Una leyenda, una fuente y Santa María Egipcíaca

Según cuenta la leyenda desde la baja edad media, en la falda de la sierra de La Cabrera había una cueva donde se retiró una mujer imitando a Santa María Egipcíaca. Santa María Egipcíaca o María de Egipto era una prostituta que se arrepiente de su vida y se retira al desierto de Egipto como eremita para hacer penitencia por sus pecados, de ahí viene el apelativo de Egipcíaca. Esta santa parece que vivió entre los siglos IV y V, pero se su historia se extendió en el S. XIII gracias a la poesía castellana.

Vista de la sierra desde el lugar donde se encuentra la fuente de Santa María

Tras la muerte de esta mujer, en el centro de la cueva brotó un manantial de agua limpia y fresca. Un día un pastor que recorría la zona con su ganado entró a beber a la fuente y se encontró junto a ella la imagen de una virgen de no más de 15 centímetros de tamaño, y avisó a los monjes del monasterio de su hallazgo. Pues bien, un grupo de monjes con el abad a la cabeza fueron hasta la cueva a recoger la imagen y llevarla solemnemente hasta su nueva morada. Pero inevitablemente, cada vez que llegaban al umbral de la puerta de entrada al edificio, la imagen desaparecía, y era de nuevo encontrada en la cueva, junto a la fuente. Atada a las mangas de sus hábitos, los monjes volvieron a recorrer el camino, creyendo que esta vez la imagen entraría con ellos en San Antonio, pero de nuevo al llegar al atrio, la virgen volvió a desaparecer y a ser encontrada de nuevo en la cueva. Ante esa insistencia el abad reconoció que la imagen no quería abandonar el lugar, y allí mismo, en el exterior, junto a la entrada a la oquedad rocosa le fue levantada una ermita, que desgraciadamente, y como tantas otras ha desaparecido totalmente.

Bancales o terrazas correspondientes a la antigua huerta

En un terreno con restos de pequeñas terrazas de cultivo, a los pies del Pico de la Miel nos encontramos una buena tierra de huerta y frutales que aún se trabajaba hasta hace unos treinta años. Producía fruta muy apreciada en la comarca. Se conserva, en la zona alta de la finca, una fuente, antes tapada por zarzales. La fuente da un agua fresca y limpia durante todo el año y los lugareños la llaman la fuente de Santa María. Se ha transmitido de boca en boca que allí antiguamente había un pequeño monasterio o convento de mujeres, que desapareció. Parece ser, que ahí se encontraba el eremitorio de Santa María Egipcíaca.

