la historia de este municipio se remonta a la época de la reconquista. Como en el caso de Villavieja del Lozoya, se cree que los primeros asentamientos son de origen árabe en el siglo XI. Pero será a finales del siglo XII, coincidiendo con el avance de los cristianos hacia Toledo, cuando se produce un repoblamiento de la zona con pastores llegados de Segovia y más concretamente de Sepúlveda, que fundarán los primeros núcleos urbanos de esta zona del valle del Lozoya a partir de la construcción de las primeras ermitas. En este tiempo la actividad se centra en una economía de subsistencia, dedicándose sus gentes fundamentalmente a la explotación maderera, el carboneo, la agricultura y la ganadería. Existe un gran vacío en la historia del municipio, de tal manera que los primeros datos fiables se remontan al siglo XVI, que figuran en el catastro del Marqués de la Ensenada, actualmente guardado en el Castillo de Chinchón. En este catastro se catalogan las tierras y las gentes que las explotaban. A mediados del siglo XIX Navarredonda incorpora a San Mamés y ya en el siglo XX las informaciones nos remiten al periodo de la guerra civil española. Segú parece, en Navarredonda se estableció un puesto de mando republicano, mientras que en los cercanos pueblos de La Serna o Braojos estaban las posiciones franquistas, formando parte del denominado frente del agua por el control del río Lozoya de importante valor estratégico, ya que suministra de agua a Madrid. Este frente se mantuvo durante toda la guerra, el bando franquista no pudo avanzar más hacia el sur, convirtiéndose Buitrago en una plaza de gran importancia durante todo el conflicto civil. Al parecer la iglesia de Navarredonda fue utilizada como puesto de mando republicano, motivo por el que fue bombardeada en la contienda y reconstruida años después en 1962.

En 1936 el municipio de Navarredonda y San Mamés estaba gobernado por el alcalde “Tío Carolo”, simpatizante de la derecha política. Cuando los rojos se establecieron en el pueblo quisieron asesinarle, pero algunos mozos republicanos oriundos de Navarredonda lo evitaron al hacerse responsables de él, salvándole la vida.
Tras la victoria de las tropas franquistas algunos de los habitantes de esta zona fueron llevados a campos de concentración. El “Tío Carolo” envió cartas a los dirigentes políticos y consiguió que algunos de los presos fueran liberados.

Después de este periodo devastador se reconstruyeron las casas y edificios que habían resultado dañados, además se edificaron el ayuntamiento y las escuelas y se incorporó un moderno sistema de alcantarillado y agua corriente en torno a 1974.

 

Ayuntamiento

Está situado en la plaza principal del núcleo de Navarredonda. Fue construido en la posguerra por el organismo público Regiones Devastadas. El edificio se compone de dos plantas. Aunque al principio ambas se utilizaban como ayuntamiento y como iglesia improvisada, en la actualidad hay situado en la parte inferior el bar “La Ronda”, el único que aún sigue en funcionamiento. En la parte superior existen varias salas empleadas para reuniones y como almacén de los archivos oficiales.

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La ermita de San Mamés

Situada a las afueras del núcleo, la ermita de San Mamés llegó a convertirse en el templo de mayor importancia del entorno. Su exterior es de mampostería y ladrillo, y bajo el alero del ábside, han sido trazados juegos decorativos en los ladrillos. En la parte sur de la iglesia encontramos un pequeño jardín que precede la entrada que se cobija bajo un pórtico; junto a él puede verse un pequeño cementerio. En el interior, la decoración está formada por un conjunto de pinturas murales modernas de estilo neo románico. Según algunas fuentes, se comenta que fue el escenario de la coronación de la reina de Castilla Juana la Loca.

La Iglesia de San Miguel Arcángel

Situada en Navarredonda pero fuera de su plaza principal, resultó seriamente dañada durante la Guerra Civil Española, pero fue reconstruida en 1962. Posteriormente ha sufrido otra reforma. De la fachada original de la iglesia ya solamente se conserva el ábside semicircular románico.

 

 

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La Ermita de Santiago y … Juana “La Beltraneja” o “La Excelente Senhora”

Esta ermita en ruinas, a la que solo parecen hacer caso las cigüeñas que anidan sobre su espadaña, fue escenario de un acuerdo firmado entre los reinos de Castilla y Francia hace más de cinco siglos, mediante el que se quiso nombrar a una reina y unir dos naciones. La historia tomaría otros derroteros.

 

Diversas vistas de la Ermita de Santiago (Gargantilla del Lozoya)

Hacia el 1470, Enrique IV, apodado por sus adversarios “El Impotente” por su manifiesta dejación conyugal, había nombrado heredera a su única hija Juana. Una parte importante de los nobles castellanos no lo aceptaron, pues sostenían que Juana no era hija del rey, sino de su favorito Beltrán de la Cueva. Por eso el mote de “La Beltraneja”.

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Vista de Gargantilla del Lozoya desde el camino de la Ermita

 

Al parecer era falso, pues Beltrán no se encontraba con Juana de Portugal cuando pudo producirse el encuentro carnal. En cualquier caso, Enrique IV, obligado por la nobleza, firmó el Tratado de los Toros de Guisando, a los pies de la sierra de Gredos, por el que nombraba a su hermana Isabel heredera del trono, siempre que se casara con quien eligiese el rey. No debió quedar muy conforme, pues un par de años después se opuso a su hermana y a quienes la defendían, apostando de nuevo por Juana.

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Prados y bosques de fresnos de Valdelozoya

 

Isabel se casó en secreto con su primo Fernando de Aragón, lo que hizo que Enrique IV pactara con la corona francesa que su hija se casara con el duque de Guyena, revocando el pacto de Guisando. El 26 de octubre de 1470, los embajadores franceses, entre los que estaba el cardenal de Albi, y los nobles castellanos prestaron juramento de fidelidad a Juana como heredera legítima de la corona de Castilla. Según algunas fuentes, Enrique IV hizo testamento a favor de su única heredera, pero nunca apareció, siendo destruido al parecer por Fernando el Católico, tras la muerte de Isabel.

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Prados y bosques de Valdelozoya

 

Cuatro años después murió Enrique IV, resucitando el enfrentamiento entre los partidarios de Juana e Isabel. Vencieron los segundos, a pesar de que los primeros se aliaron con el poderoso reino de Portugal, a donde desheredada y despojada de todos sus títulos, Juana se retiró a un convento el resto de sus días.

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Prado de la Viña

 

Según cuentan las crónicas, esta Ermita de Santiago (Gargantilla del Lozoya) fue el sitio elegido por ser el punto intermedio entre Buitrago de Lozoya, donde durmieron los castellanos, y el Monasterio del Paular, donde descansaron los franceses. La ermita era un importante epicentro del poderoso tercio de Santiago.

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Prado de la Viña

 

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Prado de la Viña

 

La aldea en torno a la Iglesia de Santiago. Tercio de Santiago. Un lugar de Valdelozoya. Don Moxe de Cuellar.

Durante el S.XII y hasta el 1390 existió un asentamiento ahora despoblado, situado en el actual término municipal de Gargantilla del Lozoya en la Comunidad Autónoma de Madrid, y en el que como vestigio de lo que fue, aún se levantan las paredes y la espadaña de la Iglesia de Santiago.

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A finales del siglo X y durante los cien años siguientes, el Valdelozoya es un territorio de nadie en el que se sucedían enfrentamientos y escaramuzas. En el 1085 los señoríos segovianos conquistan este territorio en su avance hacia Magerit y Toledo, iniciándose un proceso de cristianización con la construcción de pequeñas Iglesias en los bosques de robles, lo cual daría lugar a los primeros asentamientos donde cohabitaron mudéjares, cristianos y judíos.

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Estas Iglesias no solo eran lugares de culto, el tañido de sus campanas marcaba las horas del día, también era una forma de control de una población diseminada formada por colonos llegados del Norte, fundamentalmente de Segovia y Navarra.

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Aquellas primeras edificaciones hechas con materiales constructivos muy simples de adobe y madera desaparecen, y sobre sus cimientos, ya en el siglo XII se levantan nuevos templos de piedra y ladrillo siguiendo el estilo “mudéjar”. De aquel momento quedan las Iglesias de San Mamés, Navarredonda, Villavieja y Santiago. Gargantilla se fundará cuatro siglos después.

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Según las crónicas históricas estas tierras eran conocidas como “Tercio de Santiago”. En 1470, la Heredad de Santiago era propiedad de Don Moisés de Cuellar (Moxe o Mose en hebreo), siendo el “Prado de la Viña” uno de los pagos que lo comprenden, que son parte de los prados que rodean la Iglesia de Santiago y al que los historiadores se refieren como “un lugar de Valdelozoya”.

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Arroyo de Santiago

 

Habría que imaginarse unos territorios en los que solamente la luz del sol y la campana de la Iglesia, desde el amanecer hasta el ocaso, marcaba la actividad cotidiana de sus pobladores, musulmanes, judíos y cristianos, todos nacidos en estas tierras. Los oficios de aquel momento eran los relacionados con las labores del campo y la supervivencia; la cantería, tejería, carboneo, herrería, cestería, odrería, cerería, pergaminería, platería, arriería.

