Una leyenda, una fuente y Santa María Egipcíaca

Según cuenta la leyenda desde la baja edad media, en la falda de la sierra de La Cabrera había una cueva donde se retiró una mujer imitando a Santa María Egipcíaca. Santa María Egipcíaca o María de Egipto era una prostituta que se arrepiente de su vida y se retira al desierto de Egipto como eremita para hacer penitencia por sus pecados, de ahí viene el apelativo de Egipcíaca. Esta santa parece que vivió entre los siglos IV y V, pero se su historia se extendió en el S. XIII gracias a la poesía castellana.

Vista de la sierra desde el lugar donde se encuentra la fuente de Santa María

Tras la muerte de esta mujer, en el centro de la cueva brotó un manantial de agua limpia y fresca. Un día un pastor que recorría la zona con su ganado entró a beber a la fuente y se encontró junto a ella la imagen de una virgen de no más de 15 centímetros de tamaño, y avisó a los monjes del monasterio de su hallazgo. Pues bien, un grupo de monjes con el abad a la cabeza fueron hasta la cueva a recoger la imagen y llevarla solemnemente hasta su nueva morada. Pero inevitablemente, cada vez que llegaban al umbral de la puerta de entrada al edificio, la imagen desaparecía, y era de nuevo encontrada en la cueva, junto a la fuente. Atada a las mangas de sus hábitos, los monjes volvieron a recorrer el camino, creyendo que esta vez la imagen entraría con ellos en San Antonio, pero de nuevo al llegar al atrio, la virgen volvió a desaparecer y a ser encontrada de nuevo en la cueva. Ante esa insistencia el abad reconoció que la imagen no quería abandonar el lugar, y allí mismo, en el exterior, junto a la entrada a la oquedad rocosa le fue levantada una ermita, que desgraciadamente, y como tantas otras ha desaparecido totalmente.

Bancales o terrazas correspondientes a la antigua huerta

En un terreno con restos de pequeñas terrazas de cultivo, a los pies del Pico de la Miel nos encontramos una buena tierra de huerta y frutales que aún se trabajaba hasta hace unos treinta años. Producía fruta muy apreciada en la comarca. Se conserva, en la zona alta de la finca, una fuente, antes tapada por zarzales. La fuente da un agua fresca y limpia durante todo el año y los lugareños la llaman la fuente de Santa María. Se ha transmitido de boca en boca que allí antiguamente había un pequeño monasterio o convento de mujeres, que desapareció. Parece ser, que ahí se encontraba el eremitorio de Santa María Egipcíaca.

Antiguo estanque desde donde se almacenaba el agua para regar la huerta

Lo que dice la historia

Desde tiempos prehistóricos la sierra de La Cabrera ha estado habitada por el hombre. Hay vestigios que así lo corroboran, como son los restos protoceltas ubicados en el cancho gordo, o como los restos del castro celta situado en el cerro de La Cabeza, asentamiento que fue ocupado posteriormente por los visigodos, a lo que habría que añadir el yacimiento de la necrópolis paleocristiana de la Tumba del Moro, de origen también visigodo y situado junto a la carretera que une La Cabrera con Valdemanco, en la parte sureste del citado cerro de La Cabeza.
Parece ser que en tiempos del rey Alfonso VI, a finales del siglo XI, para poblar los nuevos territorios conquistados por la cristiandad impulsó la creación de monasterios benedictinos, pero también se cree que los cristianos de origen visigodo que vivían en Al-Andalus emigraban a los territorios recién conquistados en el norte. Pudo ser que de esta manera surgiera el pequeño eremitorio de San Julián (actual convento de San Antonio) y posteriormente el de Santa María Egipcíaca dependiente de este.
Hasta el momento actual, el documento escrito más antiguo conocido que hace referencia al eremitorio de Santa María Egipcíaca es el Libro de las Monterías de Alfonso XI, rey de Castilla y León, escrito hacia 1340. En él se describen las cacerías de este rey buscando osos y jabalíes por estas tierras. En dicho escrito se mencionan, este eremitorio de Santa María y el eremitorio de San Julián, actual Convento de San Antonio.
También figura cuando el Papa Benedicto XIII autorizó a los franciscanos en 1413 a utilizar los eremitorios de San Julián y Santa María Egipcíaca en La Cabrera. Con la llegada de los franciscanos en los primeros años del siglo XV a lo que era el eremitorio de San Julián, se convierte en el convento de San Antonio. Los franciscanos toman también como anexo al mismo, el eremitorio de Santa María Egipcíaca, y es de suponer que un camino unía ambos en esa pequeña distancia de kilómetro y medio. Los dos tenían huerta en bancales y fuente propia, la del “Duque del infantado” en el convento, y la de “Santa María” en el eremitorio egipciano; las dos con arcos de granito de medio punto. A mediados del siglo XV, en razón de nuevas reformas en la orden, los franciscanos dejan el eremitorio de Santa María Egipciana, que pasa a depender de la diócesis de Toledo y concretamente de la parroquia de la Cabrera. Con ello se convierte en ermita del pueblo, y en lugar de peregrinaciones y romerías de algunos otros pueblo cercanos, especialmente de Sieteiglesias y Redueña.
En el año 1647, el visitador eclesiástico de Toledo, al informar de La Cabrera dice que visitó la ermita de Santa María Egipcíaca, “que está a un cuarto de legua de este lugar, de mucha devoción, tiene una huerta, y junto a ella hay una casa donde vive el ermitaño, que al presente es el hermano Alvear, hombre de buena vida, y la ermita está bien adornada”. Y en la visita eclesiástica de 1.657-58 se dice: “se visitó la ermita de Santa María Egipcíaca, es ermita de mucha devoción, y el ermitaño de ella se llama José de la Cruz, hombre virtuoso y de buena vida según los informes que tuvo del cura y de otros vecinos del lugar”.
Casi un siglo después (1.749), el catastro Ensenada dice que La Cabrera tiene 50 vecinos, y que no hay casa de campo alguna en el pueblo, sino solo la ermita de Santa María Egipcíaca con casa para el ermitaño. Y en el Libro de Eclesiásticos del mismo catastro, al tratar de los bienes que pertenecían a esta ermita, se nombra “una casa propia de la santa imagen, una huerta de una fanega, de buena calidad y de regadío, con diez árboles frutales, que linda por poniente con dicha ermita, y por los demás aires con el cerro del pico de la miel, paga el ermitaño por ella y la casa cien reales en tres años”.
Se cree que la ermita fue destruida a principios del siglo XIX coincidiendo con la invasión de las tropas francesas de Napoleón. En esta época también los franciscanos abandonaron el convento de San Antonio.
En 1.964, el historiador e investigador Matías Fernández visitó el lugar donde estuvo la ermita de Santa María Egipcíaca y dejó el siguiente testimonio:
“Hoy llaman a este lugar Fuente de Santa María, por la existencia de una fuente que, sin duda, abastecía de agua a los ermitaños y se empleaba para regar la huerta. La citada fuente está construida de piedra de sillería con arco de medio punto, con pilón y parece de alguna antigüedad.”

Fuente de Santa María y canalización para llevar el agua al estanque

Quien era María de Egipto?

María de Egipto o Santa María Egipcíaca (344 – 421 o 422 d.c.) era una asceta que se retiró al desierto tras una vida de prostitución. Es venerada como patrona de las mujeres penitentes, muy especialmente en la Iglesia copta, pero también en las Iglesias: católica, ortodoxa y anglicana.

La principal fuente de información sobre Santa María de Egipto es la Vita escrita por Sofronio, Patriarca de Jerusalén (634 – 638). Santa María nació en algún lugar de Egipto, y a los doce años se escapó a la ciudad de Alejandría, donde vivió una vida disoluta. Muchos escritos se refieren a ella como una prostituta durante este período, pero, en su Vita se afirma que se negó a menudo a aceptar el dinero ofrecido por sus favores sexuales. Fue, según la hagiografía, impulsada por «un deseo insaciable y una irrefrenable pasión». En la misma línea, la Vita expone que vivía principalmente de la mendicidad, trabajando en el hilado de lino.

Después de diecisiete años viviendo este estilo de vida, viajó a Jerusalén para la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Emprendió el viaje como una especie de “anti-peregrinación”, afirmando que esperaba encontrar en la multitud de peregrinos aún más socios en su lujuria. Consiguió el dinero para su viaje ofreciendo favores sexuales a otros peregrinos, y continuó su habitual estilo de vida por un corto tiempo en Jerusalén.

Su Vita relata que, cuando intentaba entrar en la Iglesia del Santo Sepulcro para la celebración, una fuerza invisible le impidió hacerlo. Consciente de que este extraño fenómeno era a causa de su impureza, sintió un fuerte remordimiento y, al ver un icono de la Theotokos fuera de la iglesia, rezó implorando perdón y prometió renunciar al mundo (es decir, convertirse en una asceta).

Más tarde intentó de nuevo entrar en la iglesia, y esta vez se le permitió. Después de venerar la reliquia de la cruz, regresó al icono para darle las gracias, y escuchó una voz diciéndole, “Si cruzas el Jordán, encontrarás un glorioso descanso”. De inmediato fue al monasterio de San Juan Bautista en la ribera del río Jordán, donde recibió la comunión.

A la mañana siguiente cruzó el Jordán y se retiró al desierto a vivir el resto de su vida como una ermitaña. Según la leyenda, llevó para sí sólo tres panes (símbolo de la eucaristía), y vivió de lo que podría encontrar en la naturaleza.

Aproximadamente un año antes de su muerte, después de 47 años en soledad, le contó su vida a San Zósimo de Palestina, que se había encontrado con ella en el desierto. Cuando conoció inesperadamente a la mujer en el desierto, ésta estaba completamente desnuda y casi irreconocible como humana. Pidió a Zosimo tirar su manto para cubrirse con él, y después le narró la historia de su vida, manifestando una maravillosa clarividencia.

Quedaron en encontrarse de nuevo en el Jordán el Jueves Santo del año siguiente, y llevarle la comunión. Al año siguiente, viajó Zósimo al mismo lugar donde se reunió por primera vez con ella, a una veintena de días de viaje desde su monasterio, y allí la encontró muerta. De acuerdo con una inscripción escrita en la arena al lado de la cabeza, había muerto en la misma noche que le dio la comunión y de alguna manera había sido milagrosamente transportada al lugar donde la encontraron, y su cuerpo se preservó incorrupto. Zósimo, de nuevo según la leyenda, enterró su cuerpo con la ayuda de un león del desierto. A su regreso al monasterio, relató la historia de María a los hermanos, y entre ellos se conservó como tradición oral hasta que fue escrita por San Sofronio.

En la iconografía clásica, Santa María de Egipto es representada como una anciana canosa muy bronceada tras largos años en el desierto, bien desnuda o cubierta por el manto que pidió prestado a Zósimo. Se la representa a menudo con los tres panes que compró antes de emprender su viaje al desierto.

Hay una capilla dedicada a ella en la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén, que conmemora el momento de su conversión.

En el entorno de órdenes religiosas inspiradas en María de Egipto comenzaron a construirse en España desde el siglo XIV diversos «establecimientos o casas» denominadas genéricamente de Egipcíacas. (En 1372 se funda una casa de Egipcíacas en Barcelona). En España se denomina indistintamente como Arrepentidas, Recogidas o Egipcíacas para referirse a aquellas mujeres que abandonaban el ejercicio público de la prostitución, ergo antes de la conversión denominadas «mujeres públicas».

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Buitrago de noche

Un paseo nocturno recorriendo la Villa medieval de Buitrago. Entramos por la puerta principal de dicha Villa situada en el Adarve alto, bajo la torre Albarrana, la entrada hace una forma de ángulo recto y lo primero que nos encontramos al traspasar sus imponentes muros es la Iglesia de Santa María del Castillo.

Entrada a la villa de Buitrago bajo la Torre Albarrana

Dicha entrada se encuentra justo debajo de la Torre Albarrana o la Torre del Reloj como se la conoce popularmente. La finalidad de esta torre era la defensa de esta entrada a la villa. Desafortunadamente se encuentra cerrada al público por la noche y no se puede subir a recorrer esta parte de la muralla denominada Adarve alto, situada en el flanco meridional de la Villa, la única zona de la muralla que no está protegida por el río Lozoya, este es el motivo de su mayor altura con respecto a las otras zonas de la muralla de la Villa.