Antiguo estanque desde donde se almacenaba el agua para regar la huerta

Lo que dice la historia

Desde tiempos prehistóricos la sierra de La Cabrera ha estado habitada por el hombre. Hay vestigios que así lo corroboran, como son los restos protoceltas ubicados en el cancho gordo, o como los restos del castro celta situado en el cerro de La Cabeza, asentamiento que fue ocupado posteriormente por los visigodos, a lo que habría que añadir el yacimiento de la necrópolis paleocristiana de la Tumba del Moro, de origen también visigodo y situado junto a la carretera que une La Cabrera con Valdemanco, en la parte sureste del citado cerro de La Cabeza.
Parece ser que en tiempos del rey Alfonso VI, a finales del siglo XI, para poblar los nuevos territorios conquistados por la cristiandad impulsó la creación de monasterios benedictinos, pero también se cree que los cristianos de origen visigodo que vivían en Al-Andalus emigraban a los territorios recién conquistados en el norte. Pudo ser que de esta manera surgiera el pequeño eremitorio de San Julián (actual convento de San Antonio) y posteriormente el de Santa María Egipcíaca dependiente de este.
Hasta el momento actual, el documento escrito más antiguo conocido que hace referencia al eremitorio de Santa María Egipcíaca es el Libro de las Monterías de Alfonso XI, rey de Castilla y León, escrito hacia 1340. En él se describen las cacerías de este rey buscando osos y jabalíes por estas tierras. En dicho escrito se mencionan, este eremitorio de Santa María y el eremitorio de San Julián, actual Convento de San Antonio.
También figura cuando el Papa Benedicto XIII autorizó a los franciscanos en 1413 a utilizar los eremitorios de San Julián y Santa María Egipcíaca en La Cabrera. Con la llegada de los franciscanos en los primeros años del siglo XV a lo que era el eremitorio de San Julián, se convierte en el convento de San Antonio. Los franciscanos toman también como anexo al mismo, el eremitorio de Santa María Egipcíaca, y es de suponer que un camino unía ambos en esa pequeña distancia de kilómetro y medio. Los dos tenían huerta en bancales y fuente propia, la del “Duque del infantado” en el convento, y la de “Santa María” en el eremitorio egipciano; las dos con arcos de granito de medio punto. A mediados del siglo XV, en razón de nuevas reformas en la orden, los franciscanos dejan el eremitorio de Santa María Egipciana, que pasa a depender de la diócesis de Toledo y concretamente de la parroquia de la Cabrera. Con ello se convierte en ermita del pueblo, y en lugar de peregrinaciones y romerías de algunos otros pueblo cercanos, especialmente de Sieteiglesias y Redueña.
En el año 1647, el visitador eclesiástico de Toledo, al informar de La Cabrera dice que visitó la ermita de Santa María Egipcíaca, “que está a un cuarto de legua de este lugar, de mucha devoción, tiene una huerta, y junto a ella hay una casa donde vive el ermitaño, que al presente es el hermano Alvear, hombre de buena vida, y la ermita está bien adornada”. Y en la visita eclesiástica de 1.657-58 se dice: “se visitó la ermita de Santa María Egipcíaca, es ermita de mucha devoción, y el ermitaño de ella se llama José de la Cruz, hombre virtuoso y de buena vida según los informes que tuvo del cura y de otros vecinos del lugar”.
Casi un siglo después (1.749), el catastro Ensenada dice que La Cabrera tiene 50 vecinos, y que no hay casa de campo alguna en el pueblo, sino solo la ermita de Santa María Egipcíaca con casa para el ermitaño. Y en el Libro de Eclesiásticos del mismo catastro, al tratar de los bienes que pertenecían a esta ermita, se nombra “una casa propia de la santa imagen, una huerta de una fanega, de buena calidad y de regadío, con diez árboles frutales, que linda por poniente con dicha ermita, y por los demás aires con el cerro del pico de la miel, paga el ermitaño por ella y la casa cien reales en tres años”.
Se cree que la ermita fue destruida a principios del siglo XIX coincidiendo con la invasión de las tropas francesas de Napoleón. En esta época también los franciscanos abandonaron el convento de San Antonio.
En 1.964, el historiador e investigador Matías Fernández visitó el lugar donde estuvo la ermita de Santa María Egipcíaca y dejó el siguiente testimonio:
“Hoy llaman a este lugar Fuente de Santa María, por la existencia de una fuente que, sin duda, abastecía de agua a los ermitaños y se empleaba para regar la huerta. La citada fuente está construida de piedra de sillería con arco de medio punto, con pilón y parece de alguna antigüedad.”

Fuente de Santa María y canalización para llevar el agua al estanque

Quien era María de Egipto?

María de Egipto o Santa María Egipcíaca (344 – 421 o 422 d.c.) era una asceta que se retiró al desierto tras una vida de prostitución. Es venerada como patrona de las mujeres penitentes, muy especialmente en la Iglesia copta, pero también en las Iglesias: católica, ortodoxa y anglicana.

La principal fuente de información sobre Santa María de Egipto es la Vita escrita por Sofronio, Patriarca de Jerusalén (634 – 638). Santa María nació en algún lugar de Egipto, y a los doce años se escapó a la ciudad de Alejandría, donde vivió una vida disoluta. Muchos escritos se refieren a ella como una prostituta durante este período, pero, en su Vita se afirma que se negó a menudo a aceptar el dinero ofrecido por sus favores sexuales. Fue, según la hagiografía, impulsada por «un deseo insaciable y una irrefrenable pasión». En la misma línea, la Vita expone que vivía principalmente de la mendicidad, trabajando en el hilado de lino.