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Ranúnculos acuáticos en el arroyo de Santiago

 

Hasta 1492 se mantuvieron en pie pequeñas construcciones utilizadas para cobijar el ganado, y a los aparteros y cuidadores que estaban al servicio de Don Moxe Cuellar, propietario de todas estas tierras, y una de las personas más ricas y poderosas de todo el Valle del Lozoya. La Heredad se encontraba limitada por los montes circundantes, en el “Exido de la Aldehuela”, y el cauce natural del río Lozoya, al que sus pobladores se referían como “el río mayor”. Distaba cuatro leguas del Castillo de Buitrago de Lozoya, propiedad y residencia de los Duques del Infantado, título nobiliario que ostentaría la Casa de Mendoza. En un inventario encargado por estos, se confirmaba a la Heredad de Santiago como un núcleo de población hasta 1390, pasando a ser caserío propiedad de Moxe Cuellar hasta 1492, fecha en la que los judíos fueron expulsados por los reyes católicos. En el entorno de la Ermita, según el dicho inventario: … “ay en la heredad tres pares de casas donde biven los quinteros e pastores e donde queseavan e unas casas que dicen de la cuadra donde come el ganado de invierno e encierran yerba” … “unas casas fechas nuevas en que lavava su lanas … Mose e los otros judíos de Buitrago que es todo dentro de la heredad” … Había un lavadero de lana para uso exclusivo de judíos, lo que indica la gran cabaña que poseía y como en ese momento el ganado lanar representaba uno de los mayores ejes del comercio existente, se puede afirmar que, junto al Duque del Infantado, ambos formaban una “oligarquía ganadera”.

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Arroyo de Santiago

 

El prestigioso geógrafo Al-Idrisi describió esta zona… “en los altos montes llamados Al-Sarat situados a alguna distancia al norte de Toledo pastan grandes rebaños de ovejas y vacas que los mercados de ganado venden en puntos lejanos y cuya fama es proverbialmente conocida”. Las propiedades de Don Moxe se extendían también a las poblaciones vecinas de Pinilla y Villavieja, lo que la convertían en una de las mayores haciendas comprendidas en los límites del Infantado.

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Arroyo de Santiago

 

Existía un camino que partía de la Villa de Buitrago, de la cual dependía toda la comarca, que bordeando el Lozoya atravesaba todo el valle, hasta la cartuja de El Paular. El “Camino del Cartero”, vía de comunicación histórica que discurría junto al río desde Buitrago al pueblo de Lozoya, atravesaba por un pequeño puente ya desaparecido al construirse la presa de Riosequillo y continuaba cruzando el arroyo Buitraguillo por el puente de Cal y Canto, ya en tierras de Villavieja donde aún subsiste la espadaña de la ermita de la Trinidad. La subida valle arriba continuaba por el margen derecho hasta llegar a Pinilla de Buitrago y posteriormente a la Heredad de Santiago, lugar en el que se encontraba el lavadero de lanas de Moxe Cuellar, en el Valdelozoya, continuando su trazado hasta el Monasterio de Santa María de El Paular y el puerto de Malagosto, así como el de la Fuenfría, conocido por las andanzas del Marqués de Santillana. Esta senda de herradura desapareció en algunos tramos de su recorrido bajo las aguas de los embalses de Pinilla y Riosequillo. Llegada la noche los caminos se hacían inhóspitos y peligrosos por la abundancia de alimañas y los asaltacaminos. En invierno las nieves dejaban incomunicadas las aldeas de Valdelozoya.

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Arroyo de Santiago

 

Según los apuntes históricos, en este lugar existió hasta 1390 una pequeña aldea llamada Santiago, de la cual solo quedan los restos de la Iglesia. La Iglesia está construida con piedra y ladrillo en la que resalta majestuosa su hermosa espadaña, el ábside y el arco apuntado son de estilo mudéjar, y la portada es de estilo gótico mudéjar. En la fachada oeste, se pueden observar a la puesta de sol una serie de inscripciones de carácter funerario. Debió de ser a lo largo del siglo XVII, cuando se fue produciendo el expolio de la pila bautismal y las campanas hasta llegar hasta el estado actual de ruina. Hacia 1785 el párroco de la Iglesia de San Benito de Gargantilla describe las ruinas con su torre y sus dos troneras para las campanas y en su inmediación se ven ruinas y cimientos.

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Iglesia de San Benito, Gargantilla del Lozoya

 

Es en este escenario donde se produce el encuentro del monarca Enrique IV y el séquito que acompañaba a la niña Juana con la embajada francesa el 26 de Octubre de 1470. Se oficia una singular ceremonia en la que los nobles castellano juran a la Princesa Juana como legítima heredera al trono, oficiándose las capitulaciones matrimoniales entre el Conde de Boulogne, que representa al Duque de Guyena, hermano del rey Luis XI de Francia y la hija del rey Enrique IV de Castilla.

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Gargantilla reclama su lugar dentro de la historia

 

Unos apuntes históricos de la época de los Trastámara.

 

Doña Juana de Trastámara “La excelente senhora”.

La figura que pudo ser reina, aparece en los anales de la historia de Gargantilla del Lozoya. Conocida como “La Beltraneja”, hija de Enrique IV y Juana de Portugal, era la legítima heredera del trono de Castilla, ya que fue jurada como Princesa de Asturias en las Cortes de Madrid. Pero las intrigas, ambiciones y maldicencias de la nobleza impidieron su ascenso al trono de Castilla. De no haber sido así, el término de Santiago habría marcado un hito importante en la historia de España.

En Portugal le fue concedido el título de Excelente Senhora”. En ciertos documentos Juana firma como “Yo, la Reina” y timbra con su blasón acompañado del lema “Memoria de mi derecho”.

Puesta bajo la protección de Don Íñigo López de Mendoza y Figueroa por su padre el rey, en el castillo de Buitrago, este defendió siempre su causa.

Casada por poderes a la edad de ocho años, el día 26 de Octubre de 1470, con el Duque de Guyena, hermano del rey de Francia Luis XI, en el prado de la Viña, junto al actual cementerio de Gargantilla del Lozoya.

En este mismo acto se anuló el Pacto de Guisando, mediante el cual se consideraba Princesa heredera a Isabel, hermana del rey Enrique IV.

El nacimiento de Juana, el 21 de Febrero de 1462, se recibió con alegría por todos, reconociéndola como Princesa de Asturias y como legítima heredera de la corona de Castilla, incluso por los dos hermanos de Enrique IV, Alfonso e Isabel, que hasta ese momento habían sido candidatos al trono.

Isabel actuó como madrina en su bautismo y el Marqués de Villena lo hizo como padrino. Pero el rey que seguía impulsando la figura de Don Beltrán de la Cueva, provocando la ira del Marques de Villena, el cual calumnió a toda la familia Real, afirmando que la Princesa Juana no era hija del Rey, sino de Beltrán de la Cueva. La acusación causó un efecto inmediato y se extendió por todo el reino de Castilla, valiéndole a Juana el injusto apodo de “La Beltraneja”.

Tras la muerte de Enrique IV en 1474 se proclama reina Isabel, pero su sobrina Juana se enfrenta y comienza una cruel guerra de sucesión.

Juana contaba con doce años e Isabel con veintitrés, y en 1475, en plena contienda, Juana contrajo matrimonio con su tío el rey Alfonso V de Portugal, que tenía 43 años. En ese momento hay en Castilla dos reinas, pero en 1479 terminan venciendo los partidarios de Isabel, que además eran mayoría, tras firmar el tratado de Alcazovas, Juana se ve obligada a renuciar al trono de Castilla, teniendo que marchar a Portugal, abandonando su país. La legítima reina de Castilla eligió la vida espiritual y desde 1480 aquella pequeña niña que se había casado ya dos veces fue una monja más en el Convento de Santa Clara de Coimbra. El rey de Portugal le permitió vivir en un palacio de Lisboa desde el año 1500, rodeada de una pequeña corte, hasta el año de su muerte en 1530. Fernando el Católico, al quedar viudo en 1504, y para impedir que en Castilla reinase Felipe el Hermoso, pensó en casarse con su sobrina Juana y así reforzar su posición en Castilla, pero Juana lo rechazó.

Con los datos existentes sería lógico reequilibrar la historia, y sin merma del prestigio de los Reyes Católicos conceder a los otros personajes el lugar que merecen. Seguir llamando a este personaje “La Beltraneja” es injusto, dado que el apodo es producto de luchas y envidias por conseguir el poder, además de ser falso.

Isabel I de Castilla.

Isabel I de Castillla (1451-1504) fue reina de Castilla desde 1474 hasta 1504, reina consorte de Sicilia desde 1469 y de Aragón desde 1479,​ por su matrimonio con Fernando de Aragón. Se la conoce también como «Isabel la Católica», título que les fue otorgado a ella y a su marido por el papa Alejandro VI mediante la bula “Si convenit”, el 19 de diciembre de 1496.​ Es por lo que se conoce a la pareja real con el nombre de Reyes Católicos.

Se casó el 19 de octubre de 1469 con el príncipe Fernando de Aragón. Por el hecho de ser primos segundos necesitaban una bula papal de dispensa que solo consiguieron de Sixto IV a través de su enviado el cardenal Rodrigo Borgia en 1472. Ella y su esposo Fernando conquistaron el reino nazarí de Granada y participaron en una red de alianzas matrimoniales que hicieron que su nieto, Carlos, heredase las coronas de Castilla y de Aragón, así como otros territorios europeos, y se convirtiese en emperador del Sacro Imperio Romano.

Enrique IV de Trastámara.

Accedió al trono de Castilla a la edad de veintinueve años en 1454. Amante de la música, culto y respetuoso con los que le rodeaban, siguió con la tradición de los Trastámara y fue el gran ideólogo de una monarquía-estado.

