La flora de la sierra de La Cabrera 11, amapola, «La protectora de almas».

Si hay una flor agradecida, esta es la amapola silvestre (papaver rhoeas). Aunque las amapolas silvestres no suelen plantarse para engalanar un balcón o decorar un jardín, es innegable que cuando su color rojo escarlata nos llama la atención desde una cuneta, un descampado, un campo de cereal, una cuneta o las grietas de una acera cualquiera, algo se alegra en nuestra alma. Y es que esta humilde flor, puede nacer donde quiera. Pero no te dejes engañar por su sencillez, su historia es legendaria.

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Es probablemente la flor de la que hay más literatura y leyendas por estar asociada desde tiempos inmemoriales al hombre y a la agricultura. De todas las leyendas sobre las Amapolas, hay una que destaca sobre todas las demás. Esta leyenda esta sacada del antiguo libro Oriental  “La protectora de las almas”. Ey-chan-Y-Taipu

LA PROTECTORA DE ALMAS. 

Se dice que, hace incontables lunas, cuando nuestro mundo aún era joven no existían las amapolas.
En aquel tiempo vivía una joven muchacha a la que llamaban Idariel, de hermoso corazón y apariencia. Cuentan que tenía un largo cabello rojo y unos ojos profundos del color del azabache, amables y dulces como los de una madre. Habla la leyenda de que ella tenía la capacidad de hablar con los árboles; ellos le contaban hechos pasados, la aconsejaban y ayudaban cuando la duda aparecía en su corazón, y ella usaba la sabiduría del bosque para ayudar a su pueblo y sus amigos, sin embargo ella no tenía familia.
Un día, en el que ella hablaba con el castaño más viejo, un joven de ojos verdes como las hojas de los árboles en primavera, que paseaba por el bosque, quedó embobado al contemplar su agraciada naturaleza. El anciano castaño, al ver que el chico se había quedado de pie como un pasmarote cerca de donde ellos estaban, divertido le dijo a su joven amiga que la estaban observando. Ella se dio la vuelta y miró al chico de cabellos de color arena, y lejos de estar molesta le invitó a que se sentara junto a ella. El chico un poco avergonzado al principio de que lo hubieran descubierto aceptó la invitación, y así pasaron las tarde ellos juntos. El chico le contó que provenía del pueblo al otro lado del río, que él era hijo de un cazador y que tenía dos hermanas menores. Ella le habló de su pueblo y sus gentes, y también del bosque y de su especial don.
Al anochecer se despidieron, sin embargo, antes de marcharse el chico, de nombre Atero le preguntó: “¿Vendrás mañana?”
Ella sonrió de forma amable “Siempre vengo al bosque, todos los días”.
Y así se despidieron para volverse a ver al día siguiente, y al siguiente, y el siguiente también. Pasaron muchos días juntos, riendo y hablando en el bosque; Y los árboles eran felices, pues ahora su amiga ya no estaba tan sola.
Un día Atero decidió mostrar a Idariel su particular habilidad, y donde antes había un joven en ese momento un lobo de color arena y ojos verdes se encontraba delante suya. Sorprendida y a la vez alegre, pues no se había percatado de que su amigo era un lobo, se sintió contenta de que confiara en ella. Y así pasaron días, semanas y meses, en los que ambos disfrutaban de la compañía del otro.
Sin embargo llegó una mañana en la que el rostro de Atero no mostraba la sonrisa despreocupada de siempre, pues había malas noticias. Una guerra entre clanes había arrastrado a su pueblo a una batalla, y él debía ir. Por supuesto ella le rogó que no fuera, la guerra era una enfermedad que corrompía a los mortales y podría morir, pero él tenía que irse, para proteger su familia y su pueblo, y para evitar que la discordia cruzara el río y llegara hasta el hogar de Idariel.
