Patones en la niebla y el Rey de los Gatos.

Si vas a conocer Patones atraído por la curiosa leyenda de su “monarquía Patónica”, puedes hacerlo de dos formas: En fin de semana, con lo que te encontrarás el pueblo lleno de turistas disfrutando de su peculiar encanto, bien paseando por sus calles de pizarra o llenando sus pintorescos restaurantes. Pero también puedes hacerlo en días de diario, pasada la medianoche o muy temprano. En estos últimos casos podrás disfrutar de una paz y de una tranquilidad que no encontrarás en ningún otro sitio. Podrás observar que sólo los gatos te hacen compañía, es en esos momentos de soledad cuando la magia de Patones se puede masticar. Algunos incluso llaman a este pueblo Gatones.

Os dejo unas fotos de una invernal mañana de niebla. Y para los que quieran leer, al final dejo algunos apuntes históricos de los gatos con alguna curiosa leyenda, espero que os guste. MIAU, MIAU!!

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Cuando desaparecen los turistas, los gatos son los verdaderos protagonistas en Patones, esos animales tan misteriosos, que van y vienen a su gusto, que ni siquiera su dueño puede saber con seguridad donde han estado, ni a donde piensan ir, ni mucho menos qué ideas pasan por su pequeña cabeza, haciendo que el propietario dependa de su mascota y no al revés.

La tradición les ha asociado al hombre desde la noche de los tiempos. Cuenta la leyenda que Noé tenía serios problemas en el arca, la pareja inicial de ratones proliferaron de tal manera que llegó a poner en riesgo la misión de preservar las distintas especies, ya que además de la molestia que suponían para el resto del pasaje, estaban acabando con los alimentos que llevaba a bordo para el resto de los animales. Según cuenta dicha leyenda, Noé recurrió a un león para que le ayudase a terminar con los roedores pidiéndole consejo. El gran felino meditó la respuesta y concentrando todas sus fuerzas, suspiró profundamente, arqueó la espalda y estornudó con un gran estruendo, expulsando por la nariz una pareja de gatos. Inmediatamente, los pequeños felinos iniciaron su obra destructora sin que nadie les diera el aviso, exterminando a todos los ratones que había en la nave, salvo una pareja que Noé capturó y encerró para perpetuar la especie. Según dice esa leyenda, desde ese instante el gato se mostró engreído, altivo y arrogante, y como castigo Noé los ató al puente del arca cuando más arreciaba la tormenta. A consecuencia de este castigo, viene el terror que la mayoría de los gatos sienten por el agua.

También se asociaron con entidades divinas durante la civilización de los faraones. Era el animal sagrado de la diosa Bastet, una de las divinidades más veneradas  del antiguo Egipto. Se promulgaban leyes prohibiendo la exportación de gatos. Producir la muerte de uno de estos animales se consideraba un grave delito, aunque fuera de forma accidental, y el culpable era condenado a muerte. Cuando algún gato familiar moría, todos los miembros del clan se ponían de luto e incluso se afeitaban las cejas como signo de dolor. Las familias acomodadas incluso momificaban al animal. Se descubrió en Egipto un antiguo cementerio de gatos en el que descansaban para la eternidad más de 170.000 gatos. Otra curiosidad es que en caso de catástrofes el gato era lo primero de toda la casa que se ponía a salvo.

Posteriormente, en la época de los romanos gozaron también de justa fama ya que para ellos simbolizaban la victoria y los llevaban con sus legiones. En el siglo V desembarcaron en los Países Bajos y de ahí se extendieron por toda Europa y ayudaron a acabar con los ratones.

Todo iba de maravilla para los gatos, pero en la Edad Media vivieron tiempos complicados, tiempos de persecución. El motivo fue religioso también, se pensaba que eran la reencarnación del demonio y pasaron de ser queridos a ser perseguidos. La simple posesión de uno servía para acusar a una persona de bruja o de ejercer la brujería. Esta persecución fue especialmente grave en Inglaterra, Alemania y Francia, lugares en los que el día de Todos los Santos se comenzaban los festejos quemando en la plaza pública cestos llenos de gatos vivos, esta costumbre fue abolida por tortura allá por 1648. Debido a esta persecución los grandes «beneficiados» fueron los ratones y las ratas de cloaca. Ante la ausencia de gatos, estos roedores crecieron y se multiplicaron produciendo todo tipo de enfermedades y epidemias que asolaron la población europea de la época.