Su reinado duró dos décadas, la primera década fue un periodo de tranquilidad social y de autoridad indiscutida, su prestigio es reconocido dentro y fuera del reino. Pero no así en la segunda década, en la que se enfrenta a la nobleza y sobre todo a Juan Pacheco, Marqués de Villena. Una consecuencia es la firma de los pactos de Guisando, de los que no hay documentación, en los que se reconoce a su hermana Isabel como heredera del trono, aunque dos años después los invalida aquí, en la iglesia de Santiago.

Don Beltrán de la Cueva.

Enrique IV, con el fin de contrarrestar la influencia a la que se ve sometido por el favorito Juan Pacheco, marques de Villena, hace venir al joven hidalgo de Úbeda y le concede el título de Conde, además consigue del Marqués de Santillana la entrega de su hija Mencia de Mendoza en matrimonio. De esta manera el joven Don Beltrán consigue emparentar con el linaje de Mendoza, una de las familias más poderosas del reino. Su ascenso se debió a la determinación de Enrique IV de encontrar la lealtad en hombres nuevos. Esto le genera poderosos enemigos que encuentran su mejor arma en la difamación. La decadente nobleza castellana y el favorito, de manera insidiosa se encargarán de correr la voz haciéndole pasar por el padre de Doña Juana, desde entonces esta fue injustamente apodada como “La Beltraneja”.

Don Juan Pacheco, Marques de Villena.

Don Juan Pacheco es considerado como uno de los personajes más intrigantes del reinado de Enrique IV. Puesto al servicio del Infante don Enrique, cuando aún era príncipe de Asturias supo ganarse su voluntad y desde 1440 fomentó las intrigas del príncipe contra su padre Juan II y su valido (Álvaro de Luna).

El Marqués de Villena, convertido en favorito de Enrique IV, domina el Consejo Real, plataforma que sólo utilizó para enriquecerse. Tras la muerte del Infante Alfonso fue el artífice de la Concordia de los Toros de Guisando (18 de Septiembre de 1468), por la que Enrique IV reconocía como heredera del reino a su hermana Isabel, en lugar de su hija Juana (La Beltraneja).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“La Tumba del Moro”

La Tumba del Moro es una pequeña necrópolis paleocristiana de origen visigodo situada en el sureste del Cerro de la Cabeza, en el término municipal de La Cabrera (Madrid). Guarda gran similitud con otros enterramientos cercanos documentados en la región, como el yacimiento de Sieteiglesias y como el yacimiento del cerro de la Oliva de Patones. En la necrópolis encontramos varias tumbas simples en forma de cista, delimitadas por lajas de piedra hincadas en el suelo y cubiertas por otras lajas más grandes colocadas horizontalmente sobre las anteriores que cubren las sepulturas. La más llamativa de todas, es una única tumba antropomorfa tallada directamente sobre un afloramiento granítico, de los múltiples que conforman esta zona de la sierra de La Cabrera.

IMG_4771 copiaLos yacimientos arqueológicos hallados en los alrededores de La Cabrera demuestran la presencia más o menos estable de comunidades humanas desde mucho antes de la ocupación romana de la península ibérica, primitivos celtas de la edad del bronce en el Cancho Gordo y carpetanos de la edad del hierro en el cerro de la cabeza. Patrimonio declaró en 1989 el municipio de La Cabrera como Bien de Interés Cultural, en la categoría de “Zona Arqueológica”.

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El yacimiento fue excavado en su totalidad a comienzos de los años 90 del siglo XX y entre el año 2017 y 2018 ha vuelto a intervenir Patrimonio para señalizarlo y protegerlo de actos vandálicos con una valla metálica.

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El conjunto funerario se compone de 10 tumbas, presentando dos momentos de ocupación. El más antiguo es de la época hispanovisigoda aproximadamente del siglo VII, es una pequeña necrópolis de un pequeño grupo familiar formado por nueve fosas excavadas en el terreno, delimitadas por lajas hincadas en la tierra del tipo de cista. Los parentescos familiares directos parecen claros en las tumbas I y II o en las tumbas V y VI, estas tumbas adyacentes podrían pertenecer a dos matrimonios, a la que habría que sumar la tumba VII, que se trata de un enterramiento infantil. La orientación de las tumbas es Este-Oeste con la cabecera al Oeste. Estos enterramientos se ajustan a las creencias cristianas y ya no contienen elementos de ajuar propios de los rituales paganos, expresamente prohibidos por la jerarquía cristiana del momento. Sin embargo la tumba VII, perteneciente a un infante de cinco o seis años de edad, contaba con un elemento de adorno personal, concretamente un broche de cinturón. Este elemento permite fechar la necrópolis, ya que sigue las modas orientales que se imponían en la península ibérica en este siglo. Posterior a este pequeño cementerio, habría que sumar una tumba excavada en la roca, la que da nombre al yacimiento por ser la más conocida, es una tumba antropomorfa excavada en una roca de un afloramiento de granito, muy abundantes en esta zona de La Cabrera. Este tipo de enterramientos son posteriores y su construcción va ligada a la llegada a estas tierras de gentes de la meseta Norte en los siglos X y XI.

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El yacimiento estaba escondido en un bosquecillo de encinas, al mismo lado derecho de la carretera que va desde La Cabrera a Valdemanco. Desde la última actuación de Patrimonio, el yacimiento puede observarse si uno se fija cuando circula por dicha carretera. Muchos sostienen que estas sepulturas están asociadas al “castro celta” del Cerro de la Cabeza, en la época en la que según los investigadores, el primitivo asentamiento carpetano de la Edad del Hierro fue reutilizado, posiblemente al comienzo de la etapa visigoda, hacia los siglos V-VI d.C. Otras fuentes fechan esa segunda ocupación en el siglo VII d.C. En todo caso, parece fuera de duda que pertenecen al período visigodo.

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En esta época las necrópolis suelen agruparse alrededor de un edificio de culto, ya sean basílicas, o simplemente capillas o iglesias de menor entidad. No parece ser este el caso de la necrópolis de la Tumba del Moro, pues no hay documentada ninguna iglesia en sus cercanías, aunque algunos autores sostienen que el cercano Convento de San Antonio estaría construido sobre los restos de una antigua ermita visigoda, incluso se relaciona con la ermita de Santa María la egipciana, desaparecida durante la ocupación francesa de España por las tropa de Napoleón. Las sepulturas invaden en algunas ocasiones el interior de los templos, aunque la práctica común es la existencia de cementerios alrededor de edificios, ininterrumpida hasta la invasión musulmana a comienzos del siglo VIII, y que continuó aún después de esta ruptura. Las sepulturas son de variadas formas y generalmente forman tipologías locales, pues junto a ricos sarcófagos decorados, visibles en criptas, o sarcófagos lisos de mármol o piedra y cajas de tableros también de mármol, con la tapa decorada e inscrita, tenemos éstas de la tumba del Moro, que suelen aparecer muy frecuentemente en ambientes rurales. Y la España visigoda era en su mayoría, una sociedad rural. Las tumbas antropomorfas excavadas en piedras de gran dureza son bastante frecuentes en la meseta norte.

Distintas vistas de la única sepultura antropomorfa del yacimiento “Tumba del Moro” antes de la última actuación de Patrimonio.

Diversas vistas de las sepulturas en cista del Yacimiento “Tumba del Moro” antes de la última actuación de Patrimonio.

A pocos km de La Cabrera, aparece una necrópolis de mayor tamaño que La Tumba del Moro, situada alrededor de la iglesia parroquial de Sieteiglesias, también en Madrid. Además, las sepulturas de cista, delimitadas por piedras y cubiertas con una gran laja pétrea, son una tipología muy extendida en la comunidad madrileña. También encontramos estos enterramientos en el yacimiento del Cerro de la Oliva, de origen carpetano pero posteriormente habitado por visigodos.

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Tumbas antropomorfas y en cista en la Necrópolis de Sieteiglesias

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Tumbas en cista en el yacimiento del Cerro de la Oliva, Patones

 

 

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Tumbas en cista en el yacimiento del cerro de La Oliva, Patones

Camino del Purgatorio

Las cascadas del Purgatorio de Rascafría.

No se sabe a ciencia cierta quien puso el nombre a este recóndito lugar, puede ser que se le ocurriese a algún cartujo del cercano Monasterio del Paular (Rascafría), pero es fácil imaginar que lo hiciera alguien, fuese religioso o no, que hubiera leído la Divina Comedia de Dante Alighieri.

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Cascada del Purgatorio desde el mirador

 

Las cascadas del Purgatorio son un pequeño conjunto de saltos de agua situadas en la zona central de la sierra de Guadarrama, perteneciente al Sistema Central, en la cabecera del valle del Lozoya, en la vertiente norte de la alineación montañosa de Cuerda Larga, dentro del término municipal de Rascafría, en el noroeste de la Comunidad de Madrid.

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Arroyo Aguilón

 

Las cascadas se localizan en el arroyo del Aguilón, uno de los afluentes más caudalosos del río Lozoya, en el punto en que supera una barrera rocosa a través de un estrecho desfiladero. Hay dos saltos principales: la cascada Baja, un salto de agua muy vertical de una altura de 10 metros y situada a una altitud de 1350 metros, y a unos 200 metros aguas arriba, la cascada Alta. Este segundo salto es de 15 metros y está más encajonado.