Torre Albarrana vista desde el interior del recinto amurallado

Una vez dentro del recinto amurallado nos encontramos con la Iglesia de Santa María del Castillo, donde destaca su espectacular torre-campanario, de estilo mudéjar, ubicada en la fachada norte, presenta planta cuadrada y cinco cuerpos. De gran altura y esbeltez, aloja en lo alto el campanario con cinco vanos enmarcados por elementos mudéjares. La iglesia de Santa María del Castillo es la única parroquia que actualmente se conserva de las cuatro con las que contaba Buitrago del Lozoya en el siglo XVI.

Iglesia de Santa María del Castillo

Después de contemplar la Iglesia desde todos los ángulos posibles nos dirigimos hacia la entrada de la Coracha, protegida por los torreones del castillo y situada en el flanco oriental de la villa, junto al río. En este punto comienza la zona de la muralla que discurre paralela al río. La protección del río a modo de foso haría una más fácil defensa de la Villa, por ello su altura en toda esta zona es mucho menor y se la denomina Adarve bajo. Podemos observar los imponentes torreones del castillo que al quedar incrustados en la muralla servían de defensa de la parte sureste de la muralla. Fue construido al estilo gótico-mudéjar en el siglo XV, en el flanco sureste del recinto amurallado de la localidad, a orillas del río Lozoya.

Castillo de Buitrago y puerta de la Coracha

A continuación subiremos a la parte de la muralla denominada Adarve bajo para recorrer perimetralmente toda esta parte de la Villa desde sus almenadas defensas, como lo haría la soldadesca medieval en sus rondas nocturnas, caminaremos siempre acompañados por el río Lozoya al otro lado de las murallas.

Adarve bajo y vistas de la Villa desde esta parte de la muralla

Posteriormente y para finalizar la visita, saldremos por la tercera entrada a la Villa, la puerta que sale al puente del Arrabal, el acceso situado más al norte de la Villa.

Puerta norte de la muralla con salida al puente del Arrabal

La villa de Buitrago

Buitrago del Lozoya es el único pueblo de toda la comunidad de Madrid que conserva íntegro su recinto amurallado, es el mejor conservado de la región madrileña y el único que se mantiene en estado completo. Situado en un meandro del río Lozoya, que da sobrenombre al municipio, lo rodea por todos sus lados menos el meridional, convirtiéndose así en un foso natural de defensa, de gran importancia desde el punto de vista estratégico. Buitrago del Lozoya es Conjunto Histórico-Artístico y Bien de Interés Cultural desde 1993, y su recinto amurallado es Monumento Nacional desde 1931.

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Vista del puente del Arrabal y de la muralla de Buitrago desde el puente nuevo

 

La muralla de Buitrago del Lozoya es de origen musulmán. Es probable que la primera construcción fuera edificada entre los siglos IX y XI, en el contexto defensivo de la Marca Media, una extensa zona situada en el centro de la Península Ibérica que la población musulmana fortificó para detener el avance de los reinos cristianos y asegurar la plaza de Toledo. Más concretamente, protegía el paso hacia el puerto de Somosierra, una de las principales vías de entrada de las incursiones cristianas. Existen restos de otras murallas musulmanas levantadas en la misma época con una finalidad similar en otros lugares de la comunidad madrileña como son: Talamanca del Jarama, Torrelaguna, Alcalá de Henares y en Madrid.

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De izquierda a derecha, puente del Arrabal, muralla de Buitrago y puente nuevo sobre el río Lozoya

El trazado y fábrica de la muralla denotan su origen musulmán. Siguiendo las pautas de la arquitectura militar andalusí, presenta numerosas torres de planta rectangular y escaso saliente, así como mampostería encintada con ladrillo en numerosos tramos.

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Entrada al Adarve bajo desde el exterior de la muralla

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Adarve bajo

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Puerta del Adarve bajo desde el interior de la muralla

Sin embargo, la construcción que ha llegado hasta nuestros días es fruto de sucesivas ampliaciones y reformas acometidas por los cristianos, una vez que Buitrago del Lozoya quedó integrada dentro de la Corona de Castilla. Estas se prolongaron desde el siglo XI, cuando la primitiva ciudadela musulmana fue conquistada por el rey Alfonso VI, hasta el siglo XV con los Mendoza como señores de estas tierras.

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Calle de la Coracha

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Entrada a la Villa bajo la Torre Albarrana

La muralla de Buitrago del Lozoya tiene más de 800 metros de perímetro y cuenta con tres entradas. Dos situadas en el adarve bajo, al noroeste la entrada que da acceso al puente del arrabal y al este la puerta que da acceso a la coracha. Y otra puerta situada al sur en el adarve alto, protegida por su imponente torre albarrana. La muralla se asienta sobre un pronunciado meandro del río Lozoya, configurando a modo de península un triángulo escaleno. El río está actualmente retenido en el embalse de Puentes Viejas presentando actualmente una mayor anchura en su recorrido por Buitrago, pero antiguamente estaba encajado en un desfiladero con el río en su parte más baja, que actuaba como barrera defensiva natural por sus caras noreste, norte y noroeste.

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Entrada a la Villa bajo la Torre Albarrana

 

La muralla configura dos tramos bien diferenciados: la primera en los lados contiguos al río, la muralla está conformada únicamente por un adarve bajo. Y la segunda en los restantes flancos, la construcción es mucho más sólida y consistente, ante la ausencia de una defensa natural, esta parte consta de un adarve alto, alrededor del cual se articulan doce torres adosadas, una torre albarrana, una barbacana, un foso, un castillo y una coracha, entre otros elementos característicos de la arquitectura militar medieval.

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Alcázar de Buitrago con la Iglesia de Santa María del Castillo al fondo

Adarve bajo: se trata del tramo de muralla que transcurre paralelo al río Lozoya. Debido a las posibilidades defensivas que este río aporta, la muralla no excede de los 6 metros de altura y 2 metros de grosor. Tampoco se construyeron torres ni cubos, pues habrían sido innecesarios. Solo cuenta con una serie de contrafuertes en su flanco este, y almenado en todo su perímetro.

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Adarve bajo

Adarve alto: abarca los flancos sur y suroeste de la muralla. En esta parte la altura es más heterogénea, no bajando de 9 metros y alcanzando los 16 metros en la parte correspondiente a la Torre Albarrana. En estos flancos el espesor es de 3,5 metros y, por ser la zona más vulnerable del recinto, sí se introdujeron numerosos elementos defensivos: cuenta con torreones macizos, barbacana, foso, coracha, una torre albarrana y un alcázar. Los torreones macizos se conservan casi en su totalidad presentando la misma altura que los lienzos. La barbacana se conserva un tramo en el lado suroeste con alguna de sus torres sin sobrepasar los 4 metros de altura y los 2 metros de grosor. Del foso, aunque se conservan algunos tramos, el paso de los siglos ha provocado que solo sean visibles desde los sótanos de las viviendas contiguas a él. La coracha se trata de un apéndice de muralla que se introduce en el río y cuya función era cubrir el acceso al agua en caso de sitio; se trata de uno de los ejemplos más importantes y mejor conservados de toda Europa. La torre albarrana, también conocida como Torre del Reloj, consiste en un gran bastión que protege la entrada principal del recinto. De planta pentagonal, contiene un acceso en recodo con un arco doble de herradura hacia el interior y uno ojival hacia el exterior.

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Vista del flanco suroeste, adarve alto reforzado con torreones macizos y barbacanas

 

Elementos constructivos más importantes:

Adarve

Un adarve (del árabe «ad-darb» o, según otras fuentes, «adz-dzir-we» como ‘muro de fortaleza’), adarve, camino o paseo de ronda, es un pasillo estrecho situado sobre una muralla, protegido al exterior por un parapeto almenado, que permitía tanto hacer la ronda a los centinelas, como la distribución de defensores.

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Vista del Castillo y de los restos del Adarve alto sobre la muralla desde la Torre Albarrana

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Entrada a la Torre Albarrana desde el Adarve alto

Barbacana

Una barbacana es una estructura defensiva medieval que servía como soporte al muro de contorno o cualquier torre o fortificación, adelantada y aislada, situada sobre una puerta, poterna o puente que era utilizada con propósitos defensivos. Las barbacanas estaban por lo general situadas fuera de la línea principal de defensa y conectadas a los muros de la ciudad por un camino fortificado. Tal fortificación era a menudo sólo un terraplén adosado al muro junto a la zona más vulnerable de un castillo o de una plaza fuerte. Este sistema defensivo se difundió ya en el alto medievo prácticamente en toda Europa también por su relativa simplicidad de construcción.

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Barbacanas y torres Macizas en el Adarve alto

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Torreones y Barbacana desde la Torre Albarrana

Torre Albarrana o Torre del Reloj

Una torre albarrana es una torre que forma parte de un recinto fortificado con el que está comunicada, aunque generalmente exenta de la muralla​ y conectada a esta mediante un pequeño arco o puente, que pudiera ser destruido fácilmente en caso de que la torre cayese en manos del enemigo. Puede ir también adosada como gran baluarte pero en este caso es de mayor tamaño que las demás. Según la RAE, albarrana proviene de la palabra albarrán, y esta a su vez del árabe hispánico al-barrāna (‘la de fuera’).​ Sirve de atalaya pero también para hostigar al enemigo que intenta acercarse o rebasar la muralla.

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Torre Albarrana

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Torre Albarrana

 

 

 

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Torre Albarrana

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Entrada a la Villa bajo la Torre Albarrana

Coracha

Una coracha es una parte de la muralla que protege la comunicación entre una fortaleza y un punto concreto que no está lejos de dicha fortificación. Lo más común es que se utilice para proteger el acceso al lugar de suministro de agua cuando éste se encuentra fuera del recinto fortificado. La coracha suele terminar en una “torre del agua” que protege en su interior el pozo o la fuente de abastecimiento. A veces su adarve puede tener doble pretil, pues puede ser atacada por ambos flancos.

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Coracha

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Vista del río desde la puerta de la Coracha

Iglesia

La Iglesia de Santa María del Castillo fue concluida en el año 1321 y consta de una sola nave, de planta y alzados góticos. La entrada principal es de estilo gótico flamígero (siglos XV al XVII). La torre, de gran altura y esbeltez, es un bello ejemplar del estilo mudéjar. Del edificio original se mantienen los muros exteriores, la portada y la torre mudéjar, ya que fue incendiado el 14 de marzo de 1936 en el marco de la violencia anticlerical que precedió la Guerra Civil,​ hundiéndose en ese momento sus nervadas bóvedas de crucería. Actualmente, la nave de la iglesia está restaurada en estilo neomudéjar, y sobre el altar mayor se ha colocado el artesonado original del Hospital de San Salvador.

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Iglesia de Santa María del Castillo

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Iglesia de Santa María del Castillo

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Vista de la Iglesia y parte del Castillo desde la puerta de la Coracha

Castillo

El castillo de Buitrago del Lozoya es un conjunto arquitectónico gótico-mudéjar del siglo XV con planta rectangular, siete torres y un patio de armas central. Este recinto está enmarcado dentro de la muralla en su esquina sureste y cuenta con un foso que lo protegía de las invasiones. Las torres son todas diferentes entre sí, habiendo incluso una de planta pentagonal. El acceso se realiza por una puerta en forma de recodo que se sitúa bajo una de las torres.

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Vista del Castillo desde La Torre Albarrana

Su influencia árabe es evidente. Los materiales que se utilizaron para su construcción fueron el ladrillo, la cal y la piedra. Las torres presentan ladrillos colocados en bandas horizontales unidos por cal y enmarcados por bloques de piedra maciza. En los muros se utilizó el sillarejo, que es piedra labrada toscamente unida también con cal.

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Vista del Castillo y de la Torre Albarrana desde el Adarve Alto

Dentro del mismo castillo, son interesantes y dignos de mención los sistemas de cubrición mediante bóvedas constituidas por arcos de medio punto y por aproximación de hiladas, lo que le daba el toque decorativo al conjunto defensivo. El recinto además sirvió de palacio, por lo que también se adornó con yeserías y techumbres de gran calidad. Entre los personajes históricos que han residido entre sus muros cabe mencionar a Juana la Beltraneja, famosa por la guerra civil que mantuvo contra su tía Isabel la Católica.