Después de diecisiete años viviendo este estilo de vida, viajó a Jerusalén para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Emprendió el viaje como una especie de “anti-peregrinación”, afirmando que esperaba encontrar en la multitud de peregrinos aún más socios en su lujuria. Consiguió el dinero para su viaje ofreciendo favores sexuales a otros peregrinos, y continuó su habitual estilo de vida por un corto tiempo en Jerusalén.

Su Vita relata que, cuando intentaba entrar en la Iglesia del Santo Sepulcro para la celebración, una fuerza invisible le impidió hacerlo. Consciente de que este extraño fenómeno era a causa de su impureza, sintió un fuerte remordimiento y, al ver un icono de la Theotokos fuera de la iglesia, rezó implorando perdón y prometió renunciar al mundo (es decir, convertirse en una asceta).

Más tarde intentó de nuevo entrar en la iglesia, y esta vez se le permitió. Después de venerar la reliquia de la cruz, regresó al icono para darle las gracias, y escuchó una voz diciéndole, “Si cruzas el Jordán, encontrarás un glorioso descanso”. De inmediato fue al monasterio de San Juan Bautista en la ribera del río Jordán, donde recibió la comunión.

A la mañana siguiente cruzó el Jordán y se retiró al desierto a vivir el resto de su vida como una ermitaña. Según la leyenda, llevó para sí sólo tres panes (símbolo de la eucaristía), y vivió de lo que podría encontrar en la naturaleza.

Aproximadamente un año antes de su muerte, después de 47 años en soledad, le contó su vida a San Zósimo de Palestina, que se había encontrado con ella en el desierto. Cuando conoció inesperadamente a la mujer en el desierto, ésta estaba completamente desnuda y casi irreconocible como humana. Pidió a Zosimo tirar su manto para cubrirse con él, y después le narró la historia de su vida, manifestando una maravillosa clarividencia.

Quedaron en encontrarse de nuevo en el Jordán el Jueves Santo del año siguiente, y llevarle la comunión. Al año siguiente, viajó Zósimo al mismo lugar donde se reunió por primera vez con ella, a una veintena de días de viaje desde su monasterio, y allí la encontró muerta. De acuerdo con una inscripción escrita en la arena al lado de la cabeza, había muerto en la misma noche que le dio la comunión y de alguna manera había sido milagrosamente transportada al lugar donde la encontraron, y su cuerpo se preservó incorrupto. Zósimo, de nuevo según la leyenda, enterró su cuerpo con la ayuda de un león del desierto. A su regreso al monasterio, relató la historia de María a los hermanos, y entre ellos se conservó como tradición oral hasta que fue escrita por San Sofronio.

En la iconografía clásica, Santa María de Egipto es representada como una anciana canosa muy bronceada tras largos años en el desierto, bien desnuda o cubierta por el manto que pidió prestado a Zósimo. Se la representa a menudo con los tres panes que compró antes de emprender su viaje al desierto.

Hay una capilla dedicada a ella en la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén, que conmemora el momento de su conversión.

En el entorno de órdenes religiosas inspiradas en María de Egipto comenzaron a construirse en España desde el siglo XIV diversos «establecimientos o casas» denominadas genéricamente de Egipcíacas. (En 1372 se funda una casa de Egipcíacas en Barcelona). En España se denomina indistintamente como Arrepentidas, Recogidas o Egipcíacas para referirse a aquellas mujeres que abandonaban el ejercicio público de la prostitución, ergo antes de la conversión denominadas «mujeres públicas».

Roblellano en otoño, La dehesa I

Roblellano es una pequeña dehesa comunal perteneciente al término municipal de La Cabrera. Limita al este con el pueblo, al norte con la sierra homónima, al oeste con el cancho de la Cabeza y al sur con la carretera de Valdemanco.

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Se trata de una superficie más o menos plana con forma de cuadrilátero, regada por el arroyo de Huertavieja que la atraviesa de norte a sur, cuyos valores naturales y paisajísticos han perdurado a lo largo del tiempo.