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Monasterio del Paular desde el Puente del Perdón

 

Para llegar a ellas, se pueden utilizar las diversas pistas que recorren la cabecera del arroyo Aguilón. La ruta más utilizada por los excursionistas, de 6 km de longitud, parte del monasterio de Santa María del Paular, desde este punto, se atraviesa el puente del Perdón que queda enfrente y de aquí se continua por la antigua carretera de Madrid, el Camino Viejo de Madrid.

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Río Lozoya desde el Puente del Perdón

 

Tras dejar a la derecha la zona recreativa de Las Presillas, se toma un desvío a la izquierda convenientemente señalizado. Después se llega a un puente de madera sobre el arroyo Aguilón que hay que cruzar, aquí acaba el camino y comienza un sendero serpenteante y estrecho de 1,5 km de longitud, que remonta aguas arriba el arroyo hasta las cascadas, llegando así a un mirador de madera situado en frente de la cascada Baja.

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Puente de madera sobre el arroyo Aguilón

 

El acceso a la cascada Alta no se ve desde este punto, exige salvar la gran roca que hace de pared o dar un rodeo campo a través por el pedregal de fuerte pendiente que queda en la margen izquierda de la cascada baja.

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Cascada del Purgatorio, arroyo Aguilón

 

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Arroyo Aguilón

 

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Arroyo Aguilón

 

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Arroyo Aguilón

 

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Primavera en el Arroyo Aguilón

 

El Purgatorio de Dante

El Purgatorio es el segundo de los tres cantos de La Divina Comedia. Lo antecede el canto del Infierno y le sigue el canto del Paraíso. El Purgatorio de Dante se divide en siete escalones, en los cuales se expían los siete pecados capitales: soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula, lujuria. Su estructura es la imagen inversa del Infierno, pues si el Infierno es un abismo, el Purgatorio es una montaña, y el orden de las penas en el camino de Dante va del pecado más grave (la soberbia) al más leve ( la lujuria, o sea, el amor que se excede en la medida). Al pie de la montaña se encuentra el Antepurgatorio, y en la cima el Paraíso terrestre

Cada escalón de la montaña tiene un Ángel custodio, precisamente son los Ángeles de la humildad, de la misericordia, de la mansedumbre, de la solicitud, de la justicia, de la abstinencia y de la castidad. En cada escalón del Purgatorio, los que expían las culpas tienen ante sí ejemplos del vicio castigado y de la virtud opuesta. En la entrada del Paraíso terrestre las almas del Purgatorio ya están salvadas, pero antes de llegar deben subir la montaña para expiar sus pecados como hacían en los tiempos de Dante los peregrinos que se dirigían hacia Roma o hacia Santiago de Compostela para hacer penitencia. Cada alma debe por consiguiente recorrer todo el camino y purificarse en cada escalón del pecado correspondiente. El Purgatorio tiene la función específica de expiación, reflexión y arrepentimiento, y es solo a través del camino, es decir de la peregrinación hacia Dios, que el alma puede aspirar a la redención. Esto también vale para Dante, quien al principio tiene grabadas en la frente siete “P”, que simbolizan los siete pecados capitales. Al final de cada escalón el ala del Ángel custodio borra una de ellas, indicando que el pecado específico ha sido expiado.

 

 

Los Pueblos Negros y el Pico Ocejón

Existe una antigua leyenda sobre el pico Ocejón, el Moncayo y el Alto Rey. Según cuenta dicha leyenda, un poderoso Señor de una tribu prerromana, que además tenía poderes de brujería, era poseedor de grandes riquezas y de un extenso territorio entre lo que hoy son las provincias de Zaragoza, Soria y Guadalajara. Al enviudar tuvo que hacerse cargo de sus tres hijos, la envidia y la codicia por conseguir la herencia de su padre hacía que los tres hermanos se llevasen muy mal.

Las duras peleas entre los hijos eran cada vez más frecuentes, hasta que el padre, harto de sus disputas, decidió castigarles con una maldición eterna, de tal manera que pudieran verse siempre pero no pudieran hablarse nunca, les convirtió en tres altas montañas que situó a cada extremo de su territorio, para que además sirviera de ejemplo para las tribus cercanas: el mayor, Moncayo; el mediano, Ocejón, y el pequeño, Alto Rey.

En la ermita situada en la cima del Alto Rey se puede contemplar un grabado en la piedra en la que se muestran tres cabezas situadas las unas al lado de las otras de la misma manera que se sitúan geográficamente el Moncayo, el Ocejón y el Alto Rey.

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Pico Ocejón

 

El Pico Ocejón.

El pico Ocejón es una montaña perteneciente al sistema Central situada en la vertiente sur de la sierra de Ayllón, en la parte noroccidental de la provincia de Guadalajara. Toma importancia por su visibilidad desde gran parte de la provincia, por su sinuosa forma y por los pintorescos “pueblos negros” que se hallan ubicados en sus faldas: Majaelrayo, Robleluengo, Campillo de Ranas, Roblelacasa, El Espinar y Campillejo en la vertiente oeste, Valverde de los Arroyos, Zarzuela de Galve, Palancares y Almiruete en la vertiente este.

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Vista de Valverde de los Arroyos con el Pico Ocejón al fondo

 

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Vista de El Espinar

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Vista de Roblelacasa con el Pico Ocejón al fondo

Los Pueblos Negros.

La arquitectura negra es un tipo de arquitectura popular que emplea como elemento constructivo principal la pizarra, compuesto mineral de tonos grises, violetas, azulados, pardos, plateados o negruzcos. Es una técnica empleada tradicionalmente en algunas zonas españolas como la sierra de Ayllón (entre Guadalajara, Segovia y Madrid) y la sierra de Alto Rey (Guadalajara). En estas zonas serranas la pizarra es un material muy abundante, además debido a los precarios medios de comunicación, en estas zonas antiguamente no se disponía de otros materiales alternativos.

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Detalle de un tejado construido en pizarra al estilo tradicional

 

Este tipo de arquitectura es aplicable a todo tipo de construcciones, tanto viviendas como edificios comunitarios (Ayuntamientos e Iglesias), pavimentado de calles, cerramientos y delimitaciones agrícolas y ganaderas, tainas para el ganado, fuentes, caminos, puentes, etcétera.

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Puente sobre el río Jarama entre Roblelacasa y Matallana

 

 

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Espadaña de la Iglesia de Roblelacasa

 

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Fuente, plaza y Ayuntamiento de Valverde de los Arroyos

 

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Una calle de Roblelacasa

 

Los ayuntamientos de Campillo de Ranas, Majaelrayo y Valverde de los Arroyos han aprobado nuevas normas encaminadas a proteger el estilo arquitectónico tradicional propio de la arquitectura negra, tales como el uso exclusivo de la pizarra propia de la zona, la prohibición de cables cruzando las calles, de cubiertas planas, de buardillones y de terrazas o ventanas sobre la cubierta.

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Iglesia de Campillo de Ranas

 

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Vivienda típica de Campillo de Ranas

 

La pizarra es el elemento estructural fundamental en las construcciones de este tipo de arquitectura, sirviendo para cubiertas y paramentos. El uso exclusivo de la pizarra provoca que sus pueblos presenten un aspecto negruzco en sus vistas, de ahí el nombre de Pueblos Negros.

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Iglesia de Majaelrayo

El embalse de El Villar

Casi todos los años por estas fechas, podemos ver uno de los saltos de agua más interesantes de la sierra madrileña. Dicho salto de agua sólo se puede ver cuando el embalse de El Villar supera el 100% de su capacidad y el agua rebosa por uno de sus laterales en una impresionante cascada de unos cincuenta metros de altura.

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El embalse de El Villar está situado en el curso bajo del río Lozoya y aguas arriba del embalse de El Atazar, en la vertiente sur de la Sierra de Guadarrama perteneciente a la Comunidad de Madrid. Se trata del embalse más antiguo en funcionamiento de toda la región y en consecuencia de todo el sistema de embalses del Canal de Isabel II, red hidráulica que suministra el agua potable a la capital de España.

Tras el fiasco que supuso la inauguración del Pontón de la Oliva (embalse que nunca llegó a funcionar a pleno rendimiento por culpa de las filtraciones de agua), el Canal de Isabel II encargó una nueva presa aguas arriba del río Lozoya, a unos 50 metros por bajo de un antiguo puente denominado El Villar. Este puente, y por tanto la presa, deben su nombre a un poblado hoy en día desaparecido. La obra comenzó en 1869 y estuvo proyectada y dirigida por los ingenieros Elzeario Boix y José Morer.

Se escogió una garganta cerrada y profuda para ubicar la presa, al igual que se hizo anteriormente en el Pontón de la Oliva. Boix, que era gran admirador de las infraestructuras hidráulicas que por aquella época se construían en otros países de Europa, diseñó una original presa de gravedad de planta curva que supuso todo un alarde innovador de ingeniería, ya que fue la primera presa de este estilo construida en todo el mundo. Su característica curvatura es la que ayuda a la estructura de la presa a soportar mejor las presiones laterales. Fue terminada e inaugurada en 1873 como la presa más alta de España, marca que en la actualidad ya ha sido superada. A lo largo de más de un siglo ha sido sometida a diversas reformas y actualmente sigue prestando servicio.

En 1911 se puso en servicio el canal de El Villar, denominado por entonces canal Transversal, a través del mismo se podía suministrar agua a Madrid, tomándola directamente del embalse. Entre los años 1916 y 1934, se construyeron en sus márgenes diversos canales perimetrales para mejorar la calidad del agua que desde este embalse se suministraba a la población madrileña.