Aún así ella se negó, y suplicó y suplicó para que se quedara y no se marchara de su lado, pero la decisión ya estaba tomada. No obstante Atero decidió quedarse una noche más junto a Idariel, una noche que ellos nunca olvidarían, en la que sus cuerpos y sus almas se fundieron en uno solo, y desde la cual sus corazones latirían al unísono por siempre.
A las primeras luces Atero se marchó, pero le hizo prometer algo a Idariel; que ella fuese todos los días al lugar en el que se vieron por primera vez, pues el tiempo en el que volviera allí estaría. Así lo prometió ella y así se marchó él.
Desde aquel día pasó una luna completa, en la que Idariel iba cada amanecer a esperar en el viejo castaño, y donde se quedaba hasta el crepúsculo. Sin embargo una funesta noticia recorrió todo el bosque la noche después al cumplirse la primera luna, fue tal el conocimiento que ningún árbol se atrevería a contárselo a Idariel, pero alguien debía hacerlo, y así el anciano castaño fue el encargado de comunicar la noticia.
Aquella mañana, como siempre Idariel se sentó entre las raíces del viejo árbol a esperar, con las piernas rodeadas por sus brazos y su rostro sobre las rodillas.
“Mi niña, no esperes más, él ya no volverá” dijo la voz profunda del anciano.
Los ojos de la joven se abrieron de forma antinatural, y se dirigieron a su longevo amigo, su cabeza empezó a moverse de izquierda a derecha ligeramente, “No…”. De sus ojos comenzaron a sangrar cristales líquidos, y su cuerpo inició su temblor. Su llanto por nadie podría ser detenido.
La angustia y el dolor oprimían su pecho, y aquellos sentimientos pasaron a los árboles, pues para la tierra conocedora de todo no existían los secretos, y el bosque entero conoció el sufrimiento de su amiga. Idariel lloró, lloró hasta que no le quedaron lágrimas, hasta que su cuerpo no pudo aguantar más el sufrimiento. Tomó aquel pequeño cuchillo que ella solía llevar para cortar con delicadeza los frutos de la tierra, y se lo clavó en el pecho. Sus amigos habrían tratado de impedirlo, pero ¿qué podrían haber hecho ellos? No eran más que árboles.
La sangre manó de la herida, e Idariel cerró los ojos y se recostó sobre la robusta corteza de su anciano amigo, para nunca abrirlos más.
El bosque entero se conmocionó ante ello, y rogaron a Lhan, el dios de la tierra y los humanos que hiciera algo por su hija, que no permitiera que muriera así. Lhan oyó las súplicas de los árboles, pero existían antiguas normas, y él no podía actuar así, el bosque debía ofrecer algo a cambio.
Aquella espesura sacrificó una única cosa, se encerrarían en si mismos y nunca jamás un mortal podría volver a escuchar las voces de los árboles, y ese fue el precio que pagaron.
Pese a todo, a Lhan no le estaba permitido devolver a la vida a la joven, pero si pudo hacer algo. De la primera gota carmesí que Idariel derramó surgió una bella flor, de pétalos rojos y corazón negro, como el azabache. Y así de la sangre de Idariel nacieron las flores, y con su cuerpo ocurrió lo mismo, quedando a los pies del castaño un hermoso manto de algodones rojos.
Cuentan que, en la tumba de Atero, al poco de ser enterrado, aparecieron más de estas flores, y pasados los años, en cada tumba siempre surgía alguno de estos brotes.
Al convertir Lhan a Idariel en aquella nueva vida le encomendó una misión, ella cuidaría de los muertos hasta que llegara el momento de llegar al Taront, y a cambio tendría un compañero que nunca se apartaría de ella, de ojos verdes y de cabello del color de la arena.
Y así fue como decidieron llamar a la flor de pétalos rojos y corazón negro Amapola, que significa, “la protectora de las almas”. ihcuc arap.

Ey-chan-Y-Taipu

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LAS AMAPOLAS EN LAS DISTINTAS CULTURAS

Los egipcios ya incluían amapolas en sus tumbas y ritos funerarios.