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Arroyo de Huertavieja

La dehesa está cubierta en sus cotas más altas por espectaculares canchos berroqueños, como es el cancho de los Chiviles, desde donde se puede observar toda la dehesa.

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Está tapizada por un bosque en sus cotas intermedias donde predominan los robles, pero es fácil encontrar también arces de Montpellier, enebros, encinas y fresnos, que dan un colorido especial en otoño.

En su cotas más bajas está cubierto por praderas herbáceas que se llenan de una gran variedad de flores en primavera, Estas praderas  están salpicadas de pequeñas lagunas espejeantes, como son las lagunas de la Mata Torejo, que mantienen el agua salvo en los meses de verano.

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Laguna de Mata Torejo

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Atardecer en la Laguna de Mata Torejo

Por si todo esto no fuera poco, la dehesa está custodiada bajo la atenta mirada del viejo convento franciscano de San Antonio y San Julián situado en la ladera sur del Cancho Gordo.

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Desde esta dehesa se observan a la perfección las formaciones graníticas que abundan en la sierra, imponentes macizos redondeados que se alzan sobre el colorido tapiz vegetal de sus empinadas laderas formado por jaras pringosas, retamas, cantuesos, robles melojos, encinas y enebros comunes.

Es habitual avistar distintas aves sobrevolando estas formaciones rocosas, como lo hace el buitre leonado. También son muy habituales los ejemplares de milano real, azor común, codorniz común, zorzal real, carbonero común y bisbita campestre. En primavera y otoño, las lluvias forman pequeñas lagunas en las que se concentran gran cantidad de seres vivos. Además, es común cruzarse con corzos, jabalíes, conejos, liebres y pequeños reptiles como lagartijas colilargas.

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Dehesa es un bosque formado por encinas, alcornoques, robles u otras especies, con estrato inferior de pastizales o matorrales, donde la actividad del ser humano ha sido intensa en prácticamente la totalidad del bosque y generalmente están destinados al mantenimiento del ganado, a la actividad cinegética y al aprovechamiento de otros productos forestales (leñas, corcho, setas, etc.).

Es un ejemplo típico de sistema agrosilvopastoral y típico de la zona occidental de la península ibérica.

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El término dehesa viene del latín defesa (defensa), pues los primeros pobladores en la reconquista hacían vallados para proteger los rebaños alojados en ellas. Se trata de un ecosistema derivado de la actividad humana a partir del bosque de encinas, alcornoques, etc. Es la consecuencia de conquistar al bosque terrenos para destinarlos a pastizales. Pasa por una fase inicial en la que se aclara el bosque denso para pasar a una segunda fase de control de la vegetación leñosa y la estabilización de los pastizales.

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Abrevadero para el ganado

El término de dehesa aparece en la Edad Media, probablemente entre los siglos X y XII, utilizado para designar aquellos terrenos protegidos del pastoreo del ganado trashumante y destinados al descanso y pastoreo del ganado de los asentamientos humanos o de los señores feudales. Sin embargo, la mayor parte de las dehesas arboladas actuales fueron creadas entre los siglos XIX y XX a partir del aclarado del bosque mediterráneo o de dehesas previamente abandonadas para cubrir las necesidades alimenticias humanas en un medio con recursos estacionales y escasos.

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En la actualidad, la dehesa es un sistema de uso múltiple del territorio originado por el hombre, fruto de la experiencia y del conocimiento local. Mediante el aclarado del bosque mediterráneo, el control del matorral y el fomento de un estrato herbáceo diverso se ha conseguido armonizar en un frágil equilibrio, el aprovechamiento agrícola, ganadero y forestal en un medio con suelos poco fértiles, no aptos para una agricultura permanente, y un clima de marcada estacionalidad, con periodos críticos para plantas y animales. Dentro de este escenario difícil, la dehesa ha supuesto históricamente una solución de compromiso entre producción y conservación, cubriendo las necesidades humanas al mismo tiempo que se genera biodiversidad y otros muchos servicios ecosistémicos.

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Reflejos de la sierra en una pilancona

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