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La presa tiene 107 metros de longitud y 5 metros de anchura en la coronación. La altura del muro es de 50,50 metros. Puede almacenar hasta 22,4 hm³ de agua y ocupa una superficie de 144 hectáreas a Nivel Máximo Normal que conforman 20 kilómetros de ribera. La fábrica de la presa es de mampostería unida con cal hidráulica con remates de sillería. Dispone de torre de toma independiente del cuerpo de presa, y un aliviadero de labio fijo en la margen derecha. Se convirtió en todo un referente dentro de las obras hidráulicas de su época, al ser la primera presa de gravedad de planta curva construida del mundo.

En 1994 se puso en servicio una pequeña central eléctrica alojada en una caverna excavada en el margen derecho del río, junto a la presa, y alimentada desde una torre de toma, también de nueva construcción, que aprovecha la energía del agua al ser desembalsada hacia el embalse de El Atazar. La instalación está equipada con una turbina Francis de eje vertical, para un caudal de 17 metros cúbicos por segundo, con un salto bruto máximo de 42 m y una potencia de 5.990 kw.

Las características técnicas de esta presa (según fuentes del Canal de Isabel II) permiten almacenar agua equivalente al 110% de su capacidad. El embalse de El Villar está construido de tal manera que sólo puede verter agua por arriba y cuando lo hace, el excedente va a parar al embalse del Atazar.

 

El pasado celta del Cerro de La Cabeza

Hasta el presente momento, los yacimientos arqueológicos hallados en los alrededores de La Cabrera, demuestran la presencia más o menos estable de distintas comunidades humanas desde la Edad del Bronce. Los primeros pobladores de La Cabrera se corresponderían con la llegada a la península ibérica de las primeras oleadas de tribus celtas de origen indoeuropeo, hace aproximadamente 3000 años.

Patrimonio declara en 1989 el municipio de La Cabrera como Bien de Interés Cultural, dentro de la categoría de “Zona Arqueológica”. Y dentro de esta categoría, se distinguen cuatro modelos históricos de poblamiento: Restos de un asentamiento protocelta en el Cancho Gordo perteneciente a la Edad del bronce. Restos de un asentamiento celta de origen carpetano en el cerro de La Cabeza, correspondiente a la edad del hierro, necrópolis medieval cristiana de origen visigodo denominada “Tumba del Moro” y el Convento de San Antonio y San Julián construido a finales del siglo XI o principios del siglo XII tras las ocupación cristiana de Toledo por el monarca castellano Alfonso VI. Posterior a este último acontecimiento militar, pastores segovianos con sus cabras repoblaron esta región con sencillas gentes de religión cristiana y economía ganadera. Estos pastores segovianos le dieron el nombre al lugar, La Cabrera.

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Vista desde el Cerro de la Cabeza de la sierra de La Cabrera, del Convento y del pueblo.

Aquí hablaremos de los yacimientos del Cancho Gordo (la cota mas alta al Oeste de la sierra de La Cabrera) y del Cerro de La Cabeza.

Yacimiento del Cancho Gordo: se corresponde con la cima más alta de la sierra de La Cabrera y en ella se ubica un asentamiento cuya cronología data del período del Bronce Pleno, probablemente correspondiente a las primeras oleadas de origen indoeuropeo, un asentamiento de origen protocelta (celtas primitivos).

Restos del asentamiento del Cancho Gordo

Yacimiento del Cerro de la Cabeza: Se trata del asentamiento situado en el Cerro de la Cabeza, desde su emplazamiento se domina la dehesa de Roblellano. El yacimiento, que no ha sido excavado y es de difícil interpretación, probablemente corresponde al período más temprano de la Edad del Hierro, posiblemente a la etapa carpetana. El poblado tiene dos partes bien diferenciadas, una superior y otra inferior.

Vista de la zona superior del poblado, los restos quedan ocultos por la vegetación

En la zona superior, a los pies del cancho que forma la cima del Cerro de la Cabeza, se pueden observar los restos de varias viviendas de planta rectangular, desde este lugar se puede contemplar toda la Sierra de la Cabrera, y en la ladera sur del Cancho Gordo, el Convento de San Antonio. Entre la vegetación existente, se pueden observar más vestigios de viviendas reducidos a montones de piedras, aparentemente de planta circular. No se detecta la existencia de calles, manifestando una evidente falta de urbanismo, y entre los restos de las viviendas se definen grandes espacios libres, característico de los castros en altura fortificados asentados sobre terreno granítico.

Restos de las construcciones entre el arbolado del cerro de La Cabeza.

A pesar de una posible filiación carpetana, nada tiene que ver el tosco urbanismo del Cerro de la Cabeza con poblados de la Edad del Hierro excavados más al sur de Madrid en terrenos yesíferos, como el Cerro de la Gavia, o el poblado del cerro de La oliva, donde una calle central articula una serie de manzanas de casas de planta claramente rectangular. Se han encontrado restos de cerámica en fragmentos de tamaño mediano, cerca de las viviendas de la parte superior del castro. En el resto del espacio se han encontrado numerosos fragmentos cerámicos de pequeño tamaño, sobre todo en el camino que da acceso entre uno y otro estrato.

Restos de las construcciones entre el arbolado del cerro de La Cabeza

En la zona inferior del asentamiento, de nuevo se pueden observar más restos de viviendas derruidas, aparentemente de planta rectangular, lo que no significa que lo fuesen en su origen. Posiblemente la planta del espacio doméstico fuese rectangular, como en el cercano asentamiento carpetano-romano de la Dehesa de La Oliva, en el término municipal de Patones.

Restos de las construcciones entre el arbolado del cerro de La Cabeza.

Al este del poblado, y justo protegiendo la única entrada al poblado, se puede distinguir claramente la existencia de las ruinas que parecen haber formado en su día una muralla, que podría rodear antiguamente todo el espacio doméstico. Desde este punto se domina visualmente la Dehesa de Roblellano y toda la sierra de La Cabrera.

Restos de la muralla defensiva en el flanco Este

Ascendiendo a cualquier promontorio o canchal de los múltiples que rodean el emplazamiento carpetano. podemos observar la disposición espacial del poblado. Se trata de un cerro de difícil acceso y fácilmente defendible. Está protegido de forma natural por accidentadas y rocosas laderas en tres de sus cuatro flancos (Norte, Oeste y Sur) y presenta las ruinas de lo que en su día fue un muro defensivo en el flanco Este, donde se encuentra el único acceso al poblado.

El cerro de La Cabeza constituye un fantástico mirador, una atalaya natural.

Posiblemente este emplazamiento fuese posteriormente reutilizado en la época visigoda, lo que encaja perfectamente por varios motivos; por un lado coincide con la existencia a los pies del Cerro La Cabeza de la necrópolis de la Tumba del Moro, por otra parte existe una analogía con lo sucedido en el cercano cerro de La Oliva de Patones, un cerro ocupado primero por los carpetanos y después por los visigodos, y también coincide por su similitud con otros enterramientos visigodos cercanos documentados en la región, como el yacimiento de Sieteiglesias, a escasos 10 Km. En la necrópolis encontramos varias tumbas simples en forma de cista, delimitadas por lajas de piedra hincadas en el suelo con una superior a modo de tapa, siendo la más llamativa una tumba antropomorfa tallada directamente sobre un afloramiento granítico, de los múltiples que encontramos en la zona.

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Tumba del Moro

Quienes eran los Carpetanos?

Los carpetanos, también denominados carpesios,​ fueron una de las tribus que habitaban la península ibérica antes de la llegada de los romanos. Se incluyen dentro de los pueblos de filiación céltica o indoeuropea​ que poblaron el centro, norte y oeste peninsulares, ubicándose concretamente en la Meseta Sur, un área con sustrato mayoritariamente indoeuropeo.​ Su situación cerca de los territorios íberos posibilitó que recibieran influencias culturales de estos, lo que ha llevado a la historiografía a polémicas sobre su adscripción.

Fueron un pueblo relativamente próspero que aprovechó las posibilidades agrícolas de su territorio y las oportunidades de comercio que ofrecía su situación geográfica. Con una estructura política descentralizada, se considera que no existieron grandes diferencias sociales en el seno de su sociedad, ya que no se han encontrado enterramientos suntuosos que lo indicasen ni tampoco son conocidas actuaciones suyas como mercenarios o razias de saqueo sobre sus vecinos, algo de lo que sí fueron protagonistas las capas más desfavorecidas de otras tribus prerromanas.

No dieron grandes líderes como Istolacio, Indíbil o Viriato, ni fueron protagonistas de sucesos históricos relevantes como Numancia o Sagunto, siendo algo olvidados por la historiografía tradicional española.

Sufrieron un gran desgaste en su lucha contra los cartagineses, lo que debilitó posteriormente sus posibilidades de resistencia frente los romanos,​ contra los que lucharon ayudados —o quizás dirigidos— por sus vecinos vetones y celtíberos. Acabaron por integrarse en el 179 a. C. como aliados en la Hispania romana​ de una manera pragmática; esto se deduce del hecho de que no se ha encontrado en las fuentes material acerca de rebeliones posteriores en su territorio, antes bien, estas recogieron información sobre las razias de los cercanos lusitanos o los ataques de las tropas de Quinto Sertorio que sufrieron los carpetanos.