Napoleón, que aunque no le gustaban los gatos, se vio obligado a estimular la cría de estos felinos con el objetivo de acabar con la plaga de roedores. Por último, en la época de Pasteur, cabe destacar el descubrimiento de los microbios. Estos se manifestaban en la suciedad y en la porquería, y los animales que estaban próximos al hombre podrían contaminar al ser humano. Pero el gato pasa el día lamiéndose, limpiándose y acicalándose, por ello pasó de ser sospechoso a ser el único animal limpio, el único que no podía transmitir microbios.

Como apostilla, decir que en cierta ocasión Mark Twain dijo, «Si se pudiera cruzar al hombre con el gato, sería una gran mejoría para el hombre».

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La leyenda del Rey de los Gatos

Actualmente existe una inquietante sospecha acerca de nuestros amigos felinos a la cual dan forma varias leyendas y narraciones populares, se dice que llevan una vida secreta, que entre los gatos existe una estructura social compleja y análoga a la nuestra, acerca de la cual no sabemos nada porque ellos la mantienen oculta. Varias leyendas de Irlanda, Inglaterra y Escocia, dicen que existe un Rey de los Gatos, que se pasea entre nosotros de incógnito.

La siguiente historia fue recogida por Charlotte S. Burke en tierras escocesas en 1884. A continuación os cuento mi versión serrana de la misma, que cuenta lo siguiente:

Dos jóvenes madrileños habían alquilado una pequeña casa en Patones, un lugar remoto al norte de Madrid. Su intención consistía en pasar allí el otoño, aprovechando para practicar el noble deporte de la caza en los montes adyacentes. Junto a ellos vivía una anciana, a la que habían contratado para que les hiciese la comida, así como el gato de esta y varios perros.

Normalmente, ambos jóvenes salían a cazar juntos, pero una tarde uno de ellos prefirió quedarse en la casa. Así que el otro cogió su escopeta y partió sólo en dirección al monte, prometiendo primero que regresaría antes de la puesta del Sol.

Sin embargo, pasaron las horas y no aparecía. Su amigo esperaba cada vez más preocupado. Ya se había hecho de noche y quedaba muy atrás la hora habitual a la que cenaban. Finalmente el cazador regresó. Al otro joven le pareció que traía el rostro muy pálido y aspecto de estar exhausto.

Hasta que no hubieron terminado de cenar, no accedió a contar a su amigo lo que le había sucedido. Estaban sentados frente al fuego, con los perros tumbados a sus pies y el gato negro de su cocinera adormecido entre ellos, cuando comenzó a hablar:

“Bien, quieres saber qué ha ocurrido para que haya llegado tan tarde, pues te lo contaré, pero has de saber que se trata de algo tan extraño que ni yo mismo estoy seguro de que haya sucedido en realidad”.

“Me encontraba en el camino del monte, apenas a unos veinte minutos de aquí, cuando descendió una espesa niebla que me hizo perder completamente el sentido de la orientación. Intenté ubicarme y regresar en dirección a la casa, pero, al parecer, no hice más que adentrarme en el monte. Para mi desesperación, no tardó en hacerse de noche”.

“De repente me pareció ver una luz moverse entre la niebla y la creciente oscuridad. Decidí seguirla a ver si me conducía a algún lugar habitado. Ya había avanzado unos cien metros tras ella cuando se apagó. Como estaba justo al lado de un roble de aspecto robusto, me subía a él a ver si desde algo más arriba era capaz de volver divisar la misteriosa luz. Y vaya si lo hice”.

“Resulta que estaba justo al otro lado del árbol. Desde las ramas vi bajo mi posición ―y aún no entiendo muy bien como puede ser esto― lo que parecía una iglesia. Se oían cánticos, y alcancé a ver que se estaba celebrando un funeral, pues había un ataúd rodeado de antorchas. Pero quienes llevaban esas antorchas…, oh amigo mío, no me creerás cuando te diga quienes portaban aquellas antorchas”.