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Castillo o Alcazar de Buitrago

El foso es una trinchera profunda, a veces llena de agua, excavada alrededor de una muralla o de un castillo para formar una barrera contra ataques a estas fortificaciones. Una fosa dificulta el acceso de las máquinas de asedio, como la torre de asedio o el ariete, que necesitan estar junto al muro para ser eficaces. Una característica muy importante es que dificulta mucho los intentos de minar los cimientos de los muros mediante túneles con vista a colapsarlos, por una parte obligando a profundizar más en la excavación y en caso de haber agua, esta inundaría esos túneles o causaría que se tuvieran que reforzar mucho. Actualmente no se puede apreciar en Buitrago, pero existen sus vestigios bajo las viviendas construidas en la parte exterior del Adarve alto de la parte sur de la muralla.

 

 

 

Somosierra, Napoleón y la chorrera de los Litueros

Somosierra ha sido desde la antigüedad uno de los lugares de paso obligado para todo aquel que pretendía atravesar el sistema central de la península ibérica. Su nombre proviene de Somo de la Sierra, usado en la Edad Media y que significa “en lo más alto de la sierra”. Puede hacer referencia al puerto, a la sierra, al municipio o a la famosa batalla que tuvo lugar en este sitio.

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Vista de la vertiente norte del puerto de Somosierra desde la ladera Oeste de Peña Cebollera

 

Puerto y sierra de Somosierra

El puerto de Somosierra es un paso de montaña situado dentro del Sistema Central de la península ibérica, que sirve como lugar de paso entre la submeseta norte y la submeseta sur. Este paso de montaña pertenece al municipio madrileño de Somosierra. Por debajo del puerto, que tiene una altitud de 1440 msnm, se encuentra la autovía nacional A-1, que atraviesa la sierra a través de un túnel, en los últimos metros de ascensión. Esta carretera, une la provincia de Segovia, situada al norte de la cadena montañosa, con la provincia de Madrid, situada al sur. El valle por el que discurre este puerto de montaña, también hace de límite entre la sierra de Somosierra, que queda al oeste, y la sierra de Ayllón, al este. Peña Cebollera (sierra de Ayllón) es la montaña más alta de esta zona montañosa, con una altitud de 2129 metros. En ella nace el río Duratón que discurre por el valle paralelo a la carretera del puerto camino de Segovia. Destacando las llamadas chorreras de los Litueros, donde el recién nacido río Duratón se despeña en una sucesión de varias cascadas dignas de ser visitadas.

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Chorrera de Los Litueros

 

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Chorrera de Los Litueros

 

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Chorrera de Los Litueros

 

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Chorrera de los Litueros

 

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Chorrera de los Litueros

 

Este puerto de montaña ha sido un lugar estratégico de gran importancia en muchas de las contiendas bélicas acontecidas a lo largo de la historia de España. Durante la ocupación musulmana de la península ibérica pertenecía a la llamada Tierra Media o tierra de nadie, y durante un largo periodo de tiempo separaba las tierras cristianas situadas al Norte, de la zona de influencia musulmana situada al sur, así lo atestiguan las atalayas árabes que vigilaban desde lejos este paso de montaña en la defensa de importantes plazas musulmanas (Buitrago del Lozoya, Torrelaguna y Talamanca del Jarama) de posibles incursiones cristianas. Posteriormente se libró la famosa batalla de Somosierra entre el Ejército español y el ejército francés de Napoleón en 1808, durante la Guerra de la Independencia Española. En la batalla de Somosierra las tropas de Napoleón, tras derrotar a las tropas españolas que guarnecían el puerto, abrieron el camino hacia Madrid.

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Chorrera de Los Litueros

Más recientemente, durante la guerra civil, las tropas rebeldes de Franco ocuparon estas posiciones en su ofensiva hacia Madrid por el Norte, quedando establecido el frente unos kilómetros mas al sur, en el llamado “Frente del agua”, que duraría toda la contienda civil por el control de las aguas del Lozoya. En los pueblos de Buitrago del Lozoya, Piñuécar-Gandullas, Prádena del Rincón, Paredes de Buitrago y Mangirón hay una serie de construcciones militares (nidos de ametralladoras, parapetos, observatorios, fortines y trincheras) que defendieron el acceso al agua de los habitantes de Madrid, los embalses madrileños del norte de la Comunidad eran una fuente vital de abastecimiento y esta zona fue línea de frente durante la Guerra Civil.

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Río Duratón en el puerto de Somosierra

 

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Río Duratón en el puerto de Somosierra

Municipio de Somosierra

Somosierra es un pequeño municipio madrileño situado 90 kilómetros al norte de Madrid, circulando por la A-1. Se encuentra situado en el puerto de montaña del mismo nombre (siendo éste el único caso en el que ambas laderas de la sierra pertenecen a un mismo municipio), es el último pueblo de la comunidad de Madrid por el norte, a una altitud de 1433 metros sobre el nivel del mar.​ Es por tanto ésta la primera localidad de mayor altitud de la Comunidad de Madrid y la más septentrional de la comunidad autónoma.

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Somosierra

 

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Iglesia Parroquial de Santa María de las Nieves

 

Su vida se ha desarrollado principalmente gracias al comercio y los servicios que han ofrecido a los viajeros que cruzaban este paso de montaña. Somosierra pertenece a la Sierra Norte de Madrid, y como en la mayoría de las localidades de la zona, se ha desarrollado el turismo rural como alternativa de vida para sus habitantes.

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Mesón La Conce, hoy en día cerrado, antiguamente una parada obligada para camioneros y viajantes.

 

La Batalla de Somosierra.

En la mañana del 30 de Noviembre de 1808 tuvo lugar la llamada batalla de Somosierra. Fue un enfrentamiento entre las tropas españolas, y las fuerzas francesas del Grande Armée de Napoleón, que además contaba con el decisivo apoyo de la caballería polaca, durante la Guerra de la Independencia Española. La batalla adquirió tintes épicos en el transcurso de la misma, se la considera como el mayor éxito de la caballería polaca de todos los tiempos.

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Ermita de Nuestra Señor de la Soledad

 

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Esta carga que la caballería polaca llevó a cabo aquel día, hizo que el propio Emperador impusiera al oficial al mando de la misma la Orden de la Legión de Honor en el mismo escenario del combate, e incluso hoy, el lugar de la batalla es recordado con una placa conmemorativa colocada por la República de Polonia y por otra placa que recuerda a todos los caídos en esta batalla, españoles y polacos, en la ermita que hoy se levanta en el lugar donde concluyó la batalla. La noche siguiente, Buitrago se convertiría en el cuartel general del ejército francés. El propio Napoleón se hospedó en esta localidad de la sierra madrileña.

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Atril conmemorativo de la Batalla de Somosierra

 

El ejército de Napoleón se vio bloqueado durante su avance a Madrid en el valle de Somosierra por unos 9000 españoles, procedentes de algunas divisiones de los ejércitos de Extremadura, Andalucía y Castilla,​ recién incorporados al Ejército del Centro y bajo el mando del general San Juan.

Ante el avance de los 45 000 hombres del Grande Armée, la fuerza armada más poderosa del mundo en aquella época, el militar encargado para la defensa de Madrid fue el general Eguía, que disponía de unos 21 000 hombres con poca experiencia o disciplina. Eguía envió al general San Juan al mando de unos 12 000 hombres al puerto de Somosierra, la entrada más directa a Madrid. A su vez, San Juan envió a unos 3000 hombres a Sepúlveda, a 30 kilómetros de Somosierra, y estableció otra barricada, formado por unos cientos de milicias en Cerezo de Abajo, a unos 10 km al Norte de Somosierra. A lo largo de un camino ascendente habían sido situadas cuatro baterías de cuatro cañones de 12 libras cada una para batir a la infantería francesa durante el ascenso hacia el puerto de montaña. Por otra parte, Eguía envió unos 9000 hombres del Ejército de Extremadura al mando del general Heredia, para proteger el puerto de Guadarrama, unos 100 kilómetros al oeste, otra eventual vía del Sistema Central por la que Napoleón podría avanzar hacia Madrid.

Napoleón ordenó al mariscal Victor, al mando de la vanguardia que atacara el puerto al amanecer del día 30. La mañana trajo una densa niebla que no se levantaría hasta mediodía. El desigual duelo artillero que se trabó en las primeras horas de la batalla puso de manifiesto que el fuego francés de contrabatería era algo completamente ineficaz a la hora de tomar la posición española. Las baterías españolas, además de bien servidas, eran muy superiores en alcance y potencia a sus contrapartes francesas, que solo contaban con artillería de campaña de un calibre de 6 y 8 libras. No obstante, la posición de las baterías españolas no se había protegido por obras, tierra, parapetos, caballos de frisia, cestones, ni ninguna otra previsión que pudiera estorbar un avance directo y decidido hacia ellas, error que después se demostraría clave en el desenlace de la batalla.

Ante las evidentes dificultades al flanqueo de la posición gracias al buen trabajo de la infantería española, apoyada por guerrillas y milicias, Napoleón, impaciente, ordenó avanzar por el estrecho desfiladero a sucesivas columnas de infantería de línea, que fueron martilleadas por el constante fuego de las baterías españolas causando la metralla una auténtica carnicería que obligó a retroceder una y otra vez a los regimientos de línea franceses. El estrecho puente que necesariamente tenían que cruzar los franceses antes de poder desplegar sus regimientos en línea de fuego hacía muy dificultoso el avance bajo el fuego de la artillería española. Decididamente San Juan había elegido un terreno excelente para plantear una batalla defensiva. La jornada avanzaba, eran las 11 de la mañana y al levantar la niebla Napoleón constató lo difícil y costoso que estaba resultando el ataque. Como era típico en él, ordenó otro ataque frontal, en este caso una carga a la compañía de Cazadores a Caballo que le acompañaba como escolta. Esta carga fue deshecha por la artillería española a poco de comenzar, con grandes pérdidas. Es entonces cuando al parecer se recurrió al Tercer Escuadrón del Regimiento de Caballería Ligera Polaca de la División de Caballería de Lasalle, ese día de servicio junto al emperador. Eran 150 jinetes liderados por Jan Kozietulski, que recibieron la orden de tomar a toda costa las posiciones fortificadas de artillería española. Napoleón dio la orden a pesar del distinto parecer de sus asesores, que juzgaban imposible tomar la posición con una carga directa. Los polacos, deseosos de demostrar su valía ante el emperador, se lanzaron a la carga a través del puente, y después por un camino ascendente de fuerte pendiente. A pesar de la pérdida de dos tercios de los jinetes, éstos consiguieron que los españoles perdieran su posición defensiva y les obligaron a retirarse del paso con ayuda de la División de Dragones de La Houssaye, que cargó en apoyo de los polacos.

Resulta difícilmente comprensible desde un punto de vista táctico que el ejército español perdiera de esa forma una batalla en una posición tan ventajosa. La carga suicida de la caballería polaca, por entonces todavía armados con sables, contaba con pocas posibilidades, a poco que la posición se hubiera apoyado algo más decididamente con defensas pasivas, unidades de infantería de línea o unidades ligeras de caballería. Según testimonios de los jinetes, aun a pesar de que la carga alcanzó las piezas de la primera batería, los polacos dudaban de continuarla al comprobar el coste en vidas que habían tenido que pagar y lo terrible de la carnicería. No obstante, los supervivientes dijeron que la alocada huida de los españoles les animó a proseguir hasta que, sorprendidos, se vieron dueños de toda la posición artillera. Sin duda, las tropas españolas que fueron desplegadas en Somosierra no tenían mucha experiencia, y se ha comprobado que en gran medida estaban compuestas de soldados sin la debida instrucción y de voluntarios: San Juan disponía de seis batallones de tropa regular, dos batallones de milicias y siete batallones de hombres de alistamiento. Además, la moral de los españoles estaba bajo mínimos debido a la escasez de medios, a las derrotas de fechas recientes, al aura de la presencia de Napoleón en persona y también a la desunión del mando propio. Muchos factores que influyeron en que una acción con tan pocas probabilidades acabara teniendo tan rotundo éxito. No obstante, ni siquiera estos factores eximen de responsabilidad a los mandos españoles, que con mayor previsión habrían podido evitar una acción que no volvió a intentarse con éxito en la historia militar.