A lo largo del primer milenio a. C. se dio en la península ibérica un complejo proceso de etnogénesis con la formación de los diferentes pueblos prerromanos que, a grandes rasgos, se diferencian en tres grupos:

a) Los turdetanos e íberos, que se extienden por la franja abierta al mar Mediterráneo; eran los pueblos prerromanos más cultos y civilizados.

b) Los vascones y otros pueblos afines de filiación no indoeuropea, que ocuparon zonas junto a los Pirineos.

c) Los pueblos indoeuropeos, resultado de una invasión muy antigua —en una época en que los dialectos occidentales no se habían diferenciado todavía—y que acabarían evolucionando con un desarrollo dispar que iría desde los más arcaicos como lusitanos y astures hasta los más desarrollados celtíberos.

 Los carpetanos formarían parte del grupo indoeuropeo o «protocéltico».​ Las raíces de la formación de este pueblo se sumergen en la cultura de Cogotas I, que representa la Edad del Bronce final en una extensa área peninsular entre la que se encuentra la zona donde habitaron los carpetanos. Esta cultura de Cogotas I se prolonga hasta finales del siglo VIII a. C. y ofrece características que la relacionan con un sistema cultural indoeuropeo arcaico. En el área carpetana se dan asentamientos tanto en cerro como en llano, caracterizados ambos por la falta de arquitectura en duro y asociados a un carácter estacional con alta movilidad de la población.

Sobre este sustrato protocéltico se daría una evolución a partir del siglo VIII a. C. en la que se fue generalizando el castro, con poblados de viviendas circulares, cerrados y situados en alto para controlar y defender un pequeño territorio sobre la base de una mayor estabilidad de la población. Esta evolución, debida probablemente a una creciente inestabilidad, generaría también una estructura social basada en una incipiente jerarquización con élites guerreras.

A partir del siglo VI a. C. se desarrolló la cultura celtibérica en las altas tierras del sistema Ibérico y de la Meseta Oriental, caracterizada principalmente por la adopción del hierro para el armamento y por la aparición de una estructura social gentilicia, menos rica, pero semejante a la que aparece en Europa Central, norte de Italia y sur de Francia. El urbanismo evolucionó con la paulatina aparición de grandes castros, algunos de los cuales acabarían convirtiéndose en los grandes oppida que encontraron cartagineses y romanos. En estos nuevos poblados se dio una sustitución de las anteriores viviendas circulares por rectangulares, cuyos muros posteriores forman parte de la muralla defensiva.

Sobre el origen de esta cultura celtibérica existen dos hipótesis: la «invasionista», que la fundamenta en la invasión de grupos humanos de tipo hallstattico que traerían consigo estos elementos culturales,​ y otra concepción alternativa «evolucionista» que, aunque no excluye el movimiento de gentes, basa la aparición de esta cultura en una evolución y aculturación local con la adopción de los elementos comunes por contactos e intercambios.

Esta cultura celtibérica se extendería paulatinamente desde su zona nuclear hacia occidente por la Meseta hasta llegar al Atlántico, provocando una celtización del substrato protocéltico preexistente -dentro del que se incluirían los carpetanos- que quedaría fragmentado y absorbido por esta nueva cultura plenamente celta, identificada como tal por las fuentes clásicas.

En una última fase, a partir del siglo IV a. C., los carpetanos recibieron influencias culturales de las zonas pobladas por los íberos situadas al sur de su territorio, adoptando mejoras tecnológicas tales como el torno de alfarero, la molienda de cereales, el horno de tiro variable o la siderurgia; innovaciones que conllevarían una mayor especialización social y acentuarían la jerarquización preexistente.

Expresándolo de una manera resumida y simplificada, los carpetanos serían el resultado de la evolución de un grupo de la población indoeuropea o protocéltica peninsular que alcanzaría un grado intermedio de celtización y que adoptaría elementos culturales de las zonas íberas.

Desde finales de los años 90 parte de la historiografía ha puesto en duda el carácter de grupo étnico de los carpetanos, llegando, en sus postulados más extremos, a afirmar que los carpetanos serían una «construcción artificial creada por Roma durante la conquista de la Península».​ Sin embargo, parte de los estudios más recientes rechazan estas teorías ya que consideran que las categorías con las que los romanos interpretaban las realidades indígenas tenían ciertas reglas y fundamentos y sucesos como la decisión colectiva de los 3000 guerreros carpetanos del ejército de Aníbal de abandonarle al conocer el objetivo final de la campaña denotan un grupo étnico destacado y de acusada personalidad que se reconocía como tal y tenía una base territorial.​ Además de esto, según nos han transmitido las fuentes clásicas, la actitud de los carpetanos durante los diferentes sucesos históricos en los que se vieron envueltos o sucedieron junto a ellos —ataque cartaginés, segunda guerra púnica, conquista romana, guerras lusitanas, guerras celtíberas y guerras sertorianas— fue siempre homogénea en todas las poblaciones que se citan de su territorio.

El territorio de los carpetanos se localizó en la zona central de la península ibérica, principalmente en la planicie atravesada por el curso medio del río Tajo y sus afluentes centrales en un territorio que comprende parte de las actuales provincias españolas de Madrid, Toledo, Guadalajara, Cuenca y en menor medida Ciudad Real. Estrabón​ y Plinio​ indicaron que los carpetanos habitaban junto al Tajo limitando al norte con los vacceos, al sur con los oretanos, al oeste con los vetones y al noreste con la tribu celtíbera de los arévacos. El estudio de estas tribus vecinas con sus límites territoriales y características culturales, la localización de las poblaciones citadas por las fuentes clásicas así como la arqueología, han permitido mejorar de manera importante la delimitación del territorio carpetano para el que actualmente se pueden considerar los siguientes límites:

  • Norte: lo establecería la barrera natural que forman las sierras de Gredos y Guadarrama al otro lado de la cual habitaban los vacceos y arévacos.
  • Este: atravesaría el valle del río Henares entre Alcalá de Henares (Complutum) y Sigüenza (Segontia)​ probablemente cerca de Hita (la Caesada arévaca​) y Trillo (la Thermida carpetana). Este límite continuaría hacia el sur dejando a Alcocer (Ercávica​) en territorio celtíbero y a Villas Viejas, pedanía de Huete (Contrebia Carbica) en el carpetano,​ siguiendo en las inmediaciones del río Záncara hasta que este gira hacia el oeste. Este límite oriental es el más difícil de precisar, por la presencia junto a él de los olcades, uno de los pueblos prerromanos menos conocidos, y por las consecuencias de la expansión de los vecinos celtíberos.
  • Sur: seguiría cerca del Záncara al sur de Campo de Criptana y Alcázar de San Juan (en cuyas inmediaciones se situarían las carpetanas Alce y Cértima​) así como Consuegra (Consabura​) hasta llegar a los Montes de Toledo continuando por la vertiente sur de estos dejando en territorio carpetano a Navas de Estena donde se ha atestiguado una gentilidad carpetana hasta llegar a La Nava de Ricomalillo donde se ha documentado la epigrafía de un Toletanus.​ Este límite meridional ha sido a veces mal trazado por el hecho de que Ptolomeo incluyó a Laminio (la actual Alhambra, situada más al sur) entre las ciudades carpetanas, algo que hoy en día se considera un error de este autor clásico.
  • Oeste: lo formaría el límite con los vetones, el cual se ha ido perfilando en base sus elementos culturales como los verracos y datos epigráficos de época romana en una línea que, recorriendo de norte a sur desde la zona alta del río Alberche hasta la zona del río Pusa, dejaría a Talavera de la Reina (Caesarobriga​) en su territorio y a Toledo (Toletum​) en territorio carpetano.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Navalafuente es un municipio perteneciente a la Comunidad Autónoma de Madrid. Está situado al norte de la capital, al pie del Alto del Pendón, ubicado en la ladera sur de las estribaciones de la Sierra de la Morcuera. Deslinda con los términos municipales de Bustarviejo, Valdemanco, Cabanillas y Guadalix de la Sierra.

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Vista de Navalafuente desde la garganta del cancho con el Cerro de San Pedro al fondo

La zona donde se ubica esta pequeña villa es relativamente llana. Está situada en una zona de transición entre la sierra y la campiña, compuesta de prados, dehesas de vegetación dispersa y de pequeños bosques de ribera. El término municipal es atravesado por dos arroyos en dirección norte-sur, el Gargüera y el Albalá, que recogen sus aguas de la zona comprendida entre la ladera este del Pendón y la ladera sur del Mondalindo.

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Vista de la sierra de La Cabrera desde la ribera del arroyo Albalá

 

El arroyo Gargüera

Al cruzar el escalón que supone el cerro de la Mesa, el Gargüera se despeña por la garganta del Cancho en una sucesión de chorreras, saltos de agua, ollas o marmitas de Gigante, pequeñas cascadas y losas como esmeriles. Dominan aquí los afloramientos de roca de Gneis glandular, muy aparentes donde la piedra se encuentra pulida por la acción del agua. Este pequeño arroyo vierte sus aguas al río Guadalix, y conforma en su tramo más montano uno de los parajes más curiosos y desconocidos de la región madrileña.

Historia

Para buscar los orígenes de Navalafuente hay que remontarse al siglo XII, cuando empiezan a asentarse los primeros pastores procedentes de Segovia que apacentaban sus rebaños en los abundantes y ricos pastos que producían sus montes. Las primeras casas se levantaron en torno a la fuente que alimentaba la Nava (llanura al pie de las montañas), dando así el nombre al pueblo según la tradición.