De repente el joven detuvo su narración, alegando que le tomaría por un loco si contaba el resto de la historia. Pero tanto le insistió su amigo para que concluyese el relato que al final acabó accediendo. La expectación flotaba en el ambiente, e incluso el gato de la cocinera parecía escucharles con extremada atención, casi como si pudiese entender lo que decían.

“De acuerdo, pues esto es lo que sucedía: las manos que sujetaban las antorchas y el ataúd eran pequeñas y peludas y tenían las uñas afiladas. ¡Sus propietarios eran gatos, te lo juro, gatos! ¡Y sobre la tapa del ataúd había grabadas una corona y un cetro!”

Al decir esto originó un tremendo caos en la habitación: el gato negro de la cocinera comenzó a correr dando vueltas por las paredes a una velocidad vertiginosa, y a los dos hombres les pareció oírle exclamar con una voz extraña pero perfectamente comprensible:

“¡Por Júpiter, el viejo Pepe ha muerto. ¡Ahora yo soy el Rey de los Gatos!”.

Tras lo cual se dirigió hacia el fuego, lo esquivó con un hábil salto y desapareció chimenea arriba. Nunca más lo volvieron a ver…

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Luna llena en Patones.

Si ya has estado en Patones te habrás dado cuenta que este pueblo tiene algo especial y mágico en sus calles, circulan algunas leyendas que lo hacen más misterioso e interesante y cuando lo visitas seguro que repetirás. Es cierto, que si vas un fin de semana a comer con la familia te encontrarás con problemas para aparcar, que tendrás que esperar para poder comer en alguno de sus restaurantes y que será difícil hacer una foto sin que se te cuele algún “infiltrado”. Pues acércate de noche, y si lo haces con luna llena, mucho mejor. Aquí dejo unas fotos que hice la luna llena de Agosto de 2018, espero que os guste.

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La leyenda del Rey de los Patones:

Según cuenta en 1781 Don Antonio Ponz, en su obra “Viaje de España, en el que se da noticia de las cosas apreciables y dignas de saberse que hay en ellas” (tomo X) (Madrid, 1781) sobre el reino de Patones lo que sigue:”Como a mitad de camino entre Torrelaguna y Uceda se ve a mano izquierda una gran abertura en la cordillera, que cierra un pequeño valle, llamado “Lugar de Patones” sobre el cual sería delito no contar una célebre antigualla, que es la siguiente: En aquella desgraciada edad en que los sarracenos se hicieron dueños de España, ya se sabe que muchos de sus moradores huyeron a las montañas y a los parajes más escondidos y retirados. Algunos buenos cristianos de la tierra llana decidieron, pues, introducirse por la expresada abertura, buscando en el interior de la sierra cuevas donde esconderse, y fue de tal suerte, que no cuidando los enemigos de territorio tan áspero y quebrado, pudieron aquellos godos fugitivos vivir en él todo el tiempo libres del poderío musulmán, manteniendo sus costumbres, creencias y sustentándose de la caza, pesca, colmenas, ganado cabrío y del cultivo de algunos centenos, como lo hacen también ahora.

Estos hombres, que se llamaron los Patones, eligieron entre ellos a la persona de más probidad para que les gobernase y decidiese sus disputas, de cuya familia era el sucesor, y así se fueron manteniendo de siglo en siglo con un gobierno hereditario, llamando a su cabeza “Rey de los Patones”. No es esto lo más gracioso, sino que después de haber recobrado España su primitiva libertad, y sacudido totalmente el yugo de los sarracenos, se ha conservado entre los Patones este género de Gobierno (bien que subordinado a los Reyes de España y a su Consejo) hasta nuestro días, en que el último rey de Patones solía ir a vender algunas carguillas de leña a Torrelaguna, en donde le han conocido varios sujetos, que le trataron y me han hablado de él.

Este hombre, que era pacífico y enemigo de chismes, se dejó de cuentos, y comprobando que sus súbditos se situaban ya en el boquete, a vistas a la llanura, hubo de barruntar alguna inundación de las fórmulas legales de su reino (donde los juicios eran verbales, sin autos, pedimentos, ni traslados), o acaso la ocupación del Gobierno le impidiese atender debidamente a su propia subsistencia, por lo que abandonó su trono; de modo que los Patones, viéndose sin pastor, se sujetaron espontáneamente a la jurisdicción y al corregimiento de Uceda, de la cual hoy es aldea el Reino Patónico.