Para los chinos son un símbolo de lealtad y fe entre amantes. La leyenda cuenta que Lady Yee acompañaba a su marido en todas las batallas y se quedaba junto a él mientras luchaba. Durante una de esas contiendas, cuando quedó claro que el ejército de su marido iba a ser derrotado, ella bailó con la espada de él para reconfortarle. Pero su danza fue inútil. Desolada, Lady Yee acabó con su vida y de su tumba nacieron amapolas como símbolo de su entereza y la fuerza de su espíritu.

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El mundo clásico no es ajeno a las leyendas sobre las amapolas. Los griegos usaban estas flores como amuleto para el amor y las consideraban un símbolo de fertilidad y una fuente de energía, a la vez que también sabían de sus poderes somníferos. Para estimular a sus atletas, por ejemplo, les proporcionaban un brebaje de semillas de amapola, vino y miel antes de competir.
Además, los griegos tenían varios mitos para explicar su origen. Según algunos fueron creadas por Somnus, el dios del sueño, para ayudar a Ceres, la diosa del maíz. Ceres no conseguía que el maíz creciera ya que estaba exhausta intentando encontrar a su hija. Las amapolas le ayudaron a conciliar el sueño y el maíz pudo crecer mientras Ceres dormía. Según otros, la creadora fue Demeter, diosa de la agricultura y de la fertilidad, se la asocia con los cereales, lugar donde crece la amapola. Su hija Perséfone estaba recogiendo amapolas cuando fue raptada por Hades, dios de los Infiernos. Demeter ignoraba el destino de su hija, como esposa de Hades, y se dedicó a recorrer el mundo para buscarla y prohibió a la tierra que produjera frutos hasta que no la encontrara. Zeus, padre de los dioses, tuvo que intervenir y ordenó que Perséfone pasara seis meses al año con Hades y seis meses en la tierra con su madre. Por eso la tierra duerme durante la ausencia de Perséfone y despierta a su regreso. Así pues la amapola es el símbolo de la fertilidad, pues crece en lo trigales, del sueño, al ser pariente de la adormidera y de la resurrección por la alternancia de Perséfone en los infiernos y su vuelta a la tierra.

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Los romanos creían que las amapolas podían curar el mal de amores y las usaban como planta mágica para la adivinación. Fueron ellos quienes las introdujeron en Britania, donde se asociaron al descanso y al olvido.
En el cristianismo medieval se solían representar talladas en muchos de los bancos de las iglesias para simbolizar el sueño eterno. En la Edad Media también creían que el humo que desprendían las amapolas al quemarse ahuyentaba a los malos espíritus.
Aparentemente, durante las guerras napoleónicas era muy común ver amapolas alrededor de las tumbas de los soldados caídos en combate.

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Pero las leyendas no acaban aquí. Se cuenta que una bruja malvada convirtió a una mujer en amapola y la condenó a vivir entre estas flores durante el día. Solo se le permitía visitar a su familia por la noche. Una de esas noches, la mujer le confesó a su esposo que para poder romper el hechizo debía encontrarla entre las demás amapolas y arrancarla. Por la mañana, el marido fue al campo y se encontró con cientos de amapolas todas muy parecidas entre sí. Después de observarlas cuidadosamente una a una, y tras pensar y pensar, el hombre tomó una decisión y arrancó la única amapola libre del rocío de la mañana. Esa tenía que ser su esposa ya que había pasado la noche en la casa. Y acertó. Y así deshizo el hechizo de la maléfica bruja y los dos pudieron vivir felices.