Por otra parte, la acción francesa puede considerarse igualmente precipitada, pues lo más probable es que aumentando la presión sobre los flancos españoles, estos habrían terminado por ceder ante las más numerosas y más disciplinadas fuerzas francesas. Pero Napoleón era impaciente por naturaleza y ante todo no deseaba prolongar la batalla y mucho menos permitir que la llegada de la noche permitiera a los españoles reforzar sus posiciones.

Navarredonda, San Mamés y su famosa Chorrera

La Chorrera de San Mamés es un salto de agua situado en la parte Norte del término municipal de Navarredonda y San Mamés, en la vertiente sureste de la sierra de Guadarrama, en el Norte de la Comunidad de Madrid, a poco más de 80 kilómetros de la capital. Esta Chorrera pertenece al arroyo del Chorro que vierte sus aguas al río Lozoya en el embalse de Riosequillo a la altura de Pinilla de Buitrago. Tiene una altura de treinta metros y está situada a una altura de 1470 metros sobre el nivel del mar. El agua se despeña por un accidente rocoso que forma un claro en bosque de pinos silvestres al pie de la ladera del Lomo Gordo, de 2075 metros y que es visible a varios kilómetros de distancia.

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Para llegar a la Chorrera existen dos opciones; la primera partiendo del núcleo urbano de San Mamés y la segunda partiendo de Navarredonda. En ambos casos las rutas se juntan en el tramo final de la pista forestal que atraviesa el pinar de repoblación y que lleva finalmente a la cascada de referencia. Partiremos de San Mamés para volver por Navarredonda y poder contemplar toda la belleza natural que alberga esta zona de la sierra de Guadarrama. Iniciamos la ruta en la Ermita de San Mamés, cruzamos la carretera y nos adentramos por un camino que se dirige al Norte, según vamos dejando atrás las últimas construcciones nos encontramos a la derecha con la Quesería de Santo Mamés, donde merece la pena hacer una parada para degustar alguno de sus excelentes quesos artesanales. Además el propietario tuvo el detalle de ofrecernos una pequeña exposición del proceso de elaboración de tan rico manjar.

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El camino sigue siempre con una ligera pendiente ascendente entre algunas fincas ganaderas y nos adentramos entre los primeros robledales donde se pueden apreciar claros en el bosque consecuencia de la intensa actividad de carboneo que siempre ha existido en esta zona. La pendiente va aumentando según avanzamos y nos adentramos en la sierra, pronto veremos de frente el pinar (pino silvestre) de repoblación que es el protagonista de las zonas más altas de la sierra de Guadarrama. A la izquierda del camino y en el fondo del valle podemos ver discurrir el arroyo del Chorro que siempre nos acompañará a un par de centenas de metros, aunque lo perderemos de vista al entrar en el pinar.

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A la entrada del pinar cruzamos una valla y dejamos atrás una construcción que sirvió de casa del guarda y probablemente de almacén y refugio en la época de la repoblación arbórea del monte. Continuamos por la pista forestal atravesando el bosque de pinos hasta llegar a un desvío señalizado que nos indica el camino a seguir para llegar a La Chorrera.

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Tras un pequeño tramo llegaremos al final de la pista forestal, donde tras atravesar un pequeño arroyo, continuaremos por un pequeño sendero donde la pendiente se hace más pronunciada. Salimos del pinar para atravesar un piornal y al coronar una pequeña cuesta entre piedras tendremos a la vista la chorrera de San Mames.

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Para regresar tomamos el mismo camino desandando nuestros pasos, tras entrar en el pinar y cruzar el arroyo que hemos citado antes, a unos doscientos metros caminando por la pista forestal, tenemos que fijarnos en un pequeño sendero a la derecha de la pista que nos bajará zigzagueando a través del pinar hasta el mismo arroyo del Chorro, cruzaremos por un pequeño puente (o más bien un vado) construido con lajas de piedra. Seguimos por el sendero siguiendo el curso del arroyo y pronto nos encontraremos con una puerta en la valla que delimita el pinar.

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El sendero continua primero por praderas y después entre robledales, hasta terminar en una vía pecuaria que nos lleva directos al final de la ruta en Navarredonda.

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Navarredonda y San Mamés

Navarredonda y San Mamés es un municipio formado por dos núcleos urbanos, situado al Norte de la Comunidad de Madrid y en la ladera sur de la sierra de Guadarrama. Según parece la historia de este municipio se remonta a la época de la reconquista. Como en el caso de Villavieja del Lozoya, se cree que los primeros asentamientos son de origen árabe en el siglo XI. Pero será a finales del siglo XII, coincidiendo con el avance de los cristianos hacia Toledo, cuando se produce un repoblamiento de la zona con pastores llegados de Segovia y más concretamente de Sepúlveda, que fundarán los primeros núcleos urbanos de esta zona del valle del Lozoya a partir de la construcción de las primeras ermitas. En este tiempo la actividad se centra en una economía de subsistencia, dedicándose sus gentes fundamentalmente a la explotación maderera, el carboneo, la agricultura y la ganadería. Existe un gran vacío en la historia del municipio, de tal manera que los primeros datos fiables se remontan al siglo XVI, que figuran en el catastro del Marqués de la Ensenada, actualmente guardado en el Castillo de Chinchón. En este catastro se catalogan las tierras y las gentes que las explotaban. A mediados del siglo XIX Navarredonda incorpora a San Mamés y ya en el siglo XX las informaciones nos remiten al periodo de la guerra civil española. Segú parece, en Navarredonda se estableció un puesto de mando republicano, mientras que en los cercanos pueblos de La Serna o Braojos estaban las posiciones franquistas, formando parte del denominado frente del agua por el control del río Lozoya de importante valor estratégico, ya que suministra de agua a Madrid. Este frente se mantuvo durante toda la guerra, el bando franquista no pudo avanzar más hacia el sur, convirtiéndose Buitrago en una plaza de gran importancia durante todo el conflicto civil. Al parecer la iglesia de Navarredonda fue utilizada como puesto de mando republicano, motivo por el que fue bombardeada en la contienda y reconstruida años después en 1962.

En 1936 el municipio de Navarredonda y San Mamés estaba gobernado por el alcalde “Tío Carolo”, simpatizante de la derecha política. Cuando los rojos se establecieron en el pueblo quisieron asesinarle, pero algunos mozos republicanos oriundos de Navarredonda lo evitaron al hacerse responsables de él, salvándole la vida.
Tras la victoria de las tropas franquistas algunos de los habitantes de esta zona fueron llevados a campos de concentración. El “Tío Carolo” envió cartas a los dirigentes políticos y consiguió que algunos de los presos fueran liberados.

Después de este periodo devastador se reconstruyeron las casas y edificios que habían resultado dañados, además se edificaron el ayuntamiento y las escuelas y se incorporó un moderno sistema de alcantarillado y agua corriente en torno a 1974.

 

Ayuntamiento

Está situado en la plaza principal del núcleo de Navarredonda. Fue construido en la posguerra por el organismo público Regiones Devastadas. El edificio se compone de dos plantas. Aunque al principio ambas se utilizaban como ayuntamiento y como iglesia improvisada, en la actualidad hay situado en la parte inferior el bar “La Ronda”, el único que aún sigue en funcionamiento. En la parte superior existen varias salas empleadas para reuniones y como almacén de los archivos oficiales.

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La ermita de San Mamés

Situada a las afueras del núcleo, la ermita de San Mamés llegó a convertirse en el templo de mayor importancia del entorno. Su exterior es de mampostería y ladrillo, y bajo el alero del ábside, han sido trazados juegos decorativos en los ladrillos. En la parte sur de la iglesia encontramos un pequeño jardín que precede la entrada que se cobija bajo un pórtico; junto a él puede verse un pequeño cementerio. En el interior, la decoración está formada por un conjunto de pinturas murales modernas de estilo neo románico. Según algunas fuentes, se comenta que fue el escenario de la coronación de la reina de Castilla Juana la Loca.

La Iglesia de San Miguel Arcángel

Situada en Navarredonda pero fuera de su plaza principal, resultó seriamente dañada durante la Guerra Civil Española, pero fue reconstruida en 1962. Posteriormente ha sufrido otra reforma. De la fachada original de la iglesia ya solamente se conserva el ábside semicircular románico.

 

 

La Ermita de Santiago y … Juana “La Beltraneja” o “La Excelente Senhora”

Esta ermita en ruinas, a la que solo parecen hacer caso las cigüeñas que anidan sobre su espadaña, fue escenario de un acuerdo firmado entre los reinos de Castilla y Francia hace más de cinco siglos, mediante el que se quiso nombrar a una reina y unir dos naciones. La historia tomaría otros derroteros.

 

Diversas vistas de la Ermita de Santiago (Gargantilla del Lozoya)

Hacia el 1470, Enrique IV, apodado por sus adversarios “El Impotente” por su manifiesta dejación conyugal, había nombrado heredera a su única hija Juana. Una parte importante de los nobles castellanos no lo aceptaron, pues sostenían que Juana no era hija del rey, sino de su favorito Beltrán de la Cueva. Por eso el mote de “La Beltraneja”.

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Vista de Gargantilla del Lozoya desde el camino de la Ermita

 

Al parecer era falso, pues Beltrán no se encontraba con Juana de Portugal cuando pudo producirse el encuentro carnal. En cualquier caso, Enrique IV, obligado por la nobleza, firmó el Tratado de los Toros de Guisando, a los pies de la sierra de Gredos, por el que nombraba a su hermana Isabel heredera del trono, siempre que se casara con quien eligiese el rey. No debió quedar muy conforme, pues un par de años después se opuso a su hermana y a quienes la defendían, apostando de nuevo por Juana.

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Prados y bosques de fresnos de Valdelozoya

 

Isabel se casó en secreto con su primo Fernando de Aragón, lo que hizo que Enrique IV pactara con la corona francesa que su hija se casara con el duque de Guyena, revocando el pacto de Guisando. El 26 de octubre de 1470, los embajadores franceses, entre los que estaba el cardenal de Albi, y los nobles castellanos prestaron juramento de fidelidad a Juana como heredera legítima de la corona de Castilla. Según algunas fuentes, Enrique IV hizo testamento a favor de su única heredera, pero nunca apareció, siendo destruido al parecer por Fernando el Católico, tras la muerte de Isabel.

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Prados y bosques de Valdelozoya

 

Cuatro años después murió Enrique IV, resucitando el enfrentamiento entre los partidarios de Juana e Isabel. Vencieron los segundos, a pesar de que los primeros se aliaron con el poderoso reino de Portugal, a donde desheredada y despojada de todos sus títulos, Juana se retiró a un convento el resto de sus días.

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Prado de la Viña

 

Según cuentan las crónicas, esta Ermita de Santiago (Gargantilla del Lozoya) fue el sitio elegido por ser el punto intermedio entre Buitrago de Lozoya, donde durmieron los castellanos, y el Monasterio del Paular, donde descansaron los franceses. La ermita era un importante epicentro del poderoso tercio de Santiago.

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Prado de la Viña

 

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Prado de la Viña

 

La aldea en torno a la Iglesia de Santiago. Tercio de Santiago. Un lugar de Valdelozoya. Don Moxe de Cuellar.

Durante el S.XII y hasta el 1390 existió un asentamiento ahora despoblado, situado en el actual término municipal de Gargantilla del Lozoya en la Comunidad Autónoma de Madrid, y en el que como vestigio de lo que fue, aún se levantan las paredes y la espadaña de la Iglesia de Santiago.

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A finales del siglo X y durante los cien años siguientes, el Valdelozoya es un territorio de nadie en el que se sucedían enfrentamientos y escaramuzas. En el 1085 los señoríos segovianos conquistan este territorio en su avance hacia Magerit y Toledo, iniciándose un proceso de cristianización con la construcción de pequeñas Iglesias en los bosques de robles, lo cual daría lugar a los primeros asentamientos donde cohabitaron mudéjares, cristianos y judíos.