¡Cuantas reflexiones morales y políticas me viene a la imaginación! Un reino hereditario de mil años por lo menos, gobernados en profunda paz, sin otras reglas que la razón natural; un pueblo conservado en medio de España, en el cual no pudo hacer brecha el Corán, ni tanto errores como después fueron viniendo; un reino contento con la angostura de sus límites, sin dar entrada a otras costumbre, ni trajes, ni más idea que la de cultivar bien su estrecho territorio, ni más cuidado que los de sus colmenas y su ganado; los hijos de las familias sujetos a los padres, y todos ellos obedientes a su rey..

Queden, por lo tanto, los lectores instruidos de esta singular Monarquía Patónica, de su principio, duración y fin; y aunque alguien diga (que bien se dirá) ¿cómo es posible que existiese eso a doce leguas de Madrid, sin saberlo yo, ni haber oído hablar a alma viviente? no me causara maravilla, pues yo me hallaba en el mismo caso. Sabido es cuál suele ser nuestra curiosidad por indagar lo que sucede a dos o tres mil leguas de aquí, ignorando lo que hay en nuestra propia casa..”

El cerro de la Oliva y su historia

El cerro de la Oliva ha sido habitado o visitado frecuentemente por grupos humanos desde la noche de los tiempos. En el mismo cerro de la Oliva se pueden visitar tres ejemplos de esa ocupación con cierta importancia histórico-artística; la cueva del Reguerillo, el yacimiento de la dehesa de la Oliva y la ermita de la Virgen de la Oliva.

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La cueva del Reguerillo

La cueva del Reguerillo se encuentra en el flanco oeste del cerro de la Oliva y alberga las manifestaciones artísticas más antiguas halladas hasta el momento en la Comunidad de Madrid, fechadas en algún momento del Paleolítico Superior. También se han encontrado restos materiales que pertenecieron a agricultores neolíticos y sociedades metalúrgicas de la Edad del Bronce.

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La cueva está cerrada al público en general y sólo se abre en contadas ocasiones para expertos en espeleología. Las razones de ello es el peligro que encierra para los neófitos el acceso libre y los desmanes que se han cometido en el primer nivel, donde existían pinturas rupestres, que han sido prácticamente destruidas por la mano del hombre. La cueva es un complejo sistema subterráneo en roca caliza de tres niveles, de los cuales, el primer nivel, ha sufrido frecuentes visitas de inconscientes y vándalos. Los otros dos niveles tienen un carácter muy técnico y se reservan para la visita especializada de espeleólogos.

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Yacimiento de la dehesa de la Oliva

El cerro de la Oliva consta de dos plataformas bien definidas, en las que los habitantes prerromanos, posiblemente carpetanos, “los que habitan en los escarpes”, transformaron su modo de vida castreño cuando contactaron con la civilización romana, y el emplazamiento original se transformó de un urbanismo primitivo en una pequeña ciudad planificada al modo romano, con calles cortadas en ángulo recto, infraestructuras hidráulicas y edificios públicos.

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Con el cambio de era (s. I d.C.), la población se trasladaría al valle abandonando el cerro. Posteriormente, en el siglo V d.C., vuelve a ocuparse, pero de forma distinta: sobre el antiguo asentamiento se estableció una extensa necrópolis hasta el siglo VIII d.C. La aldea asociada al cementerio se ubicó en la plataforma inferior del cerro.

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El perímetro amurallado de la Dehesa de la Oliva engloba ambas plataformas y según recientes estudios, se estructura en dos recintos el más antiguo circunda al núcleo urbano y es anterior al cambio de era. El segundo recinto acoge el caserío de la plataforma inferior, y aún no se determinado si es el resultado de un único proyecto original, una ampliación de época romana tardo republicana o una reconstrucción altomedieval.

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La posición topográfica dota al emplazamiento de una defensa natural por 3 de sus flancos, le proporciona un amplio dominio visual del territorio y el control de la ruta con la Meseta Norte por el puerto de Somosierra. Fue descubierto por el arqueólogo e ingeniero del Canal de Isabel II Emeterio Cuadrado. El yacimiento está estructurado en dos plataformas, la superior u oriental, con una superficie de 10 has, donde se instala la ciudad y la inferior u occidental, ocupada por un caserío extenso de época posterior, aproximadamente con una superficie de 17 has.