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Pero no es solo mitología lo que dan de sí las amapolas silvestres. Esta flor provoca sudoración, es suavemente narcótica, tiene propiedades anticatarrales, combate la tos, los problemas de pulmón, las anginas y la inflamación de párpados. Tiene efectos calmantes y es un relajante del sistema nervioso. Si has visto El mago de Oz recordarás que Dorothy se queda dormida en un campo de amapolas plantado ex profeso por la Malvada Bruja del Oeste. Hay que recordar que esta planta es una pariente de la adormidera (papaver somníferum), una flor muy parecida pero de pétalos blancos, violeta claro o rosáceos, y la planta de la que se extrae el opio.

Las amapolas son también un antioxidante natural que ayuda a prevenir la osteoporosis y las enfermedades cardiovasculares y, además, sus semillas se utilizan en la cocina para dar sabor y decorar panes y pasteles e incluso para espesar curris y salsas (India).
Por eso, la próxima vez que veas una amapola, no la arranques. Recuerda que en tan solo cuatro pétalos rojos se encierran los misterios de milenios y que incluso pintores y poetas le han dedicado obras y canciones.

 

RED POPPY, UN SÍMBOLO EN EL REINO UNIDO.

Después de la I Guerra Mundial, estas flores también brotaron alrededor de las sepulturas de los soldados en los campos de batalla de Flandes. Por eso, y porque se considera que su color es el de la sangre de los que murieron luchando, las amapolas se han convertido en un emblema para conmemorar a los muertos en combate. En el Reino Unido, por ejemplo, es común ver a gente con una amapola en la solapa cuando quieren recordar a los caídos en la guerra.
Con el otoño, los trajes de los británicos lucen pequeñas amapolas rojas, que siguen ahí hasta el 11 de noviembre. Lo hacen los políticos, pero también los actores, los presentadores de televisión y la gente corriente. Desde finales de octubre y hasta el 11 de noviembre, muchos británicos lucen en la solapa una pequeña amapola, conocida como «red poppy».
La flor tiene una larga historia detrás, que arranca con el fin de la Primera Guerra Mundial. El 11 de noviembre de 1918 se firmó el armisticio que puso fin al conflicto y, desde entonces, los países de la Commonwealth celebran esa jornada el Día del Recuerdo, con la que se quiere homenajear a los caídos en las guerras.
La «red poppy» es el símbolo que recuerda a todas esas víctimas. Su origen está en el poema «En los campos de Flandes» de John Mc Cae:

«De nuestras inertes manos te lanzamos
la antorcha; es tu tarea mantenerla bien alta.
Si nos traicionas a nosotros que perdimos la vida
nunca descansaremos, aunque las amapolas crezcan
en los campos de Flandes»”.

La amapola era la flor que inundaba los campos franceses donde miles de británicos se dejaron la vida en la Primera Guerra Mundial».

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LEYENDAS URBANAS Y SU MALA PRENSA

Circula desde hace mucho tiempo una leyenda urbana que dice que el opio se extrae de la amapola silvestre. Esta planta, cuyo nombre binomial es papaver rhoeas, es una vistosa flor cuyas hojas o pétalos son de un llamativo color rojo, siendo muy común verla crecer en campos, descampados y a los lados de la carretera.
Muchas son las historias que han corrido alrededor de las amapolas en las que se explican todo tipo de hechos que relacionan directamente a esta planta con la droga. Ese es el motivo por el que es muy común que algunos propietarios de terrenos se encarguen de arrancarlas rápidamente tal y como observan que han crecido amapolas en sus campos o fincas, ante el miedo de recibir la visita de los agentes de la autoridad y evitando así cualquier posible sanción.
En realidad, lo que ha llevado a la confusión a muchas personas, para relacionar a las amapolas con la extracción de opio, es su gran parecido con otra planta muy similar llamada comúnmente adormidera (papaver somniferum) cuyos pétalos son blancos, rosáceas o violeta claro, pero no de color rojo.
De la adormidera sí que se extrae el opio debido a que posee un gran número de alcaloides como la morfina, la papaverina o la codeína y su toxicidad desaconseja el consumo continuado.
Respecto a la amapola, lo que sí es cierto es que puede resultar ligeramente venenosa si es ingerida por animales herbívoros, pero cocinada o infusionada pierde su toxicidad. Los alcaloides contenidos en la flor tienen propiedades sedantes, por lo que es utilizada por algunas personas para realizar infusiones, que se recomiendan en casos de insomnio, ansiedad, depresión, nerviosismo. Otras de sus propiedades son sus efectos expectorantes y su uso para combatir la tos.