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Pilón de Jaramala, junto al arroyo Albalá

Durante la Edad Media perteneció al término de Bustarviejo, y éste al Sexmo de Lozoya (Segovia), el cual estaba rodeado de posesiones del Duque del Infantado, como el Señorío de Buitrago y el Real de Manzanares así como posesiones del Arzobispo de Toledo, como Uceda y Torrelaguna. Como parte del término del Sexmo de Lozoya, su dependencia última radica en la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia, entidad exenta de obligaciones feudales y cuyas distintas contribuciones se realizaban directamente al Rey.
Felipe II inició una política de concesión de exenciones a muchos lugares, respecto a sus ciudades o villas, a cambio de fuertes sumas de dinero. Este proceder fue protestado por los representantes de las ciudades en las corte de 1563 sin ningún resultado. Bustarviejo, con sus anejos Navalafuente y Valdemanco, se acogió a esta norma, debiendo en 1626 una cantidad de 442.500 maravedies y quedando recogida en 1650 mediante privilegio Real la exención perpetua de Bustarviejo de la jurisdicción de Segovia. Esta independencia perjudicó a Bustarviejo, al perder poder e influencia sobre Valdemanco y Navalafuente y dentro de esta dinámica, en 1734, Navalafuente obtuvo el rango de villa independiente de Bustarviejo, villa a la que había estado ligada su historia.
A comienzos del siglo XIX, una nueva estructura administrativa del Estado acabará con la organización tradicional basada en “tierras”, introduciéndose en 1833 la división provincial, que no tendrá en cuenta estos valores. De esta manera, que incluso tras independizarse de Bustarviejo seguía perteneciendo a Segovia, Navalafuente pasa a formar parte de la provincia de Madrid.
En este momento la principal ocupación de la población es agropecuaria, con la producción de trigo, cebada, centeno y legumbres, manteniéndose el ganado lanar y vacuno. Un molino harinero, junto con la fabricación de pan y vino, son la única actividad industrial existente. También hay que destacar la existencia de varias canteras de cal en su término municipal.
La evolución de la población en Navalafuente apenas sufre variaciones reseñables en este periodo de su historia. Durante la primera mitad del siglo XX hubo un ligero crecimiento demográfico que se estabiliza Durante los años 50 y 60 se produce una fuerte caída de la población debido a la emigración del campo a la ciudad y el envejecimiento de la población ocasionando el abandono de las actividades agrícolas y ganaderas.
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Ayuntamiento

En la actualidad apenas se cultivan cereales, aunque si algunos productos de regadío, como patatas y alfalfa. Además de la ganadería, las siguientes actividades económica en importancia es la construcción y la cantería, favorecidas por el crecimiento de las urbanizaciones consecuencia del fenómeno de la segunda residencia. El deseo de escapar a la sierra de muchos madrileños, impulsa una nueva economía de turismo y servicios, con un progresivo crecimiento de la población.
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Cantera de granito

Flora

En Navalafuente nos encontramos una notable variedad vegetal. En la zona norte del municipio, donde el terreno presenta mayor inclinación al encontrarse al pie de las montañas, se desarrollan los enebrales de enebro de la miera presentes en el cerro de la Mesa. El enebro es principalmente una especie acompañante en formaciones boscosas de otros árboles, fundamentalmente en encinares, pero en determinadas circunstancias puede llegar a formar verdaderos bosquetes en los que son la especie dominante, como sucede en Navalafuente.

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Enebro

 

Los principales factores que favorecen el desarrollo de los enebrales son: La eliminación de la encina por tala y sobrepastoreo. Y la adaptación del enebro a suelos pobres donde no pueden crecer especies más exigentes a este respecto como la encina, el rebollo, o el quejigo. En estos enebrales aparecen matorrales de pequeño o mediano porte, como la jara pringosa, cantueso, romero o tomillos.

Otra de las formaciones vegetales muy presentes en Navalafuente es el encinar. Una importante superficie de la mitad meridional del municipio se encuentra poblada por la encina o carrasca. El intenso uso antrópico que ha recibido esta especie ha propiciado una gran variedad de ambientes cuyo denominador común es esta quercínea (dehesas, bosquetes, formaciones de matorral…). Junto a la encina aparecen jaras, retamas, cantuesos, tomillos, torviscos, gamones, entre otras especies, que durante la primavera, cuando florecen, tiñen de variados colores el paisaje.
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Encinar

El aprovechamiento ganadero que se realizada en el pueblo, desde tiempos inmemoriales, se lleva a cabo principalmente en fincas privadas, de pequeño o mediano tamaño, delimitadas por cercas de piedra. En estas zonas donde los pastizales son el hábitat principal, los árboles se desarrollan junto a estos cercados, dado lugar a un paisaje característico. Una de las especies típicas que aparecen en estos linderos es el fresno. Además, se pueden encontrar zarzas, rosales silvestres, endrinos, majuelos, etc.
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Praderas y fresnos

Los cursos de agua que discurren por el municipio, y especialmente el arroyo Gargüera, introducen unas condiciones ambientales que permiten la aparición de especies ligadas a suelos con mayor humedad típicos de los bosques de ribera, como sauces, chopos, alisos, etc. Los alisos presentan la peculiaridad de ser capaces de fijar nitrógeno atmosférico gracias a una asociación simbiótica como bacterias.
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Bosque de ribera, arroyo Gargüera

Fauna

La proximidad de la Sierra y la actividad humana condicionan la fauna de Navalafuente. Esta última ha propiciado la desaparición de las especies más sensibles a la presencia del hombre, así como de las más perseguidas por su interacción con los intereses de la población local, caso del Lobo ibérico o el Oso pardo, cuyos últimos ejemplares se extinguieron en siglos pasados. Aún así, el municipio alberga una notable variedad faunística. Entre los mamíferos destacan: el Jabalí, el Zorro y la Gineta, aunque pueden encontrarse muchos otros, como el Corzo, el Tejón, la Garduña, el conejo, la Liebre, así como distintos roedores (Ratones, Lirones caretos, Topillos, etc.) e insectívoros (erizos, musarañas, murciélagos, etc.). La mayoría de estas especies desarrollan su actividad principalmente en el crepúsculo y por la noche, por lo que resulta difícil su observación.

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Liebre

Sin embargo, es sencillo descubrir la rica avifauna que alberga Navalafuente. La diversidad paisajística del municipio proporciona hábitat adecuados a multitud de especies. En las formaciones de encinar es fácil toparse con los ruidosos y coloridos Rabilargos, las corpulentas Palomas torcaces o la vistosa Abubilla. En los sotos y riberas de los arroyos podremos ver a los nerviosos Mitos, a los melodiosos Ruiseñores o pequeños Chochines, aunque estos dos últimos resultará más sencillo escucharlos que verlos, pues siempre se mueven por lo más espeso de la vegetación. Mientras en las fresnedas no será raro contemplar Pinzones vulgares, inquietos Carboneros y Herrerillos comunes y con más fortuna, algún Pito real o alguna Oropéndola con su espectacular plumaje. Los lugares menos arbolados también albergan sus aves características como el Triguero, la Tarabilla común o el Escribano montesino. Incluso en el interior del pueblo podremos observar aves ligadas a medios humanizados como la Cigüeña blanca, que cría en la iglesia, las Golondrinas o los Vencejos.
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Nido de Rabilargos en una encina

Además de aves y mamíferos, Navalafuente presenta gran variedad de anfibios y reptiles, tales como los Sapos corredor y común, la Rana común, la Lagartija ibérica, la Lagartija colilarga o el Lagarto ocelado. Cabe mencionar también que dentro de los invertebrados la variedad se multiplica, destacando por su vistosidad y colorido las mariposas, que alegran los campos con los vuelos durante los meses cálidos del año.
Iglesia parroquial de San Bartolomé

La Iglesia de San Bartolomé, situada en el extremo nororiental del pueblo, tiene su origen en el S. XV, aunque actualmente solo se conserva su forma original en el ábside, lugar del altar mayor y capilla lateral con bóveda de crucería gótica. Consta de una sola nave con ábside semicircular y capilla al lado del Evangelio. En el acceso principal presenta un arco de medio punto con dovelas de sillares de granito, bajo el pórtico cerrado con seis arcos de medio punto de mampostería y enlucidos.

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Iglesia Parroquial de San Bartolomé

Se conservan restos de los siglos XV y XVI, destacando la bóveda de crucería de la capilla y siendo el resto del edificio fruto de sucesivos arreglos y ampliaciones. El exterior es de mampostería enlucida en la fachada sur, que es la principal, siendo de mampostería vista el ábside y la fachada norte, así como la espadaña, del siglo XVI. La fachada de la capilla del Evangelio, del s. XVI, es de sillares de granito, y se remata a la altura de la cubierta con una de imposta de bolas. En 1944, durante unas reformas, se comprobó la existencia de pintura mural gótica, ya deteriorada en el ábside; y al menos diez lápidas de enterramiento también góticas  dentro de la propia Iglesia.

Potro de Herrar

Este potro es una construcción de piedra y madera, formada por cuatro pilares que se encuentran unidos entre sí por palos de madera. Al animal se le colocaba dentro del potro, con las patas dobladas, se las ataban a los pilares de piedra y la cabeza la sujetaban con un yugo, para que así se moviera lo menos posible y no sufriera lesiones. Normalmente eran los bueyes, vacas, caballos los que eran herrados por sus dueños cada vez que era necesario.