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La necrópolis se encuentra superpuesta al espacio doméstico y contiene tumbas excavadas de los primeros siglos de la tardo antigüedad (ss. V-VIII d.C.). El tipo de enterramientos son inhumaciones con tumbas de diversos tipos: en fosa simple, en cista con lajas de caliza o pizarra, con suelo, paredes y cubierta de ese material o parcialmente revestida, y en cista con muretes de mampostería forrando las paredes de la fosa.

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Se han excavado 33 tumbas. El cadáver se envolvía en un sudario y se depositaba directamente sobre la base de la fosa o en un ataúd. En ocasiones, las tumbas podían estar ocupadas por más de un individuo, bien porque la muerte dentro del ámbito familiar se producía a la vez, o por ser una reutilización, en la que se agrupaban los restos del primer cadáver en un extremo de la sepultura. Los enterramientos más antiguos son posiblemente del siglo V d.C.

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Ermita de la Virgen de  la Oliva

A los pies de la Dehesa de la Oliva, en su flanco sur, se encuentran los restos abandonados de una vieja ermita en ladrillo, fechada entre los siglos XII-XIII, en un lamentable estado de abandono. Es la ermita de la Virgen de la Oliva.

 

La ermita es de estilo románico-mudéjar, también conocido como mudéjar castellano-leonés o románico de ladrillo, aunque con rasgos característicos de la arquitectura rural de la zona. De la primitiva ermita sólo se conservan el ábside y el tramo inicial de la nave. El primer elemento citado está configurado por una bóveda de cuarto de esfera, realizada en mampostería con hiladas de ladrillo, que se une al cuerpo principal mediante un arco ligeramente apuntado, hecho en ladrillo. Con respecto al segundo, se estructura en una bóveda de cañón, de la que sólo se mantienen en pie el arranque y algunos muros.

 

Un trocito del Lozoya I

Un paseo verde por una de las rutas de senderismo más recomendables de la sierra de Madrid. Recorreremos la parte final del río Lozoya antes de su fusión con el río Jarama. Empezando por el Pontón de la Oliva, pasando por el Azud de Navarejos y terminando en el Azud de la Parra.

El Pontón de la Oliva es una presa hoy en desuso, situada al noreste de la Comunidad de Madrid y al noroeste de la provincia de Guadalajara. Es la sexta y última presa en el curso del río Lozoya, y la más antigua de todo el sistema de presas y canalizaciones del Canal de Isabel II, red que suministra el agua potable a Madrid y a buena parte de la comunidad.

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Pontón de la Oliva

 

En 1848, bajo el reinado de Isabel II, Madrid tenía alrededor de 206 000 habitantes, la población crecía rápidamente dada su condición capitalina. Salvo una minoría de privilegiados que disponían de agua en sus residencias, el resto de los madrileños se abastecían de la que brotaba de 54 fuentes y distribuían 920 aguadores. Esta agua provenía de los llamados “viajes del agua”, unos acueductos o qanats de origen árabe, cuya construcción original data de los siglos VIII al XI (durante la fundación y dominación árabe de Madrid) y ampliados sucesivamente hasta la creación del Canal de Isabel II en el siglo XIX.

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Pontón de la Oliva

 

Desde mediados del siglo XVIII se barajaban varios proyectos para llevar a Madrid el agua de los ríos serranos más inmediatos. En Marzo de 1848, Juan Bravo Murillo, como ministro de Comercio, Instrucción y Obras Públicas, decidió afrontar el problema. En diciembre del mismo año se presentó la “Memoria razonada sobre las obras necesarias para el abastecimiento de agua a Madrid”. En ella se sentaron las bases de un proyecto de abastecimiento que incluía un presupuesto y medios de financiación. Se eligió el río Lozoya como fuente de suministro por la calidad y pureza de su agua. Los ingenieros Rafo y Ribera diseñaron un sistema de abastecimiento al modo romano, con un canal de 77 km de longitud de aguas rodadas. La parte principal del proyecto era la construcción de una presa en el curso bajo del río Lozoya. El lugar elegido fue una garganta natural llamada el “cañón de la Oliva”, unos centenares de metros aguas arriba del encuentro del río Lozoya con el río Jarama.