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PAPAVER RHOEAS

Papaver rhoeas, la amapola silvestre, es una especie fanerógama del género Papaver, perteneciente a la familia Papaveraceae (papaveráceas).

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Es una planta de ciclo anual que puede alcanzar más de 50 cm de altura. Posee tallos erectos y poco ramificados con finos pelillos. Las hojas, que nacen alternas a lo largo del tallo, sin peciolo, son pinnadas y muy dentadas en los márgenes con una única nervadura central. Las flores, de color escarlata intenso, acampanadas y casi esféricas, poseen cuatro finos pétalos y dos sépalos vellosos. Los pétalos son muy delicados y se marchitan rápidamente, por lo que las flores no pueden usarse en adornos florales. Los estambres, de color negro, forman un racimo anillado alrededor del gineceo, lo que le da el aspecto de botón negro. El fruto es una cápsula unilocular con falsos tabiques, verde pálido, de forma ovalada/subglobosa, truncada por una especie de tapa en la parte superior (disco) con 8-18 radios y con numerosas semillas inframilimétricas, que escapan a través de poros debajo del disco superior (dehiscencia porícida). Dichas diminutas semillas son, como en todas las especies del género, de forma arriñonada, alveoladas con retículo poligonal y de color pardo. Florecen de principio a final de la primavera. No resisten los climas cálidos ni la humedad.

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La amapola se ha asociado a la agricultura desde épocas antiguas. Su ciclo de vida se adapta a la mayoría de los cultivos de cereales, florecen y granan antes de la recolección de las cosechas. Aunque se la considera una mala hierba, es fácil de combatir con los habituales métodos de control de plagas.

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Las hojas son levemente venenosas para los animales herbívoros. Las hojas verdes frescas (antes de la floración) pueden cocinarse como las espinacas, y son muy apetecibles, con un sabor característico, y pierden las propiedades venenosas al cocinarse, aunque tienen efectos sedantes por los alcaloides que contiene, por lo que su consumo como alimento ha venido decayendo en el sur de Europa.

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Las semillas son inofensivas y a menudo se utilizan como condimento y en bollería, mientras que los pétalos se usan para elaborar siropes y bebidas no alcohólicas. La savia, los pétalos y las cápsulas contienen rhoeadina, un alcaloide de efectos ligeramente sedantes, a diferencia de la especie Papaver somniferum (adormidera u opio), que contiene morfina. El consumo excesivo puede causar molestias intestinales, y hasta dolor de estómago.

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No se sabe el origen de Papaver rhoeas, pero se encuentra ampliamente extendida en Eurasia y el norte de África (donde se emplea para la elaboración de cosméticos). Por encontrarse frecuentemente en áreas de cultivo, la Papaver rhoeas se ha extendido con las zonas de agricultura, es decir, han colonizado áreas debido a la influencia del ser humano (plantas hemerochories).

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Papaver argemone fue descrita en Species Plantarum, que fue publicado en 1753, como un trabajo en dos volúmenes por Carlos Linneo. Su principal importancia radica en que es el punto de partida de la nomenclatura botánica que se usa hoy en día. Esto quiere decir que no se aceptan como «válidamente publicados» los nombres de taxones anteriores a la fecha de publicación de este libro, y los primeros taxones «válidamente publicados» son los que aparecen en este libro.

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Etimológicamente: Papaver es el nombre genérico del latín păpāvĕr, vĕris, para la amapola. Rhoeas es el epíteto latino, que significa «amapola roja».

 

 

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