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Estas Iglesias no solo eran lugares de culto, el tañido de sus campanas marcaba las horas del día, también era una forma de control de una población diseminada formada por colonos llegados del Norte, fundamentalmente de Segovia y Navarra.

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Aquellas primeras edificaciones hechas con materiales constructivos muy simples de adobe y madera desaparecen, y sobre sus cimientos, ya en el siglo XII se levantan nuevos templos de piedra y ladrillo siguiendo el estilo “mudéjar”. De aquel momento quedan las Iglesias de San Mamés, Navarredonda, Villavieja y Santiago. Gargantilla se fundará cuatro siglos después.

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Según las crónicas históricas estas tierras eran conocidas como “Tercio de Santiago”. En 1470, la Heredad de Santiago era propiedad de Don Moisés de Cuellar (Moxe o Mose en hebreo), siendo el “Prado de la Viña” uno de los pagos que lo comprenden, que son parte de los prados que rodean la Iglesia de Santiago y al que los historiadores se refieren como “un lugar de Valdelozoya”.

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Arroyo de Santiago

 

Habría que imaginarse unos territorios en los que solamente la luz del sol y la campana de la Iglesia, desde el amanecer hasta el ocaso, marcaba la actividad cotidiana de sus pobladores, musulmanes, judíos y cristianos, todos nacidos en estas tierras. Los oficios de aquel momento eran los relacionados con las labores del campo y la supervivencia; la cantería, tejería, carboneo, herrería, cestería, odrería, cerería, pergaminería, platería, arriería.

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Ranúnculos acuáticos en el arroyo de Santiago

 

Hasta 1492 se mantuvieron en pie pequeñas construcciones utilizadas para cobijar el ganado, y a los aparteros y cuidadores que estaban al servicio de Don Moxe Cuellar, propietario de todas estas tierras, y una de las personas más ricas y poderosas de todo el Valle del Lozoya. La Heredad se encontraba limitada por los montes circundantes, en el “Exido de la Aldehuela”, y el cauce natural del río Lozoya, al que sus pobladores se referían como “el río mayor”. Distaba cuatro leguas del Castillo de Buitrago de Lozoya, propiedad y residencia de los Duques del Infantado, título nobiliario que ostentaría la Casa de Mendoza. En un inventario encargado por estos, se confirmaba a la Heredad de Santiago como un núcleo de población hasta 1390, pasando a ser caserío propiedad de Moxe Cuellar hasta 1492, fecha en la que los judíos fueron expulsados por los reyes católicos. En el entorno de la Ermita, según el dicho inventario: … “ay en la heredad tres pares de casas donde biven los quinteros e pastores e donde queseavan e unas casas que dicen de la cuadra donde come el ganado de invierno e encierran yerba” … “unas casas fechas nuevas en que lavava su lanas … Mose e los otros judíos de Buitrago que es todo dentro de la heredad” … Había un lavadero de lana para uso exclusivo de judíos, lo que indica la gran cabaña que poseía y como en ese momento el ganado lanar representaba uno de los mayores ejes del comercio existente, se puede afirmar que, junto al Duque del Infantado, ambos formaban una “oligarquía ganadera”.

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Arroyo de Santiago

 

El prestigioso geógrafo Al-Idrisi describió esta zona… “en los altos montes llamados Al-Sarat situados a alguna distancia al norte de Toledo pastan grandes rebaños de ovejas y vacas que los mercados de ganado venden en puntos lejanos y cuya fama es proverbialmente conocida”. Las propiedades de Don Moxe se extendían también a las poblaciones vecinas de Pinilla y Villavieja, lo que la convertían en una de las mayores haciendas comprendidas en los límites del Infantado.

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Arroyo de Santiago

 

Existía un camino que partía de la Villa de Buitrago, de la cual dependía toda la comarca, que bordeando el Lozoya atravesaba todo el valle, hasta la cartuja de El Paular. El “Camino del Cartero”, vía de comunicación histórica que discurría junto al río desde Buitrago al pueblo de Lozoya, atravesaba por un pequeño puente ya desaparecido al construirse la presa de Riosequillo y continuaba cruzando el arroyo Buitraguillo por el puente de Cal y Canto, ya en tierras de Villavieja donde aún subsiste la espadaña de la ermita de la Trinidad. La subida valle arriba continuaba por el margen derecho hasta llegar a Pinilla de Buitrago y posteriormente a la Heredad de Santiago, lugar en el que se encontraba el lavadero de lanas de Moxe Cuellar, en el Valdelozoya, continuando su trazado hasta el Monasterio de Santa María de El Paular y el puerto de Malagosto, así como el de la Fuenfría, conocido por las andanzas del Marqués de Santillana. Esta senda de herradura desapareció en algunos tramos de su recorrido bajo las aguas de los embalses de Pinilla y Riosequillo. Llegada la noche los caminos se hacían inhóspitos y peligrosos por la abundancia de alimañas y los asaltacaminos. En invierno las nieves dejaban incomunicadas las aldeas de Valdelozoya.

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Arroyo de Santiago

 

Según los apuntes históricos, en este lugar existió hasta 1390 una pequeña aldea llamada Santiago, de la cual solo quedan los restos de la Iglesia. La Iglesia está construida con piedra y ladrillo en la que resalta majestuosa su hermosa espadaña, el ábside y el arco apuntado son de estilo mudéjar, y la portada es de estilo gótico mudéjar. En la fachada oeste, se pueden observar a la puesta de sol una serie de inscripciones de carácter funerario. Debió de ser a lo largo del siglo XVII, cuando se fue produciendo el expolio de la pila bautismal y las campanas hasta llegar hasta el estado actual de ruina. Hacia 1785 el párroco de la Iglesia de San Benito de Gargantilla describe las ruinas con su torre y sus dos troneras para las campanas y en su inmediación se ven ruinas y cimientos.

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Iglesia de San Benito, Gargantilla del Lozoya

 

Es en este escenario donde se produce el encuentro del monarca Enrique IV y el séquito que acompañaba a la niña Juana con la embajada francesa el 26 de Octubre de 1470. Se oficia una singular ceremonia en la que los nobles castellano juran a la Princesa Juana como legítima heredera al trono, oficiándose las capitulaciones matrimoniales entre el Conde de Boulogne, que representa al Duque de Guyena, hermano del rey Luis XI de Francia y la hija del rey Enrique IV de Castilla.

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Gargantilla reclama su lugar dentro de la historia

 

Unos apuntes históricos de la época de los Trastámara.

 

Doña Juana de Trastámara “La excelente senhora”.

La figura que pudo ser reina, aparece en los anales de la historia de Gargantilla del Lozoya. Conocida como “La Beltraneja”, hija de Enrique IV y Juana de Portugal, era la legítima heredera del trono de Castilla, ya que fue jurada como Princesa de Asturias en las Cortes de Madrid. Pero las intrigas, ambiciones y maldicencias de la nobleza impidieron su ascenso al trono de Castilla. De no haber sido así, el término de Santiago habría marcado un hito importante en la historia de España.

En Portugal le fue concedido el título de Excelente Senhora”. En ciertos documentos Juana firma como “Yo, la Reina” y timbra con su blasón acompañado del lema “Memoria de mi derecho”.

Puesta bajo la protección de Don Íñigo López de Mendoza y Figueroa por su padre el rey, en el castillo de Buitrago, este defendió siempre su causa.

Casada por poderes a la edad de ocho años, el día 26 de Octubre de 1470, con el Duque de Guyena, hermano del rey de Francia Luis XI, en el prado de la Viña, junto al actual cementerio de Gargantilla del Lozoya.

En este mismo acto se anuló el Pacto de Guisando, mediante el cual se consideraba Princesa heredera a Isabel, hermana del rey Enrique IV.

El nacimiento de Juana, el 21 de Febrero de 1462, se recibió con alegría por todos, reconociéndola como Princesa de Asturias y como legítima heredera de la corona de Castilla, incluso por los dos hermanos de Enrique IV, Alfonso e Isabel, que hasta ese momento habían sido candidatos al trono.

Isabel actuó como madrina en su bautismo y el Marqués de Villena lo hizo como padrino. Pero el rey que seguía impulsando la figura de Don Beltrán de la Cueva, provocando la ira del Marques de Villena, el cual calumnió a toda la familia Real, afirmando que la Princesa Juana no era hija del Rey, sino de Beltrán de la Cueva. La acusación causó un efecto inmediato y se extendió por todo el reino de Castilla, valiéndole a Juana el injusto apodo de “La Beltraneja”.

Tras la muerte de Enrique IV en 1474 se proclama reina Isabel, pero su sobrina Juana se enfrenta y comienza una cruel guerra de sucesión.

Juana contaba con doce años e Isabel con veintitrés, y en 1475, en plena contienda, Juana contrajo matrimonio con su tío el rey Alfonso V de Portugal, que tenía 43 años. En ese momento hay en Castilla dos reinas, pero en 1479 terminan venciendo los partidarios de Isabel, que además eran mayoría, tras firmar el tratado de Alcazovas, Juana se ve obligada a renuciar al trono de Castilla, teniendo que marchar a Portugal, abandonando su país. La legítima reina de Castilla eligió la vida espiritual y desde 1480 aquella pequeña niña que se había casado ya dos veces fue una monja más en el Convento de Santa Clara de Coimbra. El rey de Portugal le permitió vivir en un palacio de Lisboa desde el año 1500, rodeada de una pequeña corte, hasta el año de su muerte en 1530. Fernando el Católico, al quedar viudo en 1504, y para impedir que en Castilla reinase Felipe el Hermoso, pensó en casarse con su sobrina Juana y así reforzar su posición en Castilla, pero Juana lo rechazó.

Con los datos existentes sería lógico reequilibrar la historia, y sin merma del prestigio de los Reyes Católicos conceder a los otros personajes el lugar que merecen. Seguir llamando a este personaje “La Beltraneja” es injusto, dado que el apodo es producto de luchas y envidias por conseguir el poder, además de ser falso.

Isabel I de Castilla.

Isabel I de Castillla (1451-1504) fue reina de Castilla desde 1474 hasta 1504, reina consorte de Sicilia desde 1469 y de Aragón desde 1479,​ por su matrimonio con Fernando de Aragón. Se la conoce también como «Isabel la Católica», título que les fue otorgado a ella y a su marido por el papa Alejandro VI mediante la bula “Si convenit”, el 19 de diciembre de 1496.​ Es por lo que se conoce a la pareja real con el nombre de Reyes Católicos.

Se casó el 19 de octubre de 1469 con el príncipe Fernando de Aragón. Por el hecho de ser primos segundos necesitaban una bula papal de dispensa que solo consiguieron de Sixto IV a través de su enviado el cardenal Rodrigo Borgia en 1472. Ella y su esposo Fernando conquistaron el reino nazarí de Granada y participaron en una red de alianzas matrimoniales que hicieron que su nieto, Carlos, heredase las coronas de Castilla y de Aragón, así como otros territorios europeos, y se convirtiese en emperador del Sacro Imperio Romano.

Enrique IV de Trastámara.

Accedió al trono de Castilla a la edad de veintinueve años en 1454. Amante de la música, culto y respetuoso con los que le rodeaban, siguió con la tradición de los Trastámara y fue el gran ideólogo de una monarquía-estado.

Su reinado duró dos décadas, la primera década fue un periodo de tranquilidad social y de autoridad indiscutida, su prestigio es reconocido dentro y fuera del reino. Pero no así en la segunda década, en la que se enfrenta a la nobleza y sobre todo a Juan Pacheco, Marqués de Villena. Una consecuencia es la firma de los pactos de Guisando, de los que no hay documentación, en los que se reconoce a su hermana Isabel como heredera del trono, aunque dos años después los invalida aquí, en la iglesia de Santiago.

Don Beltrán de la Cueva.

Enrique IV, con el fin de contrarrestar la influencia a la que se ve sometido por el favorito Juan Pacheco, marques de Villena, hace venir al joven hidalgo de Úbeda y le concede el título de Conde, además consigue del Marqués de Santillana la entrega de su hija Mencia de Mendoza en matrimonio. De esta manera el joven Don Beltrán consigue emparentar con el linaje de Mendoza, una de las familias más poderosas del reino. Su ascenso se debió a la determinación de Enrique IV de encontrar la lealtad en hombres nuevos. Esto le genera poderosos enemigos que encuentran su mejor arma en la difamación. La decadente nobleza castellana y el favorito, de manera insidiosa se encargarán de correr la voz haciéndole pasar por el padre de Doña Juana, desde entonces esta fue injustamente apodada como “La Beltraneja”.