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Cañón de la Oliva

 

El 11 de agosto de 1851 se puso la primera piedra de la presa en un acto que contó con la asistencia del rey consorte Francisco de Asís de Borbón. En la obra trabajaron 1500 presos de las guerras carlistas, 200 obreros libres y 400 bestias, en durísimas condiciones. En el campamento situado a pie de obra apareció una epidemia de cólera. Las obras del proyecto no se circunscribían a la presa sobre el Lozoya, y los ingenieros utilizaron un sistema de comunicación entre obras basado en palomas mensajeras al que llamaron “telegrafía alada”. Las obras terminaron en 1856. La inauguración se celebró dos años más tarde, el 24 de junio de 1858, en un acto al que asistieron la reina Isabel II y todo el Consejo de Ministros.

La vida de la presa fue corta. Los ingenieros habían elegido mal el lugar donde erigieron la presa y pronto aparecieron filtraciones que arruinaron su capacidad de embalse. Debido a las filtraciones, en verano el nivel del embalse descendía por debajo del nivel del canal de salida. En 1860 se construyó urgentemente la pequeña presa de Navarejos para poder tomar el agua del río. Pocos años después la presa del Pontón de la Oliva cayó en desuso y fue sustituida por la del embalse de El Villar, ubicada 22 km aguas arriba e inaugurada en 1882.

 

El azud de Navarejos es un embalse hoy en desuso, situado en el cauce del río Lozoya, entre las provincias de Madrid y Guadalajara. Se inauguró en 1860 para derivar agua desde el río Lozoya por la prolongación del canal primitivo de abastecimiento de agua a Madrid, que se construyó simultáneamente con el azud, posteriormente integrado en el canal de la Parra, para su uso por el Canal de Isabel II.

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Azud de Navarejos

 

Este azud se construyó para sustituir la toma de agua que se efectuaba desde el embalse del Pontón de la Oliva al presentarse en este unas filtraciones que durante el estiaje hacían que el nivel del embalse descendiera por debajo de la solera del canal construido para el abastecimiento.

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Azud de Navarejos

 

Con ello consiguieron enviar agua hacia Madrid durante el estiaje, pero con el límite del caudal que llevaba el Lozoya. Con la construcción del Embalse de El Villar se consiguió almacenar agua en este embalse que podía ser enviada río abajo en los meses veraniegos, aunque el río llevara poca agua.

 

El azud de La Parra es un embalse situado en el cauce del río Lozoya, en la provincia de Madrid. Se inauguró en 1904 para derivar agua desde el río Lozoya por el canal de la Parra, enlazando con la prolongación del canal primitivo de abastecimiento a Madrid realizado en 1860 hasta el azud de Navarejos, para su uso por el Canal de Isabel II.

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Azud de la Parra

 

Este azud se construyó para sustituir la toma que se efectuaba desde el azud de Navarejos, que en aquellas fechas se encontraba aterrado y donde además se recogían, cuando había lluvias, las aguas turbias que llevaban los arroyos de Robledillo y de La Parra, que enturbiaban las aguas que corrían por el río Lozoya reguladas desde el embalse de El Villar.

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Azud de la Parra

 

La construcción posterior del canal de El Villar y del embalse de El Atazar y su canal han hecho que este azud haya quedado habitualmente sin uso. No obstante el Canal de Isabel II lo conserva, y su canal, con objeto de poder utilizar para el abastecimiento, en caso de sequía, los últimos 50 hm³ almacenados en el Embalse de El Atazar y que no pueden ser extraídos desde su torre de toma.

 

 

Todavía no has ido a Patones?