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Potro de herrar

 

 

Navalafuente o La Nava de la Fuente

Necrópolis medieval de Sieteiglesias

Este conjunto arqueológico está situado sobre un promontorio rocoso, junto a la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, en el núcleo urbano de Sieteiglesias, Madrid.
Dicha necrópolis medieval es uno de los restos arqueológicos más antiguos encontrados en el término municipal de Lozoyuela-Las Navas-Sieteiglesias. Está datada entre los siglos IX y XI, y su utilización pudo muy bien perdurar hasta bien entrada la Edad Media. Se localiza en una zona de afloramientos graníticos, denominado el Berrocal de la Iglesia, junto a la ruta del Jarama, importante vía de comunicaciones en la Alta Edad Media que unía Talamanca del Jarama con Buitrago de Lozoya para acceder a los pasos de Somosierra que dan paso a la llanura segoviana.

 

La necrópolis incluye dos tipos de tumbas: tumbas rupestres (cavidades antropomorfas excavadas en roca) y tumbas de cista. Las tumbas rupestres son un tipo de inhumación en fosa excavada directamente en roca, de forma ovalada o de bañera (fusiforme), y algunas veces con la silueta de la cabeza y el cuerpo del difunto, con la forma tallada de los hombros y rebaje para la cabeza (se denominan “olerdolanas”). Las tumbas de cista consisten en una caja delimitada en el suelo por la presencia de lajas de piedra clavadas alrededor de la fosa. Una laja de mayor tamaño cubre la inhumación. Es posible que este tipo de enterramiento sea característico de las comunidades cristianas de la zona como es el caso de la Necrópolis denominada “Tumba del Moro” situada en La Cabrera.

Aunque en origen los primeros cristianos comenzaron enterrándose en el interior de las Iglesias, poco a poco se van habilitando espacios exteriores a éstas como áreas cementeriales. En este caso de Sieteiglesias, y como era habitual durante la Alta y la Plena Edad Media, se aprovechó un gran roquedal para practicar directamente en él las sepulturas. Aunque en esta Necrópolis, además de las tumbas rupestres se realizaron también tumbas de cista con lajas de piedra, como se hacía también en siglos anteriores.

 

La Iglesia de San Pedro Apóstol se ubica sobre un impresionante roquedal lo que acentúa su majestuoso porte. Data del siglo XVII aunque hay estudios que apuntan a que fue construida sobre una edificación anterior. Como consecuencia de la Guerra Civil sufrió graves daños, por lo que fue reconstruida posteriormente.

 


La Iglesia es de mampostería con sillares para reforzar algunos de sus elementos. Presenta unas líneas arquitectónicas sencillas y sobrias. Tiene una sola nave rectangular con un arco triunfal que marca el comienzo del prebisterio que está elevado respecto a la nave y con un coro a los pies. El pórtico de acceso (presenta dos columnas clásicas) y la sacristía se adosan al muro de la epístola.

 

 

El Convento de San Antonio y San Julián

El Convento de San Antonio, originalmente denominado Convento de San Julián, está situado en el municipio madrileño de La Cabrera, en la parte septentrional de la Comunidad de Madrid.

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Sierra de La Cabrera

El templo se encuentra a unos 60 km de la capital y a escasos dos kilómetros del casco urbano de La Cabrera. Está enclavado en un bello escenario granítico, a unos 1.190 metros de altitud, en la ladera sur del Cancho Gordo, la cumbre más alta y más occidental de la Sierra que da nombre al pueblo, con una cota de 1.564 metros.

Se trata de una construcción de estilo románico, siendo una de las más valiosas del patrimonio medieval madrileño. Lo más probable es que date del final del siglo XI o de la primera mitad del siglo XII, incluso otras teorías apuntan a un origen anterior.

Su historia está llena de conjeturas y misterio, pues no existen datos documentales sobre su fundación. La hipótesis más aceptada es que el rey castellano Alfonso VI (1040-1109), coincidiendo con sus planes militares de atravesar el fronterizo Sistema Central para la conquista de Toledo (1085) en manos del poder andalusí, fomentase la ubicación de un pequeño cenobio benedictino-cluniacense bajo la advocación de San Julián en esta parte de la sierra madrileña. También es posible que fuera construido en la primera mitad del siglo XII, aunque siguiendo modelos anteriores al primer románico, pues la obra del Convento está sujeto a las reglas y convenciones del arte Románico de este siglo.

Según otras teorías, puede tratarse de una construcción románico-visigótica. La existencia de restos arqueológicos de origen visigodo en sus proximidades, lleva a pensar que pudo ser levantado sobre un primitivo templo prerrománico. La proximidad del Convento a la necrópolis paleocristiana conocida como “Tumba del Moro”, así como los restos del castro celta de origen carpetano, y posteriormente ocupado por los visigodos en el Cerro de La Cabeza, así lo atestiguan.

El Convento se consagró en un primer momento a San Julián, y estuvo regentado por la orden benedictina hasta los primeros años del siglo XV. En 1404, el Convento pasó a manos de los franciscanos, quedando bajo la advocación de San Antonio de Padua. En esta época (siglos XV-XVII) la construcción fue reformada en varias ocasiones, los franciscanos lo toman en sus laboriosas y eficaces manos, lo encumbran y lo llevan a su máximo esplendor, es entonces cuando el Convento conoce sus días de gloria. Alcanzó gran relevancia durante estos siglos estando ligado a personajes de gran relevancia histórica como los Mendoza. El Marqués de Santillana y el Cardenal Cisneros lo utilizaron para hospedarse en diversas ocasiones y durante algún tiempo sirvió de prisión clerical.

A principios del siglo XIX, con la invasión napoleónica, las tropas francesas ocupan el convento, siendo convertido en cuartel de los destacamentos franceses de la zona. Los franciscanos lo abandonan y no regresan hasta 1812. Permaneciendo de nuevo en el Convento hasta el 1835, momento en el que el edificio queda en poder del Estado para ser vendido despues como consecuencia de la “Desamortización de Mendizábal” y los franciscanos son exclaustrados y lo abandonan de nuevo.

Posteriormente pasará por distinguidos propietarios privados. Los descendientes del gran pintor Francisco de Goya (1746-1828) lo compran y se hacen con el viejo edificio. Ya en el siglo XX, el afamado médico Carlos Jiménez Díaz (1898-1967) se enamora del inmueble, ya que el emplazamiento es envidiable, lo adquiere y lo restaura adecuándolo para su uso y disfrute residencial, dotándolo de fuentes, estanques y jardines. Tras su muerte, el convento quedó en el más absoluto abandono y fue objeto de numerosos actos de rapiña y expolio.

La Comunidad de Madrid procedió a su restauración y consolidación entre 1987 y 1993. Desde el año 2004, pertenece a los Misioneros Identes (una hermandad de origen italiano), que además de su propia actividad religiosa, promueven la celebración de actividades culturales y sociales. Como curiosidad, señalar que el fundador de esta orden (Fernando Rielo), se inventó el término “identes” basándose en las palabras del propio Jesús, cuando exhorta a sus discípulos “id por todo el mundo y predicad el evangelio”.

El convento está construido en mampostería de granito. Desde el punto de vista artístico su elemento arquitectónico más importante es la iglesia de estilo románico, que destaca por la singularidad de su estructura arquitectónica, si se tienen en cuenta las pautas de estilo imperantes en el románico de los siglos XI y XII, generalmente con sencillos templos de una sola nave. A pesar de sus reducidas dimensiones, la iglesia presenta una estructura de cierta complejidad, con tres naves, crucero y cabecera de cinco ábsides escalonados de planta semicircular y diferente altura. Los tres centrales se corresponden con la prolongación natural de las naves, mientras que los dos laterales se abren en los extremos de los brazos del crucero.

En el interior los elementos de apoyo de arcos triunfales y arcos de entrada al crucero son pilares cruciformes, mientras que los de prolongación de las naves son cuatro columnas de fuste cilíndrico y sencillos capiteles que podrían pertenecer a reformas o reconstrucciones ya del siglo XV. Las bóvedas son de medio cañón en el caso de las naves, y de cuarto de esfera en los ábsides. Todos los arcos presentan perfil de medio punto.

Los ábsides son de planta semicircular y tienen diferentes alturas, distribuyéndose simétrica y escalonadamente. Los tres centrales se sitúan, a modo de prolongación, en la cabecera de cada una de las naves, mientras que los dos laterales se corresponden con los extremos de los brazos del crucero. Están formados por bóvedas de cuarto de esfera y arcos de medio punto. La existencia de cinco ábsides y, en consecuencia, de cinco altares hace pensar que en el lugar se celebraban varias misas en el mismo día. En la Edad Media se estableció la prohibición litúrgica de no poderse celebrar más de una misa por altar en el mismo día. De ahí 5 ábsides con 5 altares para poder celebrar hasta 5 misas cada día.

Las naves están integradas por bóvedas de medio cañón y arcos de medio punto, sostenidos por diferentes sistemas de apoyo. Los arcos del crucero y los triunfales se alzan sobre pilares cruciformes; y los restantes sobre columnas cilíndricas, con capiteles.

La sencillez y la desnudez decorativa es otra de las características del templo, que carece casi por completo de motivos escultóricos, tanto en el exterior como en el interior. Sólo cabe hablar de la presencia de varios escudos en los cerramientos oeste y sur realizados durante las reformas de los siglos XV y XVI, alusivos a la orden franciscana y al ducado del Infantado, al que estuvo adscrito La Cabrera.

A estas reformas también corresponden la arquería conservada del claustro y el cuerpo bajo de la torre, que es cuadrada y fechable a partir del siglo XV. Es probable que la parte superior de ésta sea posterior, posiblemente del siglo XVIII.