Don Juan Pacheco, Marques de Villena.

Don Juan Pacheco es considerado como uno de los personajes más intrigantes del reinado de Enrique IV. Puesto al servicio del Infante don Enrique, cuando aún era príncipe de Asturias supo ganarse su voluntad y desde 1440 fomentó las intrigas del príncipe contra su padre Juan II y su valido (Álvaro de Luna).

El Marqués de Villena, convertido en favorito de Enrique IV, domina el Consejo Real, plataforma que sólo utilizó para enriquecerse. Tras la muerte del Infante Alfonso fue el artífice de la Concordia de los Toros de Guisando (18 de Septiembre de 1468), por la que Enrique IV reconocía como heredera del reino a su hermana Isabel, en lugar de su hija Juana (La Beltraneja).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“La Tumba del Moro”

La Tumba del Moro es una pequeña necrópolis paleocristiana de origen visigodo situada en el sureste del Cerro de la Cabeza, en el término municipal de La Cabrera (Madrid). Guarda gran similitud con otros enterramientos cercanos documentados en la región, como el yacimiento de Sieteiglesias y como el yacimiento del cerro de la Oliva de Patones. En la necrópolis encontramos varias tumbas simples en forma de cista, delimitadas por lajas de piedra hincadas en el suelo y cubiertas por otras lajas más grandes colocadas horizontalmente sobre las anteriores que cubren las sepulturas. La más llamativa de todas, es una única tumba antropomorfa tallada directamente sobre un afloramiento granítico, de los múltiples que conforman esta zona de la sierra de La Cabrera.

IMG_4771 copiaLos yacimientos arqueológicos hallados en los alrededores de La Cabrera demuestran la presencia más o menos estable de comunidades humanas desde mucho antes de la ocupación romana de la península ibérica, primitivos celtas de la edad del bronce en el Cancho Gordo y carpetanos de la edad del hierro en el cerro de la cabeza. Patrimonio declaró en 1989 el municipio de La Cabrera como Bien de Interés Cultural, en la categoría de “Zona Arqueológica”.

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El yacimiento fue excavado en su totalidad a comienzos de los años 90 del siglo XX y entre el año 2017 y 2018 ha vuelto a intervenir Patrimonio para señalizarlo y protegerlo de actos vandálicos con una valla metálica.

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El conjunto funerario se compone de 10 tumbas, presentando dos momentos de ocupación. El más antiguo es de la época hispanovisigoda aproximadamente del siglo VII, es una pequeña necrópolis de un pequeño grupo familiar formado por nueve fosas excavadas en el terreno, delimitadas por lajas hincadas en la tierra del tipo de cista. Los parentescos familiares directos parecen claros en las tumbas I y II o en las tumbas V y VI, estas tumbas adyacentes podrían pertenecer a dos matrimonios, a la que habría que sumar la tumba VII, que se trata de un enterramiento infantil. La orientación de las tumbas es Este-Oeste con la cabecera al Oeste. Estos enterramientos se ajustan a las creencias cristianas y ya no contienen elementos de ajuar propios de los rituales paganos, expresamente prohibidos por la jerarquía cristiana del momento. Sin embargo la tumba VII, perteneciente a un infante de cinco o seis años de edad, contaba con un elemento de adorno personal, concretamente un broche de cinturón. Este elemento permite fechar la necrópolis, ya que sigue las modas orientales que se imponían en la península ibérica en este siglo. Posterior a este pequeño cementerio, habría que sumar una tumba excavada en la roca, la que da nombre al yacimiento por ser la más conocida, es una tumba antropomorfa excavada en una roca de un afloramiento de granito, muy abundantes en esta zona de La Cabrera. Este tipo de enterramientos son posteriores y su construcción va ligada a la llegada a estas tierras de gentes de la meseta Norte en los siglos X y XI.

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El yacimiento estaba escondido en un bosquecillo de encinas, al mismo lado derecho de la carretera que va desde La Cabrera a Valdemanco. Desde la última actuación de Patrimonio, el yacimiento puede observarse si uno se fija cuando circula por dicha carretera. Muchos sostienen que estas sepulturas están asociadas al “castro celta” del Cerro de la Cabeza, en la época en la que según los investigadores, el primitivo asentamiento carpetano de la Edad del Hierro fue reutilizado, posiblemente al comienzo de la etapa visigoda, hacia los siglos V-VI d.C. Otras fuentes fechan esa segunda ocupación en el siglo VII d.C. En todo caso, parece fuera de duda que pertenecen al período visigodo.

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En esta época las necrópolis suelen agruparse alrededor de un edificio de culto, ya sean basílicas, o simplemente capillas o iglesias de menor entidad. No parece ser este el caso de la necrópolis de la Tumba del Moro, pues no hay documentada ninguna iglesia en sus cercanías, aunque algunos autores sostienen que el cercano Convento de San Antonio estaría construido sobre los restos de una antigua ermita visigoda, incluso se relaciona con la ermita de Santa María la egipciana, desaparecida durante la ocupación francesa de España por las tropa de Napoleón. Las sepulturas invaden en algunas ocasiones el interior de los templos, aunque la práctica común es la existencia de cementerios alrededor de edificios, ininterrumpida hasta la invasión musulmana a comienzos del siglo VIII, y que continuó aún después de esta ruptura. Las sepulturas son de variadas formas y generalmente forman tipologías locales, pues junto a ricos sarcófagos decorados, visibles en criptas, o sarcófagos lisos de mármol o piedra y cajas de tableros también de mármol, con la tapa decorada e inscrita, tenemos éstas de la tumba del Moro, que suelen aparecer muy frecuentemente en ambientes rurales. Y la España visigoda era en su mayoría, una sociedad rural. Las tumbas antropomorfas excavadas en piedras de gran dureza son bastante frecuentes en la meseta norte.

Distintas vistas de la única sepultura antropomorfa del yacimiento “Tumba del Moro” antes de la última actuación de Patrimonio.

Diversas vistas de las sepulturas en cista del Yacimiento “Tumba del Moro” antes de la última actuación de Patrimonio.

A pocos km de La Cabrera, aparece una necrópolis de mayor tamaño que La Tumba del Moro, situada alrededor de la iglesia parroquial de Sieteiglesias, también en Madrid. Además, las sepulturas de cista, delimitadas por piedras y cubiertas con una gran laja pétrea, son una tipología muy extendida en la comunidad madrileña. También encontramos estos enterramientos en el yacimiento del Cerro de la Oliva, de origen carpetano pero posteriormente habitado por visigodos.

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Tumbas antropomorfas y en cista en la Necrópolis de Sieteiglesias

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Tumbas en cista en el yacimiento del Cerro de la Oliva, Patones

 

 

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Tumbas en cista en el yacimiento del cerro de La Oliva, Patones

El pasado celta del Cerro de La Cabeza

Hasta el presente momento, los yacimientos arqueológicos hallados en los alrededores de La Cabrera, demuestran la presencia más o menos estable de distintas comunidades humanas desde la Edad del Bronce. Los primeros pobladores de La Cabrera se corresponderían con la llegada a la península ibérica de las primeras oleadas de tribus celtas de origen indoeuropeo, hace aproximadamente 3000 años.

Patrimonio declara en 1989 el municipio de La Cabrera como Bien de Interés Cultural, dentro de la categoría de “Zona Arqueológica”. Y dentro de esta categoría, se distinguen cuatro modelos históricos de poblamiento: Restos de un asentamiento protocelta en el Cancho Gordo perteneciente a la Edad del bronce. Restos de un asentamiento celta de origen carpetano en el cerro de La Cabeza, correspondiente a la edad del hierro, necrópolis medieval cristiana de origen visigodo denominada “Tumba del Moro” y el Convento de San Antonio y San Julián construido a finales del siglo XI o principios del siglo XII tras las ocupación cristiana de Toledo por el monarca castellano Alfonso VI. Posterior a este último acontecimiento militar, pastores segovianos con sus cabras repoblaron esta región con sencillas gentes de religión cristiana y economía ganadera. Estos pastores segovianos le dieron el nombre al lugar, La Cabrera.

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Vista desde el Cerro de la Cabeza de la sierra de La Cabrera, del Convento y del pueblo.

Aquí hablaremos de los yacimientos del Cancho Gordo (la cota mas alta al Oeste de la sierra de La Cabrera) y del Cerro de La Cabeza.

Yacimiento del Cancho Gordo: se corresponde con la cima más alta de la sierra de La Cabrera y en ella se ubica un asentamiento cuya cronología data del período del Bronce Pleno, probablemente correspondiente a las primeras oleadas de origen indoeuropeo, un asentamiento de origen protocelta (celtas primitivos).

Restos del asentamiento del Cancho Gordo

Yacimiento del Cerro de la Cabeza: Se trata del asentamiento situado en el Cerro de la Cabeza, desde su emplazamiento se domina la dehesa de Roblellano. El yacimiento, que no ha sido excavado y es de difícil interpretación, probablemente corresponde al período más temprano de la Edad del Hierro, posiblemente a la etapa carpetana. El poblado tiene dos partes bien diferenciadas, una superior y otra inferior.

Vista de la zona superior del poblado, los restos quedan ocultos por la vegetación

En la zona superior, a los pies del cancho que forma la cima del Cerro de la Cabeza, se pueden observar los restos de varias viviendas de planta rectangular, desde este lugar se puede contemplar toda la Sierra de la Cabrera, y en la ladera sur del Cancho Gordo, el Convento de San Antonio. Entre la vegetación existente, se pueden observar más vestigios de viviendas reducidos a montones de piedras, aparentemente de planta circular. No se detecta la existencia de calles, manifestando una evidente falta de urbanismo, y entre los restos de las viviendas se definen grandes espacios libres, característico de los castros en altura fortificados asentados sobre terreno granítico.

Restos de las construcciones entre el arbolado del cerro de La Cabeza.

A pesar de una posible filiación carpetana, nada tiene que ver el tosco urbanismo del Cerro de la Cabeza con poblados de la Edad del Hierro excavados más al sur de Madrid en terrenos yesíferos, como el Cerro de la Gavia, o el poblado del cerro de La oliva, donde una calle central articula una serie de manzanas de casas de planta claramente rectangular. Se han encontrado restos de cerámica en fragmentos de tamaño mediano, cerca de las viviendas de la parte superior del castro. En el resto del espacio se han encontrado numerosos fragmentos cerámicos de pequeño tamaño, sobre todo en el camino que da acceso entre uno y otro estrato.

Restos de las construcciones entre el arbolado del cerro de La Cabeza

En la zona inferior del asentamiento, de nuevo se pueden observar más restos de viviendas derruidas, aparentemente de planta rectangular, lo que no significa que lo fuesen en su origen. Posiblemente la planta del espacio doméstico fuese rectangular, como en el cercano asentamiento carpetano-romano de la Dehesa de La Oliva, en el término municipal de Patones.

Restos de las construcciones entre el arbolado del cerro de La Cabeza.

Al este del poblado, y justo protegiendo la única entrada al poblado, se puede distinguir claramente la existencia de las ruinas que parecen haber formado en su día una muralla, que podría rodear antiguamente todo el espacio doméstico. Desde este punto se domina visualmente la Dehesa de Roblellano y toda la sierra de La Cabrera.

Restos de la muralla defensiva en el flanco Este

Ascendiendo a cualquier promontorio o canchal de los múltiples que rodean el emplazamiento carpetano. podemos observar la disposición espacial del poblado. Se trata de un cerro de difícil acceso y fácilmente defendible. Está protegido de forma natural por accidentadas y rocosas laderas en tres de sus cuatro flancos (Norte, Oeste y Sur) y presenta las ruinas de lo que en su día fue un muro defensivo en el flanco Este, donde se encuentra el único acceso al poblado.

El cerro de La Cabeza constituye un fantástico mirador, una atalaya natural.