Patones (parte primera)

Muy cerca de Madrid y lindando con la provincia de Guadalajara existe un pequeño pueblo cuyo término municipal alberga varios yacimientos que demuestran su ocupación por el hombre desde la noche de los tiempos. La cueva del Reguerillo está situada en la ladera occidental del Cerro de la Oliva, hoy en día cerrada a cal y canto, contiene o contenía pinturas rupestres cuya antigüedad algunos estiman en más de 40.000 años. En la cima del cerro de la Oliva se pueden visitar los restos de un poblado carpetano-romano ocupado posteriormente por los visigodos.  El actual pueblo de Patones de Arriba es una de las mejores representaciones de arquitectura negra por el material utilizado en sus construcciones. Algunos dicen que el tiempo se ha parado en sus calles, otros incluso dicen haber visto unicornios y corren varias leyendas que hacen de él un lugar lleno de magia. La más popular de todas es la leyenda patónica, la cual dice que Patones fue un reino independiente desde la época visigoda.

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Según cuenta en 1781 Don Antonio Ponz, en su obra “Viaje de España, en el que se da noticia de las cosas apreciables y dignas de saberse que hay en ellas” (tomo X) (Madrid, 1781) sobre el reino de Patones lo que sigue:

“Como a mitad de camino entre Torrelaguna y Uceda se ve a mano izquierda una gran abertura en la cordillera, que cierra un pequeño valle, llamado “Lugar de Patones” sobre el cual sería delito no contar una célebre antigualla, que es la siguiente: En aquella desgraciada edad en que los sarracenos se hicieron dueños de España, ya se sabe que muchos de sus moradores huyeron a las montañas y a los parajes más escondidos y retirados. Algunos buenos cristianos de la tierra llana decidieron, pues, introducirse por la expresada abertura, buscando en el interior de la sierra cuevas donde esconderse, y fue de tal suerte, que no cuidando los enemigos de territorio tan áspero y quebrado, pudieron aquellos godos fugitivos vivir en él todo el tiempo libres del poderío musulmán, manteniendo sus costumbres, creencias y sustentándose de la caza, pesca, colmenas, ganado cabrío y del cultivo de algunos centenos, como lo hacen también ahora.

Estos hombres, que se llamaron los Patones, eligieron entre ellos a la persona de más probidad para que les gobernase y decidiese sus disputas, de cuya familia era el sucesor, y así se fueron manteniendo de siglo en siglo con un gobierno hereditario, llamando a su cabeza “Rey de los Patones”. No es esto lo más gracioso, sino que después de haber recobrado España su primitiva libertad, y sacudido totalmente el yugo de los sarracenos, se ha conservado entre los Patones este género de Gobierno (bien que subordinado a los Reyes de España y a su Consejo) hasta nuestro días, en que el último rey de Patones solía ir a vender algunas carguillas de leña a Torrelaguna, en donde le han conocido varios sujetos, que le trataron y me han hablado de él.

Este hombre, que era pacífico y enemigo de chismes, se dejó de cuentos, y comprobando que sus súbditos se situaban ya en el boquete, a vistas a la llanura, hubo de barruntar alguna inundación de las fórmulas legales de su reino (donde los juicios eran verbales, sin autos, pedimentos, ni traslados), o acaso la ocupación del Gobierno le impidiese atender debidamente a su propia subsistencia, por lo que abandonó su trono; de modo que los Patones, viéndose sin pastor, se sujetaron espontáneamente a la jurisdicción y al corregimiento de Uceda, de la cual hoy es aldea el Reino Patónico.

¡Cuantas reflexiones morales y políticas me viene a la imaginación! Un reino hereditario de mil años por lo menos, gobernados en profunda paz, sin otras reglas que la razón natural; un pueblo conservado en medio de España, en el cual no pudo hacer brecha el Corán, ni tanto errores como después fueron viniendo; un reino contento con la angostura de sus límites, sin dar entrada a otras costumbre, ni trajes, ni más idea que la de cultivar bien su estrecho territorio, ni más cuidado que los de sus colmenas y su ganado; los hijos de las familias sujetos a los padres, y todos ellos obedientes a su rey..

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Queden, por lo tanto, los lectores instruidos de esta singular Monarquía Patónica, de su principio, duración y fin; y aunque alguien diga (que bien se dirá) ¿cómo es posible que existiese eso a doce leguas de Madrid, sin saberlo yo, ni haber oído hablar a alma viviente? no me causara maravilla, pues yo me hallaba en el mismo caso. Sabido es cuál suele ser nuestra curiosidad por indagar lo que sucede a dos o tres mil leguas de aquí, ignorando lo que hay en nuestra propia casa..”

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