Posiblemente este emplazamiento fuese posteriormente reutilizado en la época visigoda, lo que encaja perfectamente por varios motivos; por un lado coincide con la existencia a los pies del Cerro La Cabeza de la necrópolis de la Tumba del Moro, por otra parte existe una analogía con lo sucedido en el cercano cerro de La Oliva de Patones, un cerro ocupado primero por los carpetanos y después por los visigodos, y también coincide por su similitud con otros enterramientos visigodos cercanos documentados en la región, como el yacimiento de Sieteiglesias, a escasos 10 Km. En la necrópolis encontramos varias tumbas simples en forma de cista, delimitadas por lajas de piedra hincadas en el suelo con una superior a modo de tapa, siendo la más llamativa una tumba antropomorfa tallada directamente sobre un afloramiento granítico, de los múltiples que encontramos en la zona.

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Tumba del Moro

Quienes eran los Carpetanos?

Los carpetanos, también denominados carpesios,​ fueron una de las tribus que habitaban la península ibérica antes de la llegada de los romanos. Se incluyen dentro de los pueblos de filiación céltica o indoeuropea​ que poblaron el centro, norte y oeste peninsulares, ubicándose concretamente en la Meseta Sur, un área con sustrato mayoritariamente indoeuropeo.​ Su situación cerca de los territorios íberos posibilitó que recibieran influencias culturales de estos, lo que ha llevado a la historiografía a polémicas sobre su adscripción.

Fueron un pueblo relativamente próspero que aprovechó las posibilidades agrícolas de su territorio y las oportunidades de comercio que ofrecía su situación geográfica. Con una estructura política descentralizada, se considera que no existieron grandes diferencias sociales en el seno de su sociedad, ya que no se han encontrado enterramientos suntuosos que lo indicasen ni tampoco son conocidas actuaciones suyas como mercenarios o razias de saqueo sobre sus vecinos, algo de lo que sí fueron protagonistas las capas más desfavorecidas de otras tribus prerromanas.

No dieron grandes líderes como Istolacio, Indíbil o Viriato, ni fueron protagonistas de sucesos históricos relevantes como Numancia o Sagunto, siendo algo olvidados por la historiografía tradicional española.

Sufrieron un gran desgaste en su lucha contra los cartagineses, lo que debilitó posteriormente sus posibilidades de resistencia frente los romanos,​ contra los que lucharon ayudados —o quizás dirigidos— por sus vecinos vetones y celtíberos. Acabaron por integrarse en el 179 a. C. como aliados en la Hispania romana​ de una manera pragmática; esto se deduce del hecho de que no se ha encontrado en las fuentes material acerca de rebeliones posteriores en su territorio, antes bien, estas recogieron información sobre las razias de los cercanos lusitanos o los ataques de las tropas de Quinto Sertorio que sufrieron los carpetanos.

A lo largo del primer milenio a. C. se dio en la península ibérica un complejo proceso de etnogénesis con la formación de los diferentes pueblos prerromanos que, a grandes rasgos, se diferencian en tres grupos:

a) Los turdetanos e íberos, que se extienden por la franja abierta al mar Mediterráneo; eran los pueblos prerromanos más cultos y civilizados.

b) Los vascones y otros pueblos afines de filiación no indoeuropea, que ocuparon zonas junto a los Pirineos.

c) Los pueblos indoeuropeos, resultado de una invasión muy antigua —en una época en que los dialectos occidentales no se habían diferenciado todavía—y que acabarían evolucionando con un desarrollo dispar que iría desde los más arcaicos como lusitanos y astures hasta los más desarrollados celtíberos.

 Los carpetanos formarían parte del grupo indoeuropeo o «protocéltico».​ Las raíces de la formación de este pueblo se sumergen en la cultura de Cogotas I, que representa la Edad del Bronce final en una extensa área peninsular entre la que se encuentra la zona donde habitaron los carpetanos. Esta cultura de Cogotas I se prolonga hasta finales del siglo VIII a. C. y ofrece características que la relacionan con un sistema cultural indoeuropeo arcaico. En el área carpetana se dan asentamientos tanto en cerro como en llano, caracterizados ambos por la falta de arquitectura en duro y asociados a un carácter estacional con alta movilidad de la población.

Sobre este sustrato protocéltico se daría una evolución a partir del siglo VIII a. C. en la que se fue generalizando el castro, con poblados de viviendas circulares, cerrados y situados en alto para controlar y defender un pequeño territorio sobre la base de una mayor estabilidad de la población. Esta evolución, debida probablemente a una creciente inestabilidad, generaría también una estructura social basada en una incipiente jerarquización con élites guerreras.

A partir del siglo VI a. C. se desarrolló la cultura celtibérica en las altas tierras del sistema Ibérico y de la Meseta Oriental, caracterizada principalmente por la adopción del hierro para el armamento y por la aparición de una estructura social gentilicia, menos rica, pero semejante a la que aparece en Europa Central, norte de Italia y sur de Francia. El urbanismo evolucionó con la paulatina aparición de grandes castros, algunos de los cuales acabarían convirtiéndose en los grandes oppida que encontraron cartagineses y romanos. En estos nuevos poblados se dio una sustitución de las anteriores viviendas circulares por rectangulares, cuyos muros posteriores forman parte de la muralla defensiva.

Sobre el origen de esta cultura celtibérica existen dos hipótesis: la «invasionista», que la fundamenta en la invasión de grupos humanos de tipo hallstattico que traerían consigo estos elementos culturales,​ y otra concepción alternativa «evolucionista» que, aunque no excluye el movimiento de gentes, basa la aparición de esta cultura en una evolución y aculturación local con la adopción de los elementos comunes por contactos e intercambios.

Esta cultura celtibérica se extendería paulatinamente desde su zona nuclear hacia occidente por la Meseta hasta llegar al Atlántico, provocando una celtización del substrato protocéltico preexistente -dentro del que se incluirían los carpetanos- que quedaría fragmentado y absorbido por esta nueva cultura plenamente celta, identificada como tal por las fuentes clásicas.

En una última fase, a partir del siglo IV a. C., los carpetanos recibieron influencias culturales de las zonas pobladas por los íberos situadas al sur de su territorio, adoptando mejoras tecnológicas tales como el torno de alfarero, la molienda de cereales, el horno de tiro variable o la siderurgia; innovaciones que conllevarían una mayor especialización social y acentuarían la jerarquización preexistente.

Expresándolo de una manera resumida y simplificada, los carpetanos serían el resultado de la evolución de un grupo de la población indoeuropea o protocéltica peninsular que alcanzaría un grado intermedio de celtización y que adoptaría elementos culturales de las zonas íberas.

Desde finales de los años 90 parte de la historiografía ha puesto en duda el carácter de grupo étnico de los carpetanos, llegando, en sus postulados más extremos, a afirmar que los carpetanos serían una «construcción artificial creada por Roma durante la conquista de la Península».​ Sin embargo, parte de los estudios más recientes rechazan estas teorías ya que consideran que las categorías con las que los romanos interpretaban las realidades indígenas tenían ciertas reglas y fundamentos y sucesos como la decisión colectiva de los 3000 guerreros carpetanos del ejército de Aníbal de abandonarle al conocer el objetivo final de la campaña denotan un grupo étnico destacado y de acusada personalidad que se reconocía como tal y tenía una base territorial.​ Además de esto, según nos han transmitido las fuentes clásicas, la actitud de los carpetanos durante los diferentes sucesos históricos en los que se vieron envueltos o sucedieron junto a ellos —ataque cartaginés, segunda guerra púnica, conquista romana, guerras lusitanas, guerras celtíberas y guerras sertorianas— fue siempre homogénea en todas las poblaciones que se citan de su territorio.

El territorio de los carpetanos se localizó en la zona central de la península ibérica, principalmente en la planicie atravesada por el curso medio del río Tajo y sus afluentes centrales en un territorio que comprende parte de las actuales provincias españolas de Madrid, Toledo, Guadalajara, Cuenca y en menor medida Ciudad Real. Estrabón​ y Plinio​ indicaron que los carpetanos habitaban junto al Tajo limitando al norte con los vacceos, al sur con los oretanos, al oeste con los vetones y al noreste con la tribu celtíbera de los arévacos. El estudio de estas tribus vecinas con sus límites territoriales y características culturales, la localización de las poblaciones citadas por las fuentes clásicas así como la arqueología, han permitido mejorar de manera importante la delimitación del territorio carpetano para el que actualmente se pueden considerar los siguientes límites:

  • Norte: lo establecería la barrera natural que forman las sierras de Gredos y Guadarrama al otro lado de la cual habitaban los vacceos y arévacos.
  • Este: atravesaría el valle del río Henares entre Alcalá de Henares (Complutum) y Sigüenza (Segontia)​ probablemente cerca de Hita (la Caesada arévaca​) y Trillo (la Thermida carpetana). Este límite continuaría hacia el sur dejando a Alcocer (Ercávica​) en territorio celtíbero y a Villas Viejas, pedanía de Huete (Contrebia Carbica) en el carpetano,​ siguiendo en las inmediaciones del río Záncara hasta que este gira hacia el oeste. Este límite oriental es el más difícil de precisar, por la presencia junto a él de los olcades, uno de los pueblos prerromanos menos conocidos, y por las consecuencias de la expansión de los vecinos celtíberos.
  • Sur: seguiría cerca del Záncara al sur de Campo de Criptana y Alcázar de San Juan (en cuyas inmediaciones se situarían las carpetanas Alce y Cértima​) así como Consuegra (Consabura​) hasta llegar a los Montes de Toledo continuando por la vertiente sur de estos dejando en territorio carpetano a Navas de Estena donde se ha atestiguado una gentilidad carpetana hasta llegar a La Nava de Ricomalillo donde se ha documentado la epigrafía de un Toletanus.​ Este límite meridional ha sido a veces mal trazado por el hecho de que Ptolomeo incluyó a Laminio (la actual Alhambra, situada más al sur) entre las ciudades carpetanas, algo que hoy en día se considera un error de este autor clásico.
  • Oeste: lo formaría el límite con los vetones, el cual se ha ido perfilando en base sus elementos culturales como los verracos y datos epigráficos de época romana en una línea que, recorriendo de norte a sur desde la zona alta del río Alberche hasta la zona del río Pusa, dejaría a Talavera de la Reina (Caesarobriga​) en su territorio y a Toledo (Toletum​) en territorio carpetano.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Navalafuente o La Nava de la Fuente

Navalafuente es un municipio perteneciente a la Comunidad Autónoma de Madrid. Está situado al norte de la capital, al pie del Alto del Pendón, ubicado en la ladera sur de las estribaciones de la Sierra de la Morcuera. Deslinda con los términos municipales de Bustarviejo, Valdemanco, Cabanillas y Guadalix de la Sierra.

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Vista de Navalafuente desde la garganta del cancho con el Cerro de San Pedro al fondo

La zona donde se ubica esta pequeña villa es relativamente llana. Está situada en una zona de transición entre la sierra y la campiña, compuesta de prados, dehesas de vegetación dispersa y de pequeños bosques de ribera. El término municipal es atravesado por dos arroyos en dirección norte-sur, el Gargüera y el Albalá, que recogen sus aguas de la zona comprendida entre la ladera este del Pendón y la ladera sur del Mondalindo.

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Vista de la sierra de La Cabrera desde la ribera del arroyo Albalá

 

El arroyo Gargüera

Al cruzar el escalón que supone el cerro de la Mesa, el Gargüera se despeña por la garganta del Cancho en una sucesión de chorreras, saltos de agua, ollas o marmitas de Gigante, pequeñas cascadas y losas como esmeriles. Dominan aquí los afloramientos de roca de Gneis glandular, muy aparentes donde la piedra se encuentra pulida por la acción del agua. Este pequeño arroyo vierte sus aguas al río Guadalix, y conforma en su tramo más montano uno de los parajes más curiosos y desconocidos de la región madrileña.

Historia

Para buscar los orígenes de Navalafuente hay que remontarse al siglo XII, cuando empiezan a asentarse los primeros pastores procedentes de Segovia que apacentaban sus rebaños en los abundantes y ricos pastos que producían sus montes. Las primeras casas se levantaron en torno a la fuente que alimentaba la Nava (llanura al pie de las montañas), dando así el nombre al pueblo según la tradición.

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Pilón de Jaramala, junto al arroyo Albalá

Durante la Edad Media perteneció al término de Bustarviejo, y éste al Sexmo de Lozoya (Segovia), el cual estaba rodeado de posesiones del Duque del Infantado, como el Señorío de Buitrago y el Real de Manzanares así como posesiones del Arzobispo de Toledo, como Uceda y Torrelaguna. Como parte del término del Sexmo de Lozoya, su dependencia última radica en la Comunidad de Ciudad y Tierra de Segovia, entidad exenta de obligaciones feudales y cuyas distintas contribuciones se realizaban directamente al Rey.
Felipe II inició una política de concesión de exenciones a muchos lugares, respecto a sus ciudades o villas, a cambio de fuertes sumas de dinero. Este proceder fue protestado por los representantes de las ciudades en las corte de 1563 sin ningún resultado. Bustarviejo, con sus anejos Navalafuente y Valdemanco, se acogió a esta norma, debiendo en 1626 una cantidad de 442.500 maravedies y quedando recogida en 1650 mediante privilegio Real la exención perpetua de Bustarviejo de la jurisdicción de Segovia. Esta independencia perjudicó a Bustarviejo, al perder poder e influencia sobre Valdemanco y Navalafuente y dentro de esta dinámica, en 1734, Navalafuente obtuvo el rango de villa independiente de Bustarviejo, villa a la que había estado ligada su historia.
A comienzos del siglo XIX, una nueva estructura administrativa del Estado acabará con la organización tradicional basada en “tierras”, introduciéndose en 1833 la división provincial, que no tendrá en cuenta estos valores. De esta manera, que incluso tras independizarse de Bustarviejo seguía perteneciendo a Segovia, Navalafuente pasa a formar parte de la provincia de Madrid.
En este momento la principal ocupación de la población es agropecuaria, con la producción de trigo, cebada, centeno y legumbres, manteniéndose el ganado lanar y vacuno. Un molino harinero, junto con la fabricación de pan y vino, son la única actividad industrial existente. También hay que destacar la existencia de varias canteras de cal en su término municipal.
La evolución de la población en Navalafuente apenas sufre variaciones reseñables en este periodo de su historia. Durante la primera mitad del siglo XX hubo un ligero crecimiento demográfico que se estabiliza Durante los años 50 y 60 se produce una fuerte caída de la población debido a la emigración del campo a la ciudad y el envejecimiento de la población ocasionando el abandono de las actividades agrícolas y ganaderas.
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Ayuntamiento

En la actualidad apenas se cultivan cereales, aunque si algunos productos de regadío, como patatas y alfalfa. Además de la ganadería, las siguientes actividades económica en importancia es la construcción y la cantería, favorecidas por el crecimiento de las urbanizaciones consecuencia del fenómeno de la segunda residencia. El deseo de escapar a la sierra de muchos madrileños, impulsa una nueva economía de turismo y servicios, con un progresivo crecimiento de la población.
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Cantera de granito

Flora

En Navalafuente nos encontramos una notable variedad vegetal. En la zona norte del municipio, donde el terreno presenta mayor inclinación al encontrarse al pie de las montañas, se desarrollan los enebrales de enebro de la miera presentes en el cerro de la Mesa. El enebro es principalmente una especie acompañante en formaciones boscosas de otros árboles, fundamentalmente en encinares, pero en determinadas circunstancias puede llegar a formar verdaderos bosquetes en los que son la especie dominante, como sucede en Navalafuente.

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Enebro

 

Los principales factores que favorecen el desarrollo de los enebrales son: La eliminación de la encina por tala y sobrepastoreo. Y la adaptación del enebro a suelos pobres donde no pueden crecer especies más exigentes a este respecto como la encina, el rebollo, o el quejigo. En estos enebrales aparecen matorrales de pequeño o mediano porte, como la jara pringosa, cantueso, romero o tomillos.

Otra de las formaciones vegetales muy presentes en Navalafuente es el encinar. Una importante superficie de la mitad meridional del municipio se encuentra poblada por la encina o carrasca. El intenso uso antrópico que ha recibido esta especie ha propiciado una gran variedad de ambientes cuyo denominador común es esta quercínea (dehesas, bosquetes, formaciones de matorral…). Junto a la encina aparecen jaras, retamas, cantuesos, tomillos, torviscos, gamones, entre otras especies, que durante la primavera, cuando florecen, tiñen de variados colores el paisaje.
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Encinar

El aprovechamiento ganadero que se realizada en el pueblo, desde tiempos inmemoriales, se lleva a cabo principalmente en fincas privadas, de pequeño o mediano tamaño, delimitadas por cercas de piedra. En estas zonas donde los pastizales son el hábitat principal, los árboles se desarrollan junto a estos cercados, dado lugar a un paisaje característico. Una de las especies típicas que aparecen en estos linderos es el fresno. Además, se pueden encontrar zarzas, rosales silvestres, endrinos, majuelos, etc.
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Praderas y fresnos

Los cursos de agua que discurren por el municipio, y especialmente el arroyo Gargüera, introducen unas condiciones ambientales que permiten la aparición de especies ligadas a suelos con mayor humedad típicos de los bosques de ribera, como sauces, chopos, alisos, etc. Los alisos presentan la peculiaridad de ser capaces de fijar nitrógeno atmosférico gracias a una asociación simbiótica como bacterias.
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Bosque de ribera, arroyo Gargüera

Fauna

La proximidad de la Sierra y la actividad humana condicionan la fauna de Navalafuente. Esta última ha propiciado la desaparición de las especies más sensibles a la presencia del hombre, así como de las más perseguidas por su interacción con los intereses de la población local, caso del Lobo ibérico o el Oso pardo, cuyos últimos ejemplares se extinguieron en siglos pasados. Aún así, el municipio alberga una notable variedad faunística. Entre los mamíferos destacan: el Jabalí, el Zorro y la Gineta, aunque pueden encontrarse muchos otros, como el Corzo, el Tejón, la Garduña, el conejo, la Liebre, así como distintos roedores (Ratones, Lirones caretos, Topillos, etc.) e insectívoros (erizos, musarañas, murciélagos, etc.). La mayoría de estas especies desarrollan su actividad principalmente en el crepúsculo y por la noche, por lo que resulta difícil su observación.

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Liebre

Sin embargo, es sencillo descubrir la rica avifauna que alberga Navalafuente. La diversidad paisajística del municipio proporciona hábitat adecuados a multitud de especies. En las formaciones de encinar es fácil toparse con los ruidosos y coloridos Rabilargos, las corpulentas Palomas torcaces o la vistosa Abubilla. En los sotos y riberas de los arroyos podremos ver a los nerviosos Mitos, a los melodiosos Ruiseñores o pequeños Chochines, aunque estos dos últimos resultará más sencillo escucharlos que verlos, pues siempre se mueven por lo más espeso de la vegetación. Mientras en las fresnedas no será raro contemplar Pinzones vulgares, inquietos Carboneros y Herrerillos comunes y con más fortuna, algún Pito real o alguna Oropéndola con su espectacular plumaje. Los lugares menos arbolados también albergan sus aves características como el Triguero, la Tarabilla común o el Escribano montesino. Incluso en el interior del pueblo podremos observar aves ligadas a medios humanizados como la Cigüeña blanca, que cría en la iglesia, las Golondrinas o los Vencejos.
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Nido de Rabilargos en una encina

Además de aves y mamíferos, Navalafuente presenta gran variedad de anfibios y reptiles, tales como los Sapos corredor y común, la Rana común, la Lagartija ibérica, la Lagartija colilarga o el Lagarto ocelado. Cabe mencionar también que dentro de los invertebrados la variedad se multiplica, destacando por su vistosidad y colorido las mariposas, que alegran los campos con los vuelos durante los meses cálidos del año.
Iglesia parroquial de San Bartolomé

La Iglesia de San Bartolomé, situada en el extremo nororiental del pueblo, tiene su origen en el S. XV, aunque actualmente solo se conserva su forma original en el ábside, lugar del altar mayor y capilla lateral con bóveda de crucería gótica. Consta de una sola nave con ábside semicircular y capilla al lado del Evangelio. En el acceso principal presenta un arco de medio punto con dovelas de sillares de granito, bajo el pórtico cerrado con seis arcos de medio punto de mampostería y enlucidos.

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Iglesia Parroquial de San Bartolomé

Se conservan restos de los siglos XV y XVI, destacando la bóveda de crucería de la capilla y siendo el resto del edificio fruto de sucesivos arreglos y ampliaciones. El exterior es de mampostería enlucida en la fachada sur, que es la principal, siendo de mampostería vista el ábside y la fachada norte, así como la espadaña, del siglo XVI. La fachada de la capilla del Evangelio, del s. XVI, es de sillares de granito, y se remata a la altura de la cubierta con una de imposta de bolas. En 1944, durante unas reformas, se comprobó la existencia de pintura mural gótica, ya deteriorada en el ábside; y al menos diez lápidas de enterramiento también góticas  dentro de la propia Iglesia.

Potro de Herrar

Este potro es una construcción de piedra y madera, formada por cuatro pilares que se encuentran unidos entre sí por palos de madera. Al animal se le colocaba dentro del potro, con las patas dobladas, se las ataban a los pilares de piedra y la cabeza la sujetaban con un yugo, para que así se moviera lo menos posible y no sufriera lesiones. Normalmente eran los bueyes, vacas, caballos los que eran herrados por sus dueños cada vez que era necesario.

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Potro de herrar

 

 

Necrópolis medieval de Sieteiglesias

Este conjunto arqueológico está situado sobre un promontorio rocoso, junto a la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, en el núcleo urbano de Sieteiglesias, Madrid.
Dicha necrópolis medieval es uno de los restos arqueológicos más antiguos encontrados en el término municipal de Lozoyuela-Las Navas-Sieteiglesias. Está datada entre los siglos IX y XI, y su utilización pudo muy bien perdurar hasta bien entrada la Edad Media. Se localiza en una zona de afloramientos graníticos, denominado el Berrocal de la Iglesia, junto a la ruta del Jarama, importante vía de comunicaciones en la Alta Edad Media que unía Talamanca del Jarama con Buitrago de Lozoya para acceder a los pasos de Somosierra que dan paso a la llanura segoviana.

 

La necrópolis incluye dos tipos de tumbas: tumbas rupestres (cavidades antropomorfas excavadas en roca) y tumbas de cista. Las tumbas rupestres son un tipo de inhumación en fosa excavada directamente en roca, de forma ovalada o de bañera (fusiforme), y algunas veces con la silueta de la cabeza y el cuerpo del difunto, con la forma tallada de los hombros y rebaje para la cabeza (se denominan “olerdolanas”). Las tumbas de cista consisten en una caja delimitada en el suelo por la presencia de lajas de piedra clavadas alrededor de la fosa. Una laja de mayor tamaño cubre la inhumación. Es posible que este tipo de enterramiento sea característico de las comunidades cristianas de la zona como es el caso de la Necrópolis denominada “Tumba del Moro” situada en La Cabrera.

Aunque en origen los primeros cristianos comenzaron enterrándose en el interior de las Iglesias, poco a poco se van habilitando espacios exteriores a éstas como áreas cementeriales. En este caso de Sieteiglesias, y como era habitual durante la Alta y la Plena Edad Media, se aprovechó un gran roquedal para practicar directamente en él las sepulturas. Aunque en esta Necrópolis, además de las tumbas rupestres se realizaron también tumbas de cista con lajas de piedra, como se hacía también en siglos anteriores.

 

La Iglesia de San Pedro Apóstol se ubica sobre un impresionante roquedal lo que acentúa su majestuoso porte. Data del siglo XVII aunque hay estudios que apuntan a que fue construida sobre una edificación anterior. Como consecuencia de la Guerra Civil sufrió graves daños, por lo que fue reconstruida posteriormente.

 


La Iglesia es de mampostería con sillares para reforzar algunos de sus elementos. Presenta unas líneas arquitectónicas sencillas y sobrias. Tiene una sola nave rectangular con un arco triunfal que marca el comienzo del prebisterio que está elevado respecto a la nave y con un coro a los pies. El pórtico de acceso (presenta dos columnas clásicas) y la sacristía se adosan al muro de la